Casi unos niños, eso eran muchos de ellos, y aún así se grababan sosteniendo armas largas, convencidos de que nada ni nadie podría tocarlos. Esa misma grabación fue la que los hundió. Durante meses, un grupo de jóvenes presumió en redes sociales una vida que parecía guion de película. Armas sobre la cama, botellas que pasaban de mano en mano, gorras, lentes oscuros, miradas retadoras frente al teléfono que los grababa.
Querían que todos los vieran y todos los vieron. Lo que jamás calcularon es que esa misma vanidad, ese deseo enfermo de aparecer en pantalla, terminaría convertido en la prueba que los llevaría tras las rejas. En el centro de esta historia hay un nombre que se repite. Joan Gailen. En las calles le decían simplemente el Johan, apenas 18 años, originario de la colonia Morelos, ese rincón de la Ciudad de México que se extiende entre dos alcaldías y que durante años ha sido semillero de muchachos que entran al mundo del delito casi sin darse cuenta.
Antes de las esposas, Joan se vendía como otra cosa en Tedes y todas las esposas de terrenos atrabajados para que venía para estarme hablando a sus entrañas. Esta esperación, esta vecina para grabar a la otra. En venida a los atrobajeros, extravagadores y cabezadas expolsadas, tenéis más otras cosas.
Como cantante de trap, todavía circulan por internet sus videos musicales con la pose, el tono y la actitud de quien sueña con los reflectores. Decía querer fama, decía querer micrófonos y de cierta forma macabra la consiguió, aunque no por su música. Porque los reportes de las autoridades cuentan una versión muy distinta a la del artista.
ante que cualquier detonación. ¿Quién movía de verdad los hilos detrás de estos jóvenes? ¿A quién le rendían cuentas cuando por fin apagaban la cámara? La respuesta tendría que esperar porque antes de entender quién mandaba, hay que entender qué ocurrió aquella noche.
Todo comenzó con un reporte que parecía rutinario. Vecinos de la colonia San José, Jajalpa, en Ecatepec, Estado de México, alertaron sobre detonaciones de arma de fuego. El estruendo venía de un punto muy concreto, un hotel sobre la vía Morelos, conocido como Hotel Modena. Hasta ese lugar se trasladó un operativo conjunto.
Elementos de la policía municipal de Ecatepeque y de la Secretaría de Marina se acercaron al inmueble sin saber del todo lo que encontrarían adentro. Lo que hallaron superó cualquier expectativa. Al irrumpir en las instalaciones, los uniformados sorprendieron a una veintena de personas. La mayoría menores de 20 años.
Estaban bebiendo, conviviendo y, sobre todo manipulando armamento como si se tratara de juguetes. Era, en sus propias palabras, una de sus narcofiestas y no era ni remotamente la primera. Mucho antes de aquella madrugada en Ecatepec, este grupo ya había sido documentado. Desde septiembre de 2025 circuló un primer video en el que se veía a varios muchachos bailando y bebiendo dentro de una vivienda pequeña mientras presumían armas largas y pistolas.
A partir de ahí, las grabaciones se volvieron casi una costumbre. Reuniones clandestinas en casas y hoteles, principalmente en alcaldías de la Ciudad de México como Venustiano Carranza, donde el escándalo y la exhibición eran parte del ritual. Las indagatorias revelaron además que esta agrupación tenía un método para no levantar sospechas.
Rentaban suits con alberca, espacios pensados para el descanso familiar y los convertían en escenarios privados donde el consumo de droga y el armamento eran la constante. Buscaban evadir la vigilancia escondiéndose justamente a plena vista. Lo que pasaba dentro de esas habitaciones quedó grabado por ellos mismos.
En los videos que circularon en redes se observa a varios jóvenes armados dentro de los cuartos del motel. Se les ve consumiendo bebidas, posando con las armas, apuntando directamente hacia la cámara y haciendo detonaciones hacia el techo del inmueble. Los propios agentes hicieron notar la enorme irresponsabilidad de la escena. Muchachos bailando armados en espacios reducidos, poniendo en riesgo su propia vida ante la posibilidad de un disparo accidental.
