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GANADERO JUSTICIERO” DE TAMAULIPAS: Eliminó a Más de 15 Abigeos

Los encontraron al amanecer 15 cuerpos tendidos en la tierra seca del municipio de San Fernando, Tamaulipas, alineados con una precisión que no parecía obra del azar, sino de alguien que quería que los encontraran exactamente así. La Guardia Nacional llegó primero, luego los peritos, luego los fotógrafos que documentaron la escena con la rutina profesional de quienes han visto demasiado, lo que ninguno esperaba encontrar.
sentado en una piedra a 20 metros de los cuerpos, con el rifle apoyado en las rodillas y el sombrero en la mano. Era un hombre de 68 años con las botas sujas de polvo y los ojos de alguien que acaba de terminar algo que empezó hace mucho tiempo. El agente que se acercó primero puso la mano en la pistola sin sacarla, le preguntó su nombre.
El hombre levantó los ojos, miró a la gente sin prisa y dijo, “Refugio Garza Cantú, ganadero, estos hombres robaron mi ganado durante 12 años. Mataron a mi hijo, ya no van a robar más.” Lo que siguió a esa declaración sacudió a todo Tamaulipas. Y la pregunta que nadie en ese estado ha podido responder desde entonces es si lo que hizo refugio Garsa fue un crimen o la única forma de justicia que existe en una región donde la ley lleva décadas llegando tarde o no llegando.


