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El Imperio Oculto de Jacobo Zabludovsky: La Fortuna Multimillonaria, los Amores Secretos y las Sombras del Hombre que Controló la Verdad en México

Pocas personas en la historia moderna de México han tenido el poder de moldear la realidad de toda una nación con el simple tono de su voz. Durante 27 años ininterrumpidos, Jacobo Zabludovsky fue ese hombre. Fue el periodista que lo preguntó todo, el ancla emocional de un país que despertaba y se dormía escuchando sus crónicas sobre terremotos, crisis económicas, elecciones presidenciales y tragedias mundiales. Sin embargo, el hombre que le exigió respuestas a presidentes, celebridades y dictadores, mantuvo un férreo y absoluto silencio sobre el tema más intrigante de todos: su propia vida privada y la colosal fortuna que construyó fuera de las cámaras.

Detrás del impecable traje oscuro, los icónicos audífonos y la mirada severa, existía un hombre de negocios implacable, un inversor silencioso y un coleccionista de lujos que rivalizaba con las élites más exclusivas del mundo. Al morir, dejó un patrimonio estimado en más de 400 millones de pesos mexicanos. Pero para entender cómo un periodista logró amasar semejante imperio, debemos retroceder a los callejones polvorientos de una ciudad que ya no existe.

El origen: La riqueza en las cajas de madera

Jacobo Zabludovsky Kraveski no nació rodeado de sábanas de seda ni en pasillos de poder. Nació el 29 de agosto de 1928 en una humilde vecindad de la calle Doctor Barragán, en el corazón de la Ciudad de México. Su familia, inmigrantes judíos que huyeron de las persecuciones en Europa del Este, conoció la dureza de la supervivencia. Su padre, David Zabludovsky, era un hombre sin educación formal pero con una sabiduría profunda. Caminaba por los mercados de La Lagunilla y La Merced cargando pesadas cajas de madera llenas de libros de Chéjov, Pushkin y Dostoievski, vendiéndolos a los transeúntes.

En un hogar donde el dinero escaseaba dolorosamente, los libros eran el único lujo permitido. Esa paradoja marcó a Jacobo para siempre. Aprendió desde niño que la cultura no es un simple adorno social, sino la herramienta más afilada para conquistar el mundo. Mientras otros niños jugaban en las calles de La Merced, Jacobo observaba en silencio, devoraba libros en la biblioteca y construía la mente analítica que décadas más tarde lo llevaría a la cima.

A los 16 años, un encuentro fortuito cambiaría su destino. Un vecino lo llevó a trabajar como ayudante en el periódico El Nacional. Fue en las madrugadas, rodeado del ruido ensordecedor de las rotativas, donde Jacobo respiró por primera vez el olor a tinta fresca. Él mismo describiría ese aroma como su vocación absoluta, la señal inequívoca de que había encontrado su lugar en el mundo. Con esa convicción, obtuvo su licencia de locutor y comenzó a escalar posiciones, pasando de la vibrante radio de la XEW a convertirse en el rostro definitivo de la televisión mexicana con la creación del noticiero “24 Horas” en 1971.

El imperio económico: Más allá del salario televisivo

La pregunta que circulaba en voz baja en los pasillos de Televisa y en las cenas de la alta sociedad era constante: ¿Cuánto dinero gana realmente Jacobo? Él nunca respondió, pero los números de la época son elocuentes. Durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, “24 Horas” era un monopolio absoluto de la información, alcanzando entre 18 y 25 puntos de rating cada noche, lo que se traducía en más de 15 millones de espectadores diarios.

Fuentes internas estiman que, en su apogeo, el salario mensual de Zabludovsky oscilaba entre los 700 mil y 1.2 millones de pesos de la época, lo que equivale a unos exorbitantes 140 millones de pesos anuales en valor actual. A esto se sumaban jugosos bonos de productividad, contratos de exclusividad y derechos de imagen. Pero Jacobo no era un derrochador; era un estratega. No especulaba en la bolsa de valores ni apostaba en negocios volátiles. Invertía con frialdad en bienes tangibles: tierra, caballos, arte y motores.

