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Parecía Inofensiva… ¡Cae “La Abuela” Reclutadora del CJNG!

La conocían en el mercado municipal de Autlán de Navarro, Jalisco, como doña Consuelo, 63 años, cabello negro con betas grises que no se molestaba en ocultar, manos de alguien que había trabajado toda su vida con ellas. La señora que vendía quites y verdura de temporada los martes y los jueves, que saludaba a todos por su nombre, que preguntaba por los hijos y por los enfermos, y que a veces dejaba ir la mercancía sin cobrar cuando sabía que la familia que la compraba estaba pasando un momento difícil. Era el tipo de
presencia que los pueblos de Jalisco tienen en sus mercados desde siempre. La señora mayor que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo conoce. La que existe en el fondo de la memoria colectiva de un lugar como algo permanente, como parte del paisaje humano que nadie cuestiona, porque nadie tiene razón para cuestionarlo.


Nadie la cuestionó durante 4 años. parecía inofensiva. Cae la abuela reclutadora del CTA Tenque. Lo que doña Consuelo Vargas Medina hacía los martes y los jueves en el mercado municipal de Autlán no era vender verdura o no era solo vender verdura, era lo que los analistas de inteligencia llaman reconocimiento humano de campo, la acumulación sistemática de información sobre personas vulnerables en un entorno donde esa información fluye naturalmente porque la gente habla con quienes conoce sin calcular lo que está diciendo en un
mercado municipal de un pueblo de Jalisco. La información que fluye naturalmente es exactamente la que el CJNG necesita para reclutar. ¿Quién perdió el trabajo? ¿Quién tiene deudas? ¿Quién acaba de llegar de algún lugar buscando algo que no encontró allá? ¿Quién tiene familia que mantener y no tiene manera de mantenerla? ¿Quién está en el punto donde cualquier oferta que parezca razonable va a ser escuchada porque no hay alternativa visible? Doña Consuelo escuchaba y lo que escuchaba lo reportaba y lo que reportaba llegaba a
personas que tenían el trabajo que esas personas vulnerables necesitaban, solo que el trabajo no era el que les decían que era. El operativo que terminó con la detención de Consuelo Vargas Medina fue el resultado de 8 meses de trabajo de inteligencia que comenzó no con un soplón ni con una llamada anónima.
sino con un patrón, el patrón que los analistas de La Sedena detectaron cuando empezaron a mapear las desapariciones de personas jóvenes en la región de Outlán en los últimos años. No desapariciones violentas con evidencia de enfrentamiento, desapariciones silenciosas, personas que un día avisaban a sus familias que habían conseguido trabajo, que iban a estar fuera unos días y que después de esos días no volvían a comunicarse.
El perfil de esas personas era consistente de una manera que a los analistas les tomó tiempo reconocer como patrón, precisamente porque era muy específico. No eran jóvenes con antecedentes criminales ni con vinculación conocida al crimen organizado. Eran personas que en sus comunidades eran conocidas por una sola característica, necesitaban dinero y no tenían manera de conseguirlo por los canales ordinarios.
Esa especificidad en el perfil de las víctimas sugería algo que los analistas describieron en su reporte como reclutamiento asistido por información de contexto, no reclutamiento al azar, reclutamiento con selección previa, alguien que sabía quiénes eran vulnerables antes de que se les acercaran.
Ese alguien estaba en el mercado los martes y los jueves. Consuelo Vargas Medina no era una figura menor dentro de la estructura que operaba en esa región de Jalisco. Su función era específica y tenía un valor que la organización conocía bien, porque el reclutamiento de nuevos operadores es uno de los cuellos de botella más difíciles de resolver para el crimen organizado.
cómo conseguir personas nuevas de manera continua, en cantidad suficiente, con el perfil correcto, sin generar la visibilidad que el reclutamiento masivo o forzado produce. La respuesta que el CJNG había desarrollado en esa región era doña Consuelo, una mujer de 63 años que vendía verdura y que en 4 años nunca había levantado ninguna sospecha en ninguna persona con autoridad, porque el perfil de reclutadora de cártel que las fuerzas de seguridad tienen en su imaginario institucional no incluye a señoras mayores que preguntan por los
enfermos y dejan ir la mercancía sin cobrar cuando la familia no puede pagar. Ese era el activo más valioso que doña Consuelo tenía. No su conocimiento de la comunidad, aunque era real, no su red de contactos, aunque era extensa su invisibilidad, el hecho de que la misma presencia que la hacía efectiva como reclutadora, la hacía completamente indetectable como amenaza.