Para ellos era diversión, para cualquiera que mirara con cuidado era una desgracia esperando a ocurrir. Pero hubo un detalle que lo cambió todo. En medio de la euforia, entre gritos y botellas, uno de los asistentes lanzó un mensaje al teléfono que grababa. Un saludo para el C4. Era una burla directa al periodista Carlos Jiménez, conocido como el C4, quien había sido el primero en exhibir esas imágenes.
Los muchachos no solo querían salir en pantalla, pedían que los grabaran, suplicaban aparecer en televisión, convencidos de que la exposición era un trofeo y no una condena. Entre los detenidos había perfiles que resumen a la perfección esa obsesión por la imagen. Uno de ellos, Leonardo N. Aspiraba a ser cantante de corridos.
Otro, identificado como el Sadrac, solía exhibir en plataformas digitales motocicletas robadas y armas largas, como si fueran logros dignos de presumirse. Y aquí aparece la primera gran ironía de esta historia. La misma cámara que usaron para sentirse poderosos fue la que los puso en la mira de las autoridades. Cada vídeo, cada presunción, cada saludo burlón se transformó en una pista.
El ego fue al final de cuentas el peor enemigo de la UJ. 4-0. Cuando el operativo terminó, el saldo era contundente. En total fueron detenidas 24 personas, varias más de las 20 que se reportaron en un primer momento. Casi todas muy jóvenes, todas ahora en manos de la autoridad. Y entonces llegó el momento de revisar las habitaciones, de contar lo que de verdad había dentro de esos cuartos, porque lo que los investigadores encontraron no coincidía ni de cerca con el arsenal que esos vídeos presumían al mundo entero.
En las grabaciones, la UJ40 parecía un pequeño ejército, metralletas, rifles de alto poder, armas largas desfilando de mano en mano frente al teléfono. La imagen que vendían era la de un grupo armado hasta los dientes. Capaz de enfrentar a cualquiera. La realidad fue otra. Y aquí surge una de las grandes contradicciones del caso.
Por un lado, la versión federal. De acuerdo con la Fiscalía General de la República, durante la intervención se aseguraron 27 armas de fuego, entre ellas rifles de asalto y armas cortas, además de diversos indicios ligados a la actividad delictiva. Por otro lado, lo que se reportó directamente en la escena cuenta una historia mucho más modesta.
Según ese recuento, las autoridades solo lograron asegurar cuatro armas cortas y varios cartuchos útiles. Cuatro, no los rifles de alto calibre que tanto presumían en pantalla, no el arsenal de película, apenas cuatro armas pequeñas, 27 o cuatro. Esa diferencia, lejos de ser un simple detalle administrativo, abre preguntas incómodas.
¿Dónde quedó el resto del armamento que tanto exhibían? ¿Lo movieron antes de que llegara la autoridad? ¿O buena parte de ese poderío nunca existió más que en la pantalla de un celular? Cualquiera que sea la respuesta, el contraste deja una lección. No todo lo que se presume en redes corresponde con lo que realmente se tiene en las manos.
Y esa actuación se cae a pedazos cuando uno mira de cerca el escenario de la fiesta. El equipo de investigación logró documentar el interior de la suite 305. Una habitación que costaba hasta 1900 pesos la estancia. Ese era el lujo que tanto presumían. Lo que había adentro distaba mucho de la vida de excesos que vendían en redes.
Sillones deteriorados, albercas en pésimas condiciones, descuidadas y sucias, y ocultas bajo las colchonetas, bolsas de plástico utilizadas para dosificar droga. No había glamour, no había riqueza, había suciedad, abandono y el rastro de un negocio que envenena a su propia comunidad. Esa es la verdad que los filtros y los videos jamás mostraron.
Detrás de la pose de jefes intocables había muchachos amontonados en un cuarto de motel barato, rodeados de basura, fingiendo una grandeza que nunca tuvieron. La imagen poderosa era humo. El verdadero rostro de la UJ40 cabía en una habitación de paso con la alberca sucia y las drogas escondidas debajo del colchón.
