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¿Por Qué Platini Nunca Olvidó Esta Noche?

¿Por Qué Platini Nunca Olvidó Esta Noche?

El túnel olía a sudor, a miedo, a gloria. Hugo Sánchez caminaba hacia la luz del estadio cuando sintió una mirada atravesándole la espalda. Se detuvo, giró lentamente y ahí estaba él. Michel Platini, el mejor jugador del mundo, observándolo como quien mira a un insecto. Sus ojos se encontraron.  Platini no dijo nada, no hacía falta. Su expresión lo decía todo.

Desprecio, superioridad, la certeza absoluta de que aquel mexicano no pertenecía a su nivel. Hugo sostuvo la mirada. No pestañeó, no respiró. En ese instante, en la penumbra de aquel túnel del Santiago Bernabéu, comenzó una guerra que nadie vio. Pero Hugo la sintió. La sintió en cada fibra de su cuerpo. 30 de abril de 1986.

Final de la Copa de la UEFA. Real Madrid contra Juventus, el equipo más grande de España contra el campeón de Europa. 90,000 almas esperando en las gradas y dos hombres en un túnel midiéndose en silencio. Platini finalmente habló. Su voz era suave, casi amable, pero sus palabras cortaban como cuchillos.

 Así que tú eres el mexicano del que tanto hablan.  Hugo no respondió inmediatamente. Dejó que el silencio pesara entre ellos. Luego, con una calma que no sentía, contestó, “Y tú eres el francés que esta noche va a perder.” La sonrisa de Platini se congeló. Por un segundo,  solo un segundo, Hugo vio algo en sus ojos.

 No era miedo, era sorpresa. Nadie le hablaba así al tres veces balón de oro.  Nadie se atrevía. Hasta esa noche, los equipos comenzaron a salir. El rugido del Bernabéu sacudió las paredes del túnel. Hugo sintió el suelo vibrar bajo sus pies. Delante de él, Butragueño y Mitel ya caminaban hacia la luz. Detrás la Juventus de Bonek, Cirea y Cabrini se preparaba para la batalla, pero Hugo no podía moverse todavía.

 Necesitaba un momento más, un momento para recordar cómo había llegado hasta aquí. Hacía apenas dos años. Era solo un delantero del Atlético de  Madrid. Talentoso, sí, polémico también. La prensa española lo llamaba arrogante. Los aficionados rivales lo insultaban con palabras que él prefería no recordar y los grandes clubes de Europa lo miraban con la misma expresión que Platini acababa de mostrarle.

 Curiosidad mezclada con desprecio. Pero entonces llegó el Real Madrid y todo cambió. Hugo cerró los ojos por un instante. Recordó su primera conversación con los directivos del club más grande del mundo. Recordó como le dijeron que esperaban de él más que goles.  Esperaban grandeza. Esperaban que llevara al Madrid de vuelta a la cima de Europa.

 ¿Puedes hacerlo?, le preguntó el presidente. Puedo hacer más que eso respondió Hugo sin dudar. Ahora, 2 años después, estaba a punto de demostrarlo. El túnel se vació. Solo quedaban Hugo y un utilero que le hacía señas para que saliera. Pero antes de dar el primer paso hacia el césped, Hugo hizo algo que nadie vio.

 Se llevó la mano al pecho justo sobre el corazón  y susurró una palabra. Papá, su padre, Héctor Sánchez le había enseñado a soñar en grande. Le había dicho cuando Hugo tenía apenas 8 años que algún día sería el mejor de México. Esa noche Hugo iba a demostrar que podía ser el mejor de Europa. Salió al césped, el ruido lo golpeó como una ola.

  90,000 personas gritando, cantando, exigiendo victoria. Las luces del estadio convertían la noche en día. El césped brillaba como una alfombra de esmeraldas. Y en el otro extremo del campo, la Juventus se alineaba con la arrogancia de quien se sabe invencible. Hugo miró a sus compañeros. Butragueño, el buitre, con su rostro sereno de siempre.

 Mitchell con esa energía que contagiaba a todo el equipo. Sanchiz, Camacho, Gallego, guerreros dispuestos a morir por la camiseta blanca y en la banda, el técnico Luis Moloni, con los brazos cruzados y la mirada fija en el rival. Moluni se había acercado a Hugo antes del partido. “Esta noche no te pido goles”, le dijo.

 “Te pido que los vuelvas locos, que no puedan pensar en otra cosa que en ti. Que cada vez que miren hacia delante te vean ahí esperándolos como una pesadilla.” Hugo asintió. “Voy a hacer algo mejor que eso, mister. ¿Qué? Voy a hacer que Platini desee no haber venido a Madrid.” El árbitro llamó a los capitanes. El sorteo de campo, las formalidades que precedían a la guerra.

 Hugo observó todo desde su posición, memorizando cada detalle, la forma en que si crea organizaba la defensa italiana, los movimientos de Bonek  buscando espacios y sobre todo la ubicación de Platini, ese genio francés que dirigía el juego de la Juventus como un director de orquesta. Iba a ser una noche larga, pero Hugo estaba listo.

 El silvato inicial rasgó el aire del Bernabéu y en ese momento, mientras el balón comenzaba a rodar, Hugo Sánchez sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Sintió que estaba exactamente donde debía estar. La Juventus tocó primero, pases cortos, precisos, con la paciencia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

 Platini recibió en el centro del campo,  levantó la cabeza y buscó el desmarque de Bonek. Pero antes de que pudiera dar el pase, una sombra blanca apareció a su lado. Hugo no llegó al balón. No era su intención. Solo quería que Platini  supiera que estaba ahí, que no iba a tener un segundo de paz en toda la noche, que cada vez que tocara el balón sentiría su presencia como una sombra que no podía quitarse de encima.

 Platini lo miró con irritación. Hugo sonríó y así comenzó la batalla. Los primeros 15 minutos fueron un intercambio de  golpes. La Juventus atacaba con la elegancia de un equipo acostumbrado a ganar. El Madrid respondía con la ferocidad de quien juega en casa y no puede permitirse perder. El balón iba y venía, pero ninguna defensa cedía hasta que llegó el minuto 18.

 Hugo recibió un balón en la frontal del  área. Tenía a Esquirea pegado a su espalda, respirándole en el cuello. Cualquier otro delantero habría buscado el pase seguro, pero Hugo no era cualquier otro delantero. Giró sobre sí mismo, dejando a Esquirea clavado en el césped y entonces vio algo que cambiaría el partido.

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