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La casa abandonada de Flor Silvestre, donde murió y su fortuna

Escondido en Villanueva, Zacatecas, el soyate fue mucho más que un rancho. Fue el reino privado de Flor Silvestre y Antonio Aguilar, la pareja más icónica de la música regional mexicana. Allí Flor crió a sus hijos, grabó ensayos con Pepe Aguilar, recibió a nietos como Ángela y Leonardo y finalmente exhaló su último aliento en una habitación que hoy permanece sellada por la familia.
La casa sigue fuera del alcance del público, pero en su interior se conservan reliquias invaluables, trajes de charro originales, carteles de cine firmados, joyas y una fuente con forma de flor que Antonio mandó construir exclusivamente para ella. Y sin embargo, mucho antes de su muerte en 2020, Flor se aseguró de que su imperio no generara conflictos.


repartió sus joyas, entregó el rancho a sus hijos y dejó su testamento sin ambigüedades. Pero, ¿por qué lo hizo todo con tanta discreción? ¿Y qué es exactamente lo que permanece cerrado dentro del soyate? Detrás de los portones cerrados se esconde una historia de fama, traición, poder y herencia. Y la verdad resulta mucho más reveladora que cualquier recorrido de museo.
Murió como había vivido, con gracia, rodeada de música, familia y la tierra que dio forma a su legado. El 25 de noviembre de 2020, Flor Silvestre, nacida Guillermina Jiménez Chabolla, falleció a los 90 años en la soledad del rancho El Soyate, la enorme propiedad en Zacatecas que se convirtió tanto en su santuario como en su último refugio.
La mujer conocida como la reina de la canción mexicana dio su último suspiro en la casa que construyó con amor junto a Antonio Aguilar, su compañero de vida y de leyenda. Su hija Marcela Rubiales, diría después, simplemente se quedó dormida. No sufrió. Fue un final en paz para una vida que estuvo lejos de ser tranquila, una existencia marcada por el desamor, la reinvención y la reinvención otra vez, y un imperio de música y cine forjado a partir de la garra y el dolor.
Pero quizá la imagen más inquietante sea la de la casa ahora silenciosa en lo alto de las colinas de Elso Soyate, cuyos pasillos alguna vez resonaron con música de mariachi y hoy permanecen en calma. No solo un hogar, sino una tumba de historias, de riqueza, de pasión y de una dinastía que sigue viva, aunque ensombrecida por su ausencia.
Guillermina Jiménez Chabolla nació el 16 de agosto de 1930 en Salamanca, Guanajuato, dentro de una familia modesta que con el tiempo daría no a uno, sino a varios iconos de la música ranchera mexicana. Sus padres, que cantaban mariachi de manera informal, alentaron la expresión musical de sus hijos.
Entre sus hermanos estaban Keta Jiménez, La Prieta Linda y Mari Jiménez, quienes también seguirían carreras musicales. Pero fue Guillermina quien con apenas 13 años dio el primer paso decisivo hacia el mundo del espectáculo público y jamás miró atrás. A principios de la década de 1940, poco después de mudarse a la ciudad de México con su madre, convenció al director de un mariachi para que la dejara cantar en el teatro del pueblo.
Vestida con una falda y blusa tradicionales, interpretó la canción mexicana. Yo también soy mexicana y el herradero. Esa sola presentación lo cambió todo. La respuesta del público fue inmediata y electrizante. La adolescente que subió al escenario como Guillermina bajó convertida en alguien completamente distinto.
Por esa época comenzó a usar el nombre artístico La soldadera, inspirado en los corridos revolucionarios que cantaba. Pero un día un locutor de radio, Arturo Blancas, le ofreció otra perspectiva. “Tú no eres una soldader

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