Esa es quizá la verdadera historia de esta nueva camada de jóvenes. Gente que actúa un poder que en realidad no posee. Las redes premiaron la actuación con vistas, con likes, con seguidores, hasta que esa misma actuación se convirtió en el expediente que hoy los tiene en problemas. vivían para la pantalla y la pantalla terminó por entregarlos.
Junto a las cabezas visibles de la célula también fueron detenidos otros integrantes de la red, entre ellos tres personas identificadas como Brandon N, Kevin N. Betabel N, señaladas de formar parte del esquema que operaba el cobro de piso y la venta de droga al menudeo en la zona. No eran simples invitados a una fiesta, eran, según las autoridades, piezas de un engranaje mucho más grande de lo que aparentaba aquella reunión.
Un negocio que se sostenía exprimiendo a comercios y vecinos del rumbo. Los videos mostraban la fiesta y las armas, pero nunca mostraban a la gente común que pagaba, con miedo por mantener ese espectáculo en pie. Con 24 personas detenidas y un expediente en construcción, todo parecía indicar que esta vez la justicia caería con fuerza.
Y aún así quedaba flotando una duda que ya conocemos de sobra en este país. ¿De verdad iban a permanecer encerrados? ¿O esta sería una vez más una puerta giratoria que terminaría por devolverlos a las calles? Para responder esa duda hay que mirar el pasado de quien fundó todo esto.
Y el historial de Joan es en sí mismo un retrato del problema. Su primer encuentro con la autoridad ocurrió en octubre de 2024 tras verse involucrado en un enfrentamiento armado en las calles que lo vieron crecer. Fue exhibido en televisión y entonces pasó algo revelador. Su propio padre amenazó con denunciar al periodista que mostró su rostro, alegando que se trataba de un menor de edad, un menor que, según las autoridades, ya comandaba a un grupo armado.
El segundo episodio fue todavía más grave. En noviembre de 2025, Johan y varios de sus acompañantes fueron detenidos por privar de la libertad a una persona dentro de un centro comercial de la capital. Exigían un pago a cambio de su liberación. Además, presuntamente cobraban cuotas a huéspedes y empleados de un hotel bajo amenazas.
Para ese momento, Joan acababa de salir una vez más del sistema de justicia para menores. Salía, reincidía y volvía a salir. La puerta giratoria en su forma más pura. Esa última detención destapó además algo mucho más grande que un solo delito. Tras ser capturado, Johan habría comenzado a hablar y lo que confesó apuntaba directo hacia arriba, hacia los verdaderos jefes.
Según esa versión, él y sus jóvenes operadores no actuaban por cuenta propia. Recibían órdenes desde prisión de un hombre conocido como el Betito, Roberto N. Uno de los líderes históricos de la Unión, Tepito. Las instrucciones, dijo, llegaban a través de un intermediario de toda su confianza. Renat N. Apodado el DASA.
El nombre del Betito no es cualquier cosa. Se trata de una figura central del crimen organizado en la capital. tomó el control de la Unión Tepito tras la caída de los fundadores de la organización entre 2017 y 2018 y se convirtió en el hombre más poderoso de ese mundo. En 2022, un juez lo sentenció a 43 años y 9 meses de prisión por delitos contra la vida.

Y aquí está el detalle que debería indignar a cualquiera. Pese a estar encerrado, el Betito presuntamente seguía dando órdenes desde un penal federal por medio de llamadas telefónicas usando a Eldasa como su voz en las calles, un capo tras las rejas dirigiendo a un grupo de adolescentes a control remoto. Pensemos en lo que eso significa.
La autoridad puede capturar a los soldados fiesta tras fiesta, operativo tras operativo y aún así la cabeza permanece intacta dando instrucciones con un teléfono desde una celda que debería haberlo desconectado del mundo. La pieza intermedia de ese rompecabezas también empezó a moverse. Por esos mismos días, el DASA fue vinculado a Proces Proceso, señalado como uno de los responsables de coordinar a la célula juvenil, pieza por pieza.
