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SEDENA Revienta Galpón del CJNG Disfrazado de Taller — 450 kg de Cocaína, Armas y 25 Sicarios

El mecánico que trabajaba en el taller de enfrente lo vio todo. Llevaba 3 años frente a ese local en la colonia industrial de Culiacán, reparando carros, cambiando aceites, sin meterse con nadie y sin que nadie se metiera con él. Sabía lo que había en ese taller del otro lado de la calle. Lo sabía desde hacía meses, no por curiosidad, sino porque cuando uno vive frente a algo, termina leyendo sus señales aunque no quiera.
Los camiones que llegaban de madrugada, los hombres que no eran mecánicos, pero que usaban overall, el olor que a veces salía por la ventilación y que no era olor a grasa ni a motor quemado. sabía y no dijo nada, igual que el dueño de la papelería de la esquina y la señora que vendía gorditas en el puesto de afuera, y el policía municipal que pasaba por ahí dos veces al día y que miraba hacia otro lado con la misma eficiencia con que lo hacía desde hacía años.
Esa mañana de martes, cuando las camionetas de La Sedena llegaron a las 5:43 de la madrugada y los soldados bajaron con el equipo que uno no ve en operativos normales, sino en los que llevan semanas de planeación y que cuando se ejecutan es porque la inteligencia ya no tiene dudas. El mecánico estaba adentro de su taller, durmiendo en el catre que mantenía en el fondo para las noches en que el trabajo se alargaba.