El secreto mejor guardado del periodista era su imponente rancho ganadero en Jilotepec, al norte del Estado de México. Adquirido en los años setenta como una extensión de 120 hectáreas de tierra semiárida por una fracción de su costo actual, hoy esa propiedad está valuada en más de 110 millones de pesos solo por el valor del suelo. Pero el verdadero tesoro respiraba dentro de sus establos.

Zabludovsky sentía una profunda pasión por la charrería y los caballos raza Azteca. Su caballada, compuesta por ejemplares de pedigrí puro, era la envidia de los criadores nacionales. La joya de la corona era “Los Bravos del Norte”, un semental que en la década de los noventa fue valuado en el equivalente actual de 18 millones de pesos. Un solo caballo, 18 millones de pesos. Además, el rancho operaba comercialmente con un hato de casi 500 cabezas de ganado bovino, generando ingresos millonarios semestrales mientras Jacobo dormía o presentaba las noticias internacionales.

A este imperio rural se sumaba una deslumbrante cartera inmobiliaria. Su residencia principal en Polanco, la zona más exclusiva de la capital, era una mansión con biblioteca privada y una colección de arte mexicano del siglo XX invaluable, tasada hoy entre 45 y 60 millones de pesos. Poseía también un departamento en el Centro Histórico, que mantenía como un ancla emocional para no olvidar sus raíces, y una inmensa casa de descanso en Cuernavaca.

Como si esto fuera poco, su debilidad más sofisticada eran los autos clásicos. En bodegas climatizadas guardaba joyas sobre ruedas: un Lincoln Continental 1961 negro con interiores de cuero rojo (idéntico al usado por John F. Kennedy), un Ford Thunderbird 1957 azul metálico, un Mercedes-Benz 230 SL “Pagoda” y un entrañable Volkswagen Escarabajo de 1968, modificado artesanalmente. Su colección de autos sumaba fácilmente otros 8 millones de pesos.

El amor y las sombras del poder

Pero no toda la vida de Jacobo giraba en torno a las cámaras y las inversiones. En su juventud conoció a Sara Nerubai Liberman, una joven culta y elegante a la que le propuso matrimonio con una determinación implacable tras verla probarse un anillo en la calle de La Palma. Se casaron en 1954 y ella se convirtió en su pilar fundamental. En un mundo donde el poder marea y la fama destruye, Sara era la fuerza que lo mantenía atado a la tierra, recordándole todos los días quién era verdaderamente. Tuvieron tres hijos: Abraham, Diana y Jorge, quienes crecieron en un hogar donde la literatura rusa se discutía con la misma pasión que la política nacional.

Sin embargo, el poder absoluto siempre proyecta sombras profundas. La vida pública de Zabludovsky estuvo rodeada de rumores oscuros que él decidió ignorar bajo la premisa del silencio estratégico. El episodio más turbio ocurrió en 1995, con la misteriosa muerte del joven actor de Televisa, Gerardo Hemmer. La versión oficial dictaminó un trágico accidente por fuga de gas, pero los medios alternativos y periodistas independientes sugirieron teorías escalofriantes de violencia, venganzas pasionales y encubrimientos en las más altas esferas, señalando directamente el nombre de Jacobo. Él nunca desmintió las acusaciones, nunca demandó y jamás ofreció una conferencia para limpiar su nombre. Ese silencio alimentó el misterio: ¿era la actitud de un hombre inocente que no se rebajaba a contestar calumnias, o el cálculo de alguien que sabía que ciertas puertas no deben abrirse jamás? A esto se sumaron rumores de romances no confirmados con vedettes y figuras del espectáculo de la época, que contrastaban violentamente con su imagen de padre de familia intachable.

El último bosque oscuro y la despedida

La caída del imperio llegó por amor filial. En el año 2000, su hijo Abraham renunció a Televisa tras ser desplazado en la sucesión de los noticieros. Jacobo, demostrando que su sangre valía más que cualquier cámara, presentó su renuncia irrevocable ante Emilio Azcárraga Jean. Al salir de la televisora por última vez, se subió a su auto y su chófer le preguntó el destino. Jacobo, el hombre que siempre tenía las respuestas, simplemente dijo: “No lo sé”. Esa tarde, en su biblioteca, leyó a Dante Alighieri: “A mitad del camino de la vida, me encontré en un bosque oscuro”. Sabía que, tras 50 años de periodismo, había entrado a una nueva y aterradora etapa.

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