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¿Por qué Aloisio nunca olvidó esta noche contra Hugo Sánchez?

¿Por qué Aloisio nunca olvidó esta noche contra Hugo Sánchez?

Aquella noche en el Santiago Bernabéu, el calendario estaba a punto de cambiar, pero