El ganadero justiciero de Tamaulipas eliminó a más de 15 abigeos refugio Garza Cantú. Nació en 1956 en el Soledad, a 30 km al sur de San Fernando, en el corazón de ese Tamaulipas profundo que los mapas muestran, pero que la mayoría de los mexicanos que viven en ciudades nunca han pisado.
Tamaulipas de monte bajo y tierra polvorienta, de caminos de terracería que en temporada de lluvias se vuelven intransitables y en temporada seca se vuelven polvo que se mete en todo, de ranchos separados por kilómetros de nada, donde la vida se mide en cabezas de ganado y en litros de agua. Su padre, don Cándido Garza, era egidatario.
Vi recibido su parcela en el reparto agrario de los años 50. y la había trabajado con las manos hasta convertirla en algo que podía llamarse rancho sin mentir demasiado. 40 haáreas de pastizal con un pozo que daba agua suficiente para sostener un ato pequeño. No era riqueza, era dignidad. Y en esa parte de México, la diferencia entre las dos cosas es más importante de lo que cualquier economista que estudia el campo desde una oficina en la ciudad puede entender.
Refugio creció aprendiendo lo que se aprende cuando la escuela queda lejos y el rancho siempre tiene algo que hacer. Aprendió a montar antes de aprender a leer. Aprendió a reconocer el estado de una re mirándola caminar antes de aprender a sumar. Aprendió el nombre de cada planta del monte que servía para curar y de cada arroyo seco que volvía a correr con las lluvias.
Tamaulipas era su mundo y lo conocía como conoce un hombre su propia cara. A los 12 años ya trabajaba junto a su padre. sin que nadie se lo pidiera, porque era lo que había que hacer. A los 17 era el vaquero más competente de elegido, el que los vecinos llamaban cuando se les extraviaba una re en el monte o cuando necesitaban ayuda en la herranza.
No, por favor, porque en esa región la reciprocidad no se pide, se ejerce. Tú ayudas hoy, porque mañana vas a necesitar que te ayuden. Se casó a los 23 años con Esperanza Méndez. hija de otro ejidatario del municipio. La boda fue en el rancho con norteño en vivo y barbacoa de res que entre todos los vecinos ayudaron a preparar.
Fue uno de esos días que refugio recordaría toda su vida como ejemplo de lo que la vida puede ser cuando está bien construida. Tuvieron tres hijos. Rosario la mayor, que desde chica tuvo claro que la vida del rancho no era para ella y que se fue a Monterrey a estudiar contabilidad, Cándido el del medio, que heredó el nombre del abuelo y el amor por la tierra.
Y Ángel, el más chico, el que llegó cuando refugio ya tenía 38 años y que desde que aprendió a caminar no se separaba del lado de su padre ni para dormir. El rancho fue creciendo despacio, con la lentitud de las cosas que se construyen bien. Refugio compró hectáreas cuando pudo, vendió cuando necesitó, nunca tomó crédito que no pudiera pagar.
Para cuando llegó a los 50 años tenía 120 haectáreas, un ato de 240 reces de doble propósito, una casa de block con techo de lámina que Esperanza había decorado con macetas de flores que florecían contra todo pronóstico en ese clima seco, y dos hijos trabajando con él en el campo. Ángel era el que más le gustaba el trabajo.
Cándido era bueno, pero distraído, con el corazón a medias en el rancho y a medias en otras cosas. Ángel, en cambio, se levantaba antes que su padre, revisaba las cercas sin que nadie se lo pidiera. Conocía por nombre a cada res delato. Tenía esa concentración tranquila de los hombres que hacen bien su trabajo, porque genuinamente les importa hacerlo bien.
A los 22 años, Ángel se casó con una muchacha de Ciudad Victoria que se llamaba Fernanda y que se adaptó a la vida del rancho con más gracia de lo que refugio esperaba. Al año siguiente nació Mateo, el primer nieto, el que cambió la manera en que refugio miraba el rancho, porque de pronto ya no era solo algo que había construido para él, sino algo que iba a dejarle a alguien que todavía no sabía caminar.
Tamaulipas en esos años era ya un estado diferente al que refugio había conocido de joven. La frontera con Texas había convertido algunas de sus ciudades en puntos de paso para todo lo que cruzaba sin permiso en ambas direcciones. Y con ese tráfico habían llegado otras cosas. grupos que primero operaron discretamente y después dejaron de necesitar la discreción porque habían comprado o intimidado suficientes voluntades institucionales para no necesitarla.
En la región de San Fernando, el abigeato siempre había existido. Robo de ganado ocasional, alguna rez que aparecía en otro rancho o no aparecía en ninguno. era un problema manejable que los ganaderos resolvían entre ellos con una mezcla de vigilancia propia y conversaciones que no necesitaban intermediarios institucionales.
Lo que comenzó a ocurrir cuando refugio tenía unos 55 años fue diferente en naturaleza y en escala. No eran ladrones oportunistas que aprovechaban un portón mal cerrado. Era una operación con camionetas equipadas, con rampas portátiles, con hombres que claramente habían estudiado los ranchos, sus rutinas, sus accesos, sus horarios, con capacidad de moverse de noche en terreno que conocían tan bien como los propios ganaderos, y con una conexión evidente hacia algún punto de la cadena de comercialización del ganado robado que permitía que los
animales desaparecieran. sin dejar rastro verificable. La primera vez que refugio perdió ganado de manera significativa fue una madrugada de agosto en que le llevaron 16 reces del potrero norte. Cuando encontró el portón abierto y el potrero vacío al amanecer fue a la presidencia municipal. Levantó un acta.
El comandante de la policía municipal le dijo que iban a investigar. Nadie investigó. 6 meses después, perdió 11 más. Volvió a levantar acta. Misma respuesta, mismo resultado. Al año siguiente, una noche en que refugio había ido a San Fernando a comprar medicina para esperanza que tenía gripa, los ladrones llegaron al rancho cuando Ángel estaba solo con Fernanda y el pequeño Mateo, que ya tenía 4 años.
Ángel escuchó los motores, tomó su rifle, salió a ver, encontró a ocho hombres cargando reces en una rampa, les gritó que se detuvieran. Uno de los hombres se volvió y disparó sin dudarlo. Ángel alcanzó a entrar a la casa. La bala le había rozado el hombro. Fernanda lo curó como pudo con lo que había en el botiquín, temblando con Mateo agarrado a su pierna.
Los ladrones terminaron de cargar y se fueron. Refugio llegó al rancho dos horas después. encontró a Ángel sentado en la sala con el hombro vendado y la cara de alguien que acaba de entender algo que no quería entender. Encontró a Fernanda con Mateo dormido en sus brazos, mirando la oscuridad por la ventana, y encontró 22 reces menos en el potrero.
Esta noche, después de que Fernanda y Mateo se durmieron, y Ángel finalmente se dio al cansancio y cerró los ojos, refugio se quedó sentado en la banca de la entrada del rancho hasta que amaneció sin dormir, mirando el monte oscuro, pensando, no pensaba en los animales robados, pensaba en la bala que había rozado el hombro de su hijo, en lo cerca que había estado, en lo que hubiera significado si la puntería del hombre que disparó hubiera sido un poco mejor o si Ángel hubiera estado un paso más adelante en ese momento.
Pensaba en Mateo dormido adentro de la casa sin saber nada y pensaba en el comandante de la policía municipal al que había ido dos veces a denunciar y que ambas veces le había dicho que iban a investigar. Al amanecer, refugio entró a la casa, se lavó la cara, se tomó el café que Fernanda ya tenía listo y dijo una sola cosa. Esto no puede seguir así.
Nadie le respondió. No hacía falta. Todos en esa casa sabían lo que significaba esa frase dicha en ese tono por ese hombre. Pero nadie sabía todavía lo que iba a significar en los meses que seguirían. Lo que refugio hizo en las semanas siguientes fue lo que hace un hombre que lleva décadas viviendo en tierra hostil y que ha aprendido que la única manera de sobrevivir en ella es conocerla mejor que cualquier amenaza que venga de afuera.
comenzó a observar, a documentar, a construir con paciencia de ganadero, que es la paciencia más larga que existe, un mapa de lo que estaba ocurriendo. Habló con los vecinos que todavía quedaban. Muchos habían vendido y se habían ido. Los que se quedaron hablaban en voz baja, mirando hacia los lados antes de decir cualquier cosa, con esa costumbre que se desarrolla en los lugares donde las paredes pueden tener oídos que trabajan para quien no debe.
Pero hablaban con refugio, hablaban porque refugio era de ahí, porque su padre había sido de ahí, porque era de los que no se había ido. Lo que fue armando con esas conversaciones era un cuadro que tenía sentido, aunque nadie quisiera mirarlo directamente. Los robos no eran aleatorios, seguían un patrón que apuntaba siempre hacia la misma dirección.
Los animales desaparecían hacia un punto de concentración al sur del municipio, desde donde probablemente se redistribuían hacia rastros clandestinos con documentación falsificada. El grupo que operaba tenía entre 12 y 20 hombres dependiendo de la noche y tenía, esto era lo que más le pesaba a refugio, algún tipo de protección que le permitía operar con una impunidad que no se explicaba solo por la corrupción de la policía municipal.
Era algo más sistémico, más profundo, más difícil de nombrar en voz alta en Tamaulipas. Todos saben lo que eso significa. Nadie lo dice. Refugio lo entendió esa noche en la banca de la entrada del rancho y esa comprensión fue la que definió lo que hizo después. Porque si la protección que tenían estos hombres venía de donde él sospechaba que venía, entonces ir a denunciar no era solo inútil, era peligroso.
Era como anunciarle al lobo que sabes dónde tiene el gallinero. Así que no fue a denunciar. se quedó callado. Siguió trabajando el rancho. Siguió levantándose antes del amanecer, revisando el ganado, arreglando cercas, viviendo su vida de manera visible y ordinaria. Pero p

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