Los disparos lo despertaron. Se quedó quieto, contó. Cuando todo quedó en silencio, salió a ver lo que había al otro lado de la calle. Ya no era un taller mecánico, era la escena que los peritos militares iban a documentar durante las siguientes 6 horas. 25 hombres en el suelo con las manos en la nuca, 450 kg de cocaína apilados en el centro del espacio, como si alguien los hubiera organizado para una fotografía, rifles y pistolas esparcidos donde habían caído cuando sus dueños los soltaron.
y una camioneta ardiendo en el fondo del taller que nadie intentó apagar porque lo que importaba ya no estaba adentro de ella. El mecánico del taller de enfrente miró todo eso desde la puerta de su local. Un soldado lo vio y le dijo que se metiera adentro. Él obedeció y se quedó sentado en el catre hasta que amaneció, pensando en tr años de ver señales y no decir nada y en lo diferente que podría haber sido esa historia si alguien hubiera dicho algo antes.
Sedena, revienta, galpón del CJNG, disfrazado de taller, 450 kg de cocaína, armas y 25 sicarios. Para entender cómo llegó la Sedena a ese taller, hay que retroceder 7 semanas. Siete semanas antes de ese martes de madrugada, un analista de inteligencia militar en Culiacán recibió un reporte de una fuente que llevaba meses construyendo credibilidad con información verificable sobre movimientos del CJ en la zona norte de la ciudad.
La información era específica. Había un punto de almacenamiento y procesamiento de droga operando bajo fachada de taller mecánico en la colonia industrial. La fuente no tenía la dirección exacta. Tenía referencias cerca de un distribuidor de refacciones que todos en la zona conocían, frente a otro taller que tenía un letrero azul y blanco, en una cuadra donde también había una tortillería que abría a las 6 de la mañana.
suficiente para empezar a mirar. El analista cruzó esa información con datos que ya tenían sobre patrones de movimiento vehicular en esa zona. La Sedena en Culiacán lleva años construyendo una base de inteligencia sobre rutas y puntos de concentración del CJ, que incluye análisis de tráfico vehicular, registros de cámaras de vigilancia públicas y privadas y la información que va llegando de fuentes que trabajan en silencio dentro de las comunidades.
No es trabajo espectacular, no genera titulares, es el trabajo lento y sistemático que hace posible el operativo espectacular, que sí genera titulares. Lo que los datos de tráfico vehicular mostraron fue consistente con lo que la fuente había reportado. Entre las 11 de la noche y las 3 de la madrugada, los días miércoles y sábado, con una consistencia que no podía ser casual, había actividad vehicular en esa cuadra de la colonia industrial que no correspondía a ningún negocio legítimo en ese horario.
Camionetas grandes, a veces con remolque pequeño, que llegaban y se iban en ventanas de tiempo que oscilaban entre 40 minutos y 2 horas. La confirmación llegó de una segunda fuente diferente a la primera, que reportó lo mismo sin haberlo coordinado. Dos fuentes independientes, describiendo el mismo lugar con el mismo nivel de detalle específico, es uno de los indicadores más sólidos que tiene la inteligencia para pasar de la hipótesis a la certeza operativa.
El operativo fue aprobado tres semanas después del segundo reporte, porque tres semanas es el tiempo que tarda en construirse la vigilancia necesaria para que cuando la Sedena entre no haya sorpresas. Cada operativo tiene su fase de observación, sus días de documentación, sus noches de contar cuántos hombres entran y cuántos salen y a qué hora y con qué.
Lo que la fase de observación reveló sobre el taller de la colonia industrial fue construyendo un perfil que los analistas fueron documentando con la paciencia de quien sabe que los detalles son la diferencia entre una operación que funciona y una que no. El taller tenía dos entradas, una principal, la que daba a la calle y que tenía puerta de metal con aspecto normal, de taller mecánico, con un par de neumáticos afuera y un letrero pintado que decía taller especializado el gero, una secundaria en el fondo que abría hacia un callejón que
conectaba con la calle paralela. Esa segunda entrada era la que usaban de noche, la que nunca aparecía en ninguna foto de Google Maps porque había sido construida después de que el taller fue adaptado para su uso real. Adentro, según la información que fue llegando de distintas fuentes, durante las semanas de vigilancia había cuatro zonas diferenciadas.
La primera era la fachada real, dos mecánicos que efectivamente reparaban carros de día, clientes que llegaban, facturas que se extendían, una operación de taller mecánico completamente funcional que pagaba sus impuestos y que tenía sus permisos al corriente. La segunda zona era el almacén, separado de la zona de trabajo visible por una pared falsa con acceso a través de un mecanismo que desde afuera parecía ser simplemente el armario de herramientas.
La tercera era el área de procesamiento, donde la droga llegaba en su estado de transporte y salía preparada para su distribución local. La cuarta era lo que en el lenguaje de la inteligencia militar se llama la posición defensiva, el punto desde donde los hombres que cuidaban el lugar podían responder si algo salía mal. Esa cuarta zona era la que más preocupaba al teniente coronel que comandó el operativo, porque los hombres que cuidaban ese taller no eran guardias ocasionales, eran un equipo permanente rotado en turnos con armamento que la
información de las fuentes describía como de alto calibre. 25 hombres en total, según los conteos de la vigilancia, no todos presentes simultáneamente. Había un turno de día de 8 y un turno de noche de entre 12 y 16, dependiendo de si había entrega programada. El martes fue elegido porque coincidía con lo que los patrones de vigilancia indicaban como una noche de entrega.
Si la información era correcta, el taller iba a estar en su máximo de actividad y de ocupación, lo que significaba el mayor riesgo para el operativo y simultáneamente la mayor oportunidad de capturar no solo a los custodios, sino también a los operadores de la cadena de distribución que llegaban en esas noches de entrega y que en circunstancias normales eran los más difíciles de localizar porque no tenían domicilio.
fijo ni rutina verificable. El teniente coronel revisó el plan tres veces antes de darlo por final. Cada revisión encontraba algo para ajustar, no por perfeccionismo, sino porque la diferencia entre un operativo que termina sin bajas propias y uno que termina con soldados heridos o muertos muchas veces viven los detalles que alguien no revisó suficientes veces.
El plan final tenía cuatro elementos simultáneos. Equipo uno, entrada por la puerta principal con técnica de sorpresa y velocidad máxima, aprovechando el ruido del motor de una de las camionetas de carga que llegaban a esa hora para enmascarar el sonido de los vehículos militares. Equipo dos.
Entrada simultánea por la puerta trasera del callejón, cortando la ruta de escape que los análisis indicaban como la más probable. Equipo tres, posiciones de perímetro bloqueando ambas calles y el callejón sin vehículos de la Sedena, visibles hasta el momento de la entrada para no alertar a ningún vigía del ZNG que pudiera estar en posición exterior.
Equipo cuatro, reserva médica y de apoyo en fuera del perímetro inmediato, lista para entrar en los primeros 60 segundos si había bajas. A las 4:50 de la madrugada, los cuatro equipos estaban en posición. El teniente coronel dio la última verificación por radio. Cada equipo confirmó, “Todo listo. En 30 segundos”, dijo, “quédate hasta el final.
Lo que pasó en los siguientes 4 minutos dentro de ese taller de la colonia industrial de Culiacán es lo que tiene a la Fiscalía Federal con más trabajo del que puede manejar y a los analistas de inteligencia de dos países revisando los archivos que encontraron adentro con una urgencia que no han querido describir públicamente, pero que se nota en la velocidad con que se mueven.
Los 30 segundos pasaron con la lentitud que tienen los 30 segundos cuando el cuerpo sabe que al final de ellos algo va a ocurrir que no tiene rev

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