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El explosivo secreto de la Sonora Dinamita: entre la miseria de Cartagena, el mito de la cumbia y la dolorosa separación que dividió a una leyenda musical

La historia de la música popular en América Latina se encuentra repleta de fenómenos culturales que, con el transcurrir de las décadas, se mimetizan de tal forma con la identidad de los países receptores que sus verdaderas raíces terminan por desdibujarse en el imaginario colectivo. Pocos ejemplos en la industria del entretenimiento reflejan esta metamorfosis con tanta fidelidad como la legendaria agrupación de música tropical La Sonora Dinamita. Para una inmensa mayoría de melómanos y bailadores en territorio mexicano, las notas contagiosas de temas inmortales como “La cadenita”, “Mil horas”, “El viejo del sombrerón” o “Qué bello” forman parte de un patrimonio sonoro que asumen como estrictamente azteca. Sin embargo, la reconstrucción rigurosa de su bitácora histórica obliga a realizar un viaje en el tiempo hacia la costa atlántica colombiana, desenterrando una crónica humana y profesional marcada por la orfandad, la pobreza extrema, la superación absoluta y una serie de fracturas internas que estuvieron a punto de silenciar para siempre el motor del ritmo que revolucionó la cumbia en el continente.

El nacimiento de este mito musical se encuentra indisolublemente ligado a la biografía de su fundador y director eterno, Luis Guillermo Pérez Cedrón, conocido universalmente en los analistas de la farándula como Lucho Argaín. Nacido en la histórica y amurallada ciudad de Cartagena de Indias, Colombia, en el año 1947, la infancia de Pérez Cedrón distó enormemente de los lujos y las comodidades comerciales de las que gozan las estrellas contemporáneas del espectáculo. En el año 1953, cuando apenas contaba con seis años de edad, el destino le asestó un golpe devastador al dejarlo huérfano de madre, una tragedia que obligó a su progenitor y a sus nueve hermanos a reubicarse en una de las zonas de tolerancia más complejas y deprimidas de la urbe costeña. Fue precisamente en ese entorno hostil, rodeado de tabernas, prostíbulos y cantinas populares, donde el pequeño Luis Guillermo tuvo sus primeros encuentros formales con la música cubana e internacional de la época, la cual ambientaba de forma permanente la vida nocturna del sector.

Bajo la influencia auditiva de agrupaciones icónicas como el Trío Matamoros y la Orquesta Casino de la Play

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