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Inés Gómez Mont: El ASQUEROSO Fraude Que la Volvió Prófuga… Tres Mil Millones Que Eran del Pueblo

Hay una casa en Miami que un día fue de una estrella de Hollywood. Techos altos, palmeras meciéndose despacio, una piscina que mira al agua, pisos de mármol que costaron más de lo que muchas familias mexicanas ganan en toda una vida. Esa casa perteneció a Cher. Hoy, según los reportes, vive en ella una mujer mexicana que tú conociste de otra manera.

Una mujer que tú viste sonreír en tu televisión los domingos, en las tardes, en las transmisiones que veías mientras planchabas o preparabas la comida para los tuyos. Esa mujer lo tiene todo dentro de esa casa. Tiene dinero, tiene jardín, tiene playa, tiene lujo. Le falta una sola cosa. No puede volver a su país.

Su nombre es Inés Gómez Mont. Y mientras tú escuchas esto, la Interpol la busca en más de 190 países con una ficha roja a su nombre. La misma muchacha que se hizo famosa en todo el mundo cuando se vistió de novia para pedirle matrimonio de broma a una estrella del fútbol americano en pleno Super Bowl, la misma que veías conducir programas en la televisión mexicana.

Esa mujer es hoy, según la Fiscalía General de la República, una prófuga de la justicia mexicana. La acusan junto con su esposo de un esquema para desviar casi 3,000 millones de pesos de dinero público, casi 146 millones de dólares. Dinero que según la investigación estaba destinado al país.

Y aquí está la frase que vas a escuchar varias veces en esta historia porque lo explica todo. La factura siempre llega. Te lo voy a decir de frente, como se le cuenta la verdad a alguien de confianza. Lo que la mayoría de los programas te contaron sobre este caso fue la parte fácil. La foto del escándalo, la mansión, la fuga.

Lo que casi nadie se sentó a explicarte es cómo fue posible. Como una conductora de televisión, una mujer que muchos conocían solo por sonreír frente a una cámara, terminó en el centro de uno de los señalamientos de corrupción más grandes de su generación y cómo hasta el día de hoy sigue libre. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas.

Primero, cómo una muchacha de la televisión terminó casada con el hombre al que llamaban el rey de las facturas y cómo funcionaba de verdad ese negocio de empresas que existían solo en papel. Segundo, la cifra exacta y de dónde salía ese dinero mientras ella compraba la casa que fue de una estrella de cine.

Tercero, la noche en que todo se derrumbó, la orden de aprensión, la ficha roja en el mundo entero y las palabras con las que ella juró delante de todos que era inocente. Y cuarto, ¿por qué a estas alturas, con todo lo que se dijo, ella sigue caminando libre por las calles de Miami. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que la construyó.

Porque esta historia no empieza el día que la fiscalía giró la orden, empieza mucho antes. Empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Vamos a regresar el tiempo. Finales de los años 90, principios de los 2000. La televisión mexicana era otra cosa. Era el centro de todo. Tú llegabas a tu casa, prendías el aparato y ahí estaba el mundo entero metido en una caja.

Las telenovelas que te hacían llorar, las noticias de la noche, los programas de espectáculos donde se decidía quién subía y quién bajaba. No había teléfonos en la mano de cada quien. No había mil pantallas robándote la atención. Estaba la tele y la tele era el corazón de la casa. Había dos grandes reinos peleándose por ti.

Por un lado, Televisa, el gigante de siempre, el de las novelas que veía tu mamá y que veías tú. por el otro Televisión Azteca, la cadena más joven, más atrevida, la que quería quitarle el público al gigante a como diera lugar. Y en esa guerra por tu atención, una cara nueva podía volverse estrella en cuestión de meses.

Bastaba con que la cámara la quisiera, que tuviera ese algo que hace que no le quites los ojos de encima. Y a Inés Gómez Montara la quiso desde el primer día. Ella nació en la ciudad de México el 29 de julio de 1983. No venía de una familia cualquiera. Venía de un apellido con peso, de esos que en México abren puertas que para otros ni siquiera existen.

Su tío Fernando Gómez Mont llegó a ser secretario de Gobernación, uno de los hombres más poderosos del gobierno federal. Otro familiar ocupó cargos altos en el turismo nacional. Gente de poder, gente que se movía en los pasillos donde se toman las decisiones del país. Guarda ese dato, te va a hacer falta más adelante porque el mundo del que ella salió y el mundo en el que se metió tienen más hilos en común de lo que parece.

Recuérdalo, el apellido Gómez Montell farándula, era un apellido de estado. La muchacha empezó en la pantalla muy joven. Su primer papel fue en una telenovela de televisión azteca llamada Trick Track en 1997. Una historia ligera, casi infantil, que giraba alrededor de un perro que hablaba. Ella apenas era un adolescente, una niña casi.

Pero el destino de Inés no estaba en aprenderse libretos ni en llorar frente a la cámara para una novela. Estaba en hablarle a la cámara directamente, a los ojos, como si te hablara a ti, en conducir, en sonreír y hacer que medio país sonriera con ella. Esa es una habilidad rara. No cualquiera la tiene. Puede ser guapa, puede ser inteligente y aún así la cámara te puede rechazar.

A ella la abrazó. Entró al departamento de producción de noticias de Televisión Azteca a principios de los 2000. Empezó desde abajo cargando información, aprendiendo el oficio y de ahí pasó a donde de verdad ardía el fuego, al mundo de los espectáculos. Trabajó cerca de la maquinaria que dirigía Paty Chapoy en el universo de Ventaneando.

Ese programa que tú veías para enterarte de todo lo que pasaba con los famosos, el programa que sabía los secretos antes que nadie. el que hacía temblar a las estrellas. Imagínate lo que era eso para una muchacha de 20 y pocos años, estar adentro, en el lugar donde se hacían y se deshacían las carreras, donde una nota podía levantar a un artista o hundirlo en una tarde, donde se aprendía mejor que en cualquier universidad, que la imagen lo era todo.

Ella aprendió ahí cómo funcionaba el espectáculo por dentro. Aprendió que importaba más cómo te veían que quién eras de verdad. Aprendió a sonreír cuando hacía falta sonreír y aprendió que el brillo en ese mundo es una moneda, una moneda que se gasta rápido y que siempre, siempre hay que reponer. Y entonces llegó el momento que la lanzó al mundo entero.

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