El CJNG lo sabía cuando la reclutó y lo usó durante 4 años. Lo que el análisis de inteligencia tardó 8 meses en construir fue la conexión entre el patrón de desapariciones y la figura de doña Consuelo. No fue una conexión directa, fue la acumulación de indicios que individualmente podían tener explicaciones inocentes, pero que juntos dejaban de tener esa posibilidad.
El primero fue geográfico. Las personas desaparecidas que habían sido identificadas en el mapeo vivían o frecuentaban el área del mercado donde doña Consuelo tenía su puesto. No todas, pero una proporción suficientemente alta para que no pudiera atribuirse a la casualidad. El segundo fue testimonial.
En tres de los casos documentados, familiares de las víctimas recordaban que la persona desaparecida había mencionado haber hablado con alguien en el mercado sobre una oportunidad de trabajo. Las descripciones que daban de esa persona cuando se cruzaban entre sí, sin que los familiares se conocieran, apuntaban hacia el mismo perfil físico.
El tercero fue el que convirtió los indicios en certeza suficiente para solicitar una orden de vigilancia formal, una conversación interceptada en el marco de una investigación separada sobre la estructura del CJNG en la región de Autlán, que mencionaba a una contactora que operaba en el mercado, no con el nombre de Consuelo Vargas Medina, con un apodo que en el lenguaje interno de la organización era tan descriptivo como cualquier nombre real.
La llamaban la señora del mercado. La vigilancia formal duró seis semanas. En esas seis semanas, los analistas documentaron lo que doña Consuelo hacía, además de vender verdura. documentaron las conversaciones, los números a los que llamaba desde teléfonos que cambiaba con una frecuencia que no tiene ninguna explicación en la vida de alguien que vende quelites.
Las personas que se le acercaban en el mercado y las que se le acercaban fuera del mercado. Y el momento específico que ocurrió cuatro veces durante esas seis semanas en que una de esas personas dejaba de aparecer en los registros de vida ordinaria que todos dejamos sin saberlo. Cro semanas después de que la vigilancia comenzó, los analistas tenían suficiente para presentar ante el Ministerio Público dos semanas más para que el proceso judicial produjera la orden.
Y un martes por la mañana, cuando doña Consuelo llegaba al mercado con su carga de quelites y su sonrisa de señora que conoce a todo el mundo, la Sedena y la Fiscalía Federal la esperaban, no con dramatismo, sin disparos, sin persecución. Dos agentes que se acercaron con la calma de quienes saben que la persona que van a detener no va a correr porque lleva 4 años construyendo una identidad que hace imposible que nadie la imagine corriendo.
Doña Consuelo los miró cuando se identificaron. No preguntó por qué, no fingió sorpresa. Dijo algo que el agente que la detuvo recordó después y que describió a sus compañeros esa tarde con la precisión de alguien que quiere que quede registrado en algún lado, aunque no sea en ningún reporte oficial. Dijo, “Ya me tardé en aparecer en esto.
Quédate hasta el final. Porque lo que los investigadores encontraron cuando comenzaron a construir el perfil completo de Consuelo Vargas Medina, no era el perfil de alguien que fue reclutada por el CJNG. Era el perfil de alguien que llegó al CJNG por un camino que ningún perfil estándar de reclutadora podía haber anticipado.
Y lo que ese camino revela sobre cómo el crimen organizado construye sus redes en los lugares donde nadie los está mirando es lo que hace de esta historia algo más que la detención de una señora mayor con colete del CJNG. El perfil de Consuelo Vargas Medina comenzaba, como todos los perfiles que importan mucho antes del momento en que las fuerzas de seguridad la identificaron.
Comenzaba en un rancho de la sierra de Jalisco, donde había nacido 63 años atrás. Hija de jornaleros que cosechaban en tierras que nunca iban a ser suyas, en el tipo de pobreza que en México no es noticia porque es demasiado común para hacerlo. Había llegado a Autlán de Navarro en su juventud, siguiendo a un hombre que resultó ser menos de lo que parecía y que después de darle dos hijos, se fue de la manera en que se van ciertos hombres en ciertos pueblos de Jalisco.
Sin fecha de regreso y sin explicación suficiente, Consuelo Vargas Medina había criado a esos dos hijos sola con el trabajo que el mercado daba y con la dignidad que se construye cuando no queda otra opción que la dignidad. Uno de esos hijos murió. El cómo y el cuándo son parte de la historia que los investigadores fueron reconstruyendo en las semanas posteriores a su detención y son la parte que explica sin justificar por qué doña Consuelo un día decidió que la señora del mercado, que conocía a todo el mundo podía ser también algo más. El
hijo que murió se llamaba Rodrigo. Tenía 26 años cuando desapareció en una zona de conflicto entre el CJNG y una organización rival en los Altos de Jalisco. Su cuerpo nunca fue encontrado. Consuelo Vargas Medina lo buscó durante meses con la persiste

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