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RAUL JIMENEZ: El CALVARIO que SOPORTO el GOLEADOR del DEBUT MUNDIALISTA

RAUL JIMENEZ: El CALVARIO que SOPORTO el GOLEADOR del DEBUT MUNDIALISTA

Raúl Jiménez es el héroe del debut mundialista con el TRI. Metió el segundo gol para hacer estallar a los más de 80,000 aficionados que llenaron el Estadio Azteca. Pero lo que pocos saben es que Raúl carga con una historia dolorosa, la historia de un niño que [música] fue rechazado por su físico, de un delantero cuya carrera estuvo a punto de terminar en Inglaterra y de un goleador al que el gol mundialista se le negó y de un hijo que perdió a su padre 3 meses antes de cumplir el sueño que ambos compartían. Esta es la historia de

un hombre que se negó a rendirse justo cuando el mundo entero ya lo había dado por acabado y te aseguramos que lo que estás por conocer te emocionará hasta las lágrimas. Para entender la verdadera dimensión de lo que ocurrió hoy en el Estadio Azteca y porque lo que estás por conocer es una historia de resiliencia pura, primero hay que viajar a un lugar que muy pocos podrían ubicar en un mapa.

Tepeji del Río, Hidalgo. Ahí, un 5 de mayo de 1991, nació un niño que soñaba con el fútbol, pero no como tú lo imaginas, porque el pequeño Raúl no quería meter goles, quería evitarlos. Su ídolo no era un delantero, sino un portero. Jorge Campos, el arquero más extravagante y carismático que ha dado el fútbol mexicano.

 Raúl se ponía los guantes, se vestía de arquero y se lanzaba una y otra vez al suelo, imaginando que detenía penales imposibles. El hombre que años más tarde rompería redes en media Europa empezó irónicamente queriendo cuidar la portería. Su padre fue la pieza clave de todo lo que vendría después. fue él quien lo llevó, siendo apenas un chavito, a una escuela de fútbol de Cruz Azul.

 Nadie podía imaginar entonces que aquel niño terminaría defendiendo durante toda su vida los colores del eterno rival, porque muy pronto el destino lo empujó hacia las fuerzas básicas del América, el club que lo formaría como futbolista y lo marcaría para siempre. Había algo en ese niño que llamaba la atención de los entrenadores y no era precisamente su cuerpo, era su cabeza.

 Desde muy pequeño, Raúl tuvo una sola certeza en la vida, iba a ser futbolista profesional. No contempló jamás otra profesión, ni otro plan, ni otro camino. Pero lo que casi nadie sabe es que esa carrera estuvo a punto de terminar antes, incluso de comenzar. Durante su adolescencia, Raúl sufrió por algo que estaba completamente fuera de su control. Su físico.

 Era más pequeño, más delgado y más frágil que la mayoría de sus compañeros. Su desarrollo llegó tarde y en un mundo donde el cuerpo lo es casi todo, eso lo puso al borde del abismo. Varios entrenadores le advirtieron sin rodeos que si no mejoraba podía ser dado debaja de las inferiores. Estuvo literalmente a una decisión de quedarse fuera para siempre.

Y aquí aparece el primer rasgo que define toda su vida. Cuando recibió esa advertencia, no se hundió, apretó los dientes, recibió una última oportunidad, una sola, y la aprovechó como si en ello se le fuera la existencia. Cuando por fin su cuerpo creció, todo cambió. Empezó a dominar cada categoría juvenil por la que pasaba, acumuló títulos de goleo y se transformó en una de las grandes promesas del club.

 Desde la sub20 ya se hablaba de él como uno de los delanteros más prometedores de toda la cantera. Cuando lo invitaron a entrenar con el primer equipo, no se comportó como un invitado, se comportó como si ya perteneciera. Alfredo Tena, figura histórica del americanismo, fue quien finalmente le abrió la puerta y le dio su debut en primera división en el año 2011.

 Y el escenario no pudo ser más simbólico, [música] el Estadio Azteca, ese mismo Coloso que años después sería testigo del momento más importante de su vida. Su primer gol como profesional llegó frente al Puebla con un disparo de larga distancia que anunciaba que ahí había algo especial y entonces apareció un técnico que vio algo distinto.

 Miguel Herrera decidió modificar su posición para exprimir al máximo sus cualidades, utilizándolo en un rol parecido al que Cristiano Ronaldo desempeñaba por aquellos años en el Real Madrid. Y contra todo pronóstico, Raúl se adueñó de la titularidad. El niño al que quería andar de baja se convirtió en el delantero mexicano titular del América.

Su gran compañero de ese momento, la leyenda Chucho Beníz, lejos de verlo como una amenaza, terminó confiando plenamente en él como compañero de ataque y juntos formaron una de las mejores duplas de aquella época dorada del club. Y aquí es donde su historia dio un giro que lo cambiaría para siempre.

 Herrera lo empujó hacia la selección olímpica y tras destacar en el torneo Esperanzas de Toulón se ganó un boleto a los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Aquella aventura terminó en gloria absoluta. Raúl formó parte de la histórica generación que conquistó la medalla de oro derrotando nada menos que a Brasil en la final en uno de los días más felices que ha vivido el deporte mexicano.

 Poco después fue pieza del América que protagonizó la legendaria remontada ante Cruz Azul en la final del Clausura 2013 y fue el quien ejecutó el primer penal de la tanda que coronó campeón a las Águilas. Su sangre fría otra vez en el momento más caliente, pero su consagración nacional tenía fecha. lugar y forma. Con la camiseta de la selección mayor, en plena lucha [carraspeo] por un boleto al mundial, Raúl conectó una chilena imposible frente a Panamá.

 Fue una jugada para la eternidad, [resoplido] un balón que parecía perdido, una tijera en el aire y la red sacudiéndose en el instante más desesperado de toda una eliminatoria. Aquel gol mantuvo con vida a México rumbo a Brasil 2014 y es recordado hasta el día de hoy como uno de los más importantes y dramáticos en la historia reciente del TRI.

 Europa no tardó en llamar. Antonio Mohamed lo recomendó directamente a Diego Simeone y el Cholo terminó de convencerse cuando lo vio firmar tres goles en un solo partido frente al Puebla. Así, en 2014, Raúl pasó de la Liga MX a enfrentarse al Real Madrid en cuestión de semanas, vistiendo la camiseta del Atlético de Madrid y compartiendo vestidor con monstruos como Antoann Griezman, Fernando Torres y Mario Manduki.

 La competencia era brutal y las oportunidades escasas. marcó apenas un gol en aquella temporada, pero jamás se arrepintió del salto. Aquel choque de realidad, dijo siempre, aceleró su madurez futbolística como ninguna otra cosa lo había hecho antes. Raúl aprendió a sufrir antes de aprender a brillar y esa lección, sin que lo supiera, sería exactamente la que lo salvaría más adelante.

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