La estructura quedaba expuesta, el preso que ordena, el enlace que transmite y los jóvenes que ejecutan y dan la cara. Lo que el caso revelaba era escalofriante, una fábrica de jóvenes delincuentes reclutados desde un barrio, dirigidos desde una celda y desechados cuando dejaban de ser útiles. Un sistema que metía a los muchachos por una puerta y lo soltaba por la otra una y otra vez.
Y mientras las autoridades presumían cifras y aseguraban que estos operativos continuarían, en las calles empezaba a crecer otra cosa muy distinta, el hartazgo de una sociedad cansada de enterrar a sus jóvenes y de perdonar a quienes los mandan. Una indignación que esta vez no parecía dispuesta a quedarse callada.
Hay una imagen que resume la tragedia de la UJ 40 mejor que cualquier estadística. La de un adolescente que cree estar viviendo una película de poder, sin entender que el guion casi siempre termina igual. Lo demuestra el destino de varios de sus integrantes. Uno de ellos, identificado como Donovan N, perdió la vida a finales de 2025, cuando apenas comenzaba su corta trayectoria en ese mundo.
Otros han ido cayendo uno tras otro, detenidos o desaparecidos de un día para otro, porque ese es el verdadero contrato que firman estos muchachos. Una vida acelerada, breve y casi siempre sin final feliz. Y hay una razón fría detrás de que sean precisamente ellos. Los más jóvenes quienes terminan al frente. Para los verdaderos jefes, un adolescente resulta conveniente, es barato, es leal, es fácil de convencer con un arma, una moto y la promesa de pertenecer a algo.
Y sobre todo, si lo detienen siendo menor de edad, las consecuencias suelen ser mucho más leves y temporales. Por eso se les recluta, por eso se les pone al frente. Son piezas reemplazables en un tablero donde quien gana nunca es el que aparece. en los videos. Detrás de todo hay además una disputa tan vieja como absurda.
La célula nació en buena medida para pelear el control de un puñado de calles frente a una facción rival surgida de la misma organización. Cuadras, esquinas, puntos de venta. Por eso se armó a estos muchachos. Por eso se les convirtió en carne de cañón, de una guerra que ni siquiera era suya, sino de hombres mucho mayores que jamás pisaron esas fiestas.
Cuando las imágenes de aquella fiesta volvieron a circular junto con la noticia de las detenciones, la reacción no se hizo esperar. En redes, miles de personas expresaron su rabia, no tanto contra los muchachos, sino contra el sistema que los fabrica y contra los hombres que desde la comodidad de una celda o de la sombra siguen mandando sin pagar las consecuencias.
La gente comenzó a exigir lo que pocas veces llega, que la justicia suba, que alcance a los de arriba y no solo a los reemplazables. Y ahí está el nudo de toda esta historia. Mientras un jefe sentenciado puede seguir operando desde una celda, mientras un joven puede entrar y salir del sistema como si fuera un trámite, el semillero nunca se agota.
Por cada Joan detenido, hay otro adolescente listo para ocupar su lugar, grabándose con un arma, soñando con la fama equivocada. El operativo en aquel motel no derrumbó a la organización, apenas le quitó una pieza que tarde o temprano alguien intentará reponer. Hoy 24 jóvenes enfrentan un proceso que podría mantenerlos lejos de las calles por mucho tiempo, pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta.
Sirve de algo encerrar a los soldados y quienes los reclutan, los arman y los dirigen siguen intactos. ¿Cuántos operativos más? ¿Cuántas fiestas grabadas? ¿Cuántos nombres con hacen falta para que algo cambie de verdad? La verdadera justicia, esa que la gente empieza a exigir en voz alta, no se mide en fotos de detenidos, sino en cuántos de esos muchachos dejan de nacer ya destinados a esto.
Quizá la respuesta más dolorosa sea también la más simple, que mientras una cámara siga siendo más atractiva que un futuro y mientras una celda siga teniendo señal de teléfono, siempre habrá un nuevo grupo de muchachos dispuestos a brindar frente al lente sin saber qué del otro lado de la pantalla. Alguien ya está contando los días que les quedan.