Posted in

ZICO : La Verdad Salió A La Luz

 ZICO : La Verdad Salió A La Luz

La verdad salió a la luz tres veces el mejor jugador del mundo según la FIFA. 89 goles con la selección de Brasil, el cerebro del mejor flameno de la historia y un hombre saliendo del Maracaná escoltado porque 40,000 brasileños querían matarlo. Un penal errado, 82 minutos de un partido y una vida entera destruida.

Lo que nadie te contó es que Siko no falló ese penal por nervios, ni por presión, ni por mala suerte. Siko falló ese penal porque llevaba jugando lesionado durante tres meses. Porque los médicos le dijeron que no jugara, porque su rodilla estaba destruida y porque Brasil lo obligó a jugar de todas formas.

 Su nombre es Arthur Antunes Coimbra, para el mundo entero. El galiño de Quintino, el Pelé Blanco y lo que le hicieron esa tarde del 21 de junio de 1986 en Guadalajara, no fue fútbol, fue un asesinato en cámara lenta. En los próximos 70 minutos vas a conocer cuatro cosas que bota cambian toda la historia. Primera, la verdad sobre ese penal contra Francia, no la versión oficial, la versión médica, los documentos que prueban que Siko no debía estar en esa cancha, los nombres de quienes lo obligaron a jugar sabiendo que estaba

roto. Segunda, ¿por qué rechazó al Barcelona, al Real Madrid y al Juventus cuando era el jugador más cotizado del planeta? El pacto secreto que hizo con Flamengo, la promesa que lo condenó a quedarse en Brasil cuando pudo ser el más grande de Europa. Tercera, la traición del técnico que lo puso a jugar lesionado.

 Las palabras exactas que le dijo Telé Santana antes del partido. El momento donde Siko supo que lo estaban sacrificando. Y la cuarta, ¿por qué nunca se defendió? ¿Por qué aceptó ser el villano? ¿Por qué eligió el silencio cuando todo Brasil lo destruía? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante.

La respuesta a por qué el hombre más talentoso de su generación eligió cargar con una culpa que no era suya. 1953, Río de Janeiro, barrio de Quintino, un suburbio donde las casas eran de ladrillos sin terminar, donde el agua llegaba tres veces por semana, donde los niños jugaban fútbol con pelotas de trapo.

 Allí nació Arthur Antunes Coimbra, el menor de cinco hermanos. Su padre, José Antúes Coimbra, trabajaba en la refinería de manguiños. 12 horas diarias respirando humo, manos negras de grasa, pulmones quemados de químicos. Su madre, Matilde lavaba ropa ajena. Cinco, seis familias, lo que fuera para que comieran. Siko nació pesando 2, 300 g, prematuro, débil.

 Los médicos le dijeron a Matilde, “Este niño no va a sobrevivir.” Sobrevivió, pero creció siendo el más pequeño, el más flaco, el que todos creían que se iba a romper. “Mi hermano parecía un pollo”, confesó su hermano mayor después. “Por eso le pusimos galiño, pollito, porque era puro hueso y ata plumas.” Siko tenía 6 años cuando su padre lo llevó al campo de tierra del barrio.

¿Quieres jugar? Sí. Entonces aprende esto. En el fútbol no importa el tamaño, importa lo que haces con el balón. José le enseñó algo que ningún entrenador le enseñó después. Le enseñó a pensar el fútbol antes de jugarlo. Antes de recibir el balón, ya tienes que saber qué vas a hacer con él. No pienses cuando lo tengas, piensa antes.

Esa lección, esa obsesión por anticipar, por pensar tres jugadas adelante. Esa fue la base de todo lo que vino después. A los 9 años, Siko jugaba en las calles de Quintino contra muchachos de 15, 16 años. Lo pateaban, lo tiraban, lo insultaban, pero no podían quitarle el balón. Era imposible”, dijo uno de esos muchachos 50 años después.

Siko veía cosas que nadie más veía. No sé cómo explicarlo. Era como si jugara un partido diferente al que jugábamos todos. A los 11 años, un ojeador de Flamengo lo vio jugar en un torneo de barrio. ¿Cómo te llamas? Arthur, no, tu apodo. Sico, ¿quieres venir a Flamengo? Siko no respondió. Miró a su padre.

 José asintió. Ve, pero recuerda, el fútbol se juega con la cabeza, no con los pies. Siko llegó a las inferiores de Flamengo en 1964, 11 años, 42 kg. Una bolsa de huesos que no paraba de pensar. Los entrenadores lo miraban con desconfianza. Este niño se va a romper en el primer partido. No se rompió, pero casi.

 A los 13 años, Siko sufrió su primera lesión grave. Una entrada brutal en un partido juvenil. Fractura en el peroné. 6 meses fuera. Los médicos le dijeron, “Tu hueso es muy frágil. Tienes que fortalecerte o no vas a aguantar el fútbol profesional. Siko empezó a entrenar obsesivamente, pesas, abdominales, sentadillas, solo en su casa con barras de hierro que su padre le consiguió de la refinería.

Siko se levantaba a las 5 de la mañana, confesó su madre años después. Entrenaba una hora antes de ir a la escuela. Volvía, iba a Flamengo. Volvía y entrenaba otra hora. antes de dormir. ¿Por qué lo hacía? Porque tenía miedo. Miedo de que su cuerpo no aguantara su cabeza. Grábate eso. Esa obsesión por fortalecer lo que era débil, esa certeza de que su cuerpo era su enemigo.

 Esa obsesión lo llevó a la grandeza y lo destruyó. 1971, Sico tenía 18 años. Debutó en el primer equipo de Flamengo. No fue espectacular. Entró en el segundo tiempo, tocó tres balones, dio un pase que terminó en gol. Pero algo pasó ese día, algo que los periodistas notaron. Ese muchacho piensa diferente, escribió uno.

 No corre como los demás, camina, observa y cuando recibe el balón ya sabe exactamente qué hacer. Segunda temporada, 23 goles. Flamengo campeón estadual. Tercera temporada, 32 goles. El mejor jugador de Brasil. A los 22 años, Siko ya era una leyenda en Río de Janeiro, pero no en el mundo, porque en 1974 pasó lo que lo marcó para siempre.

 Copa del Mundo de Alemania. Brasil, campeón defensor, iba con Pelé retirado, con Jairciño envejeciendo, con una generación de transición. Sico fue convocado. 22 años, su primer mundial, no jugó un solo minuto. El entrenador, Mario Sagallo, lo llevó solo para que aprendiera. Eres muy joven, observa, tu momento va a llegar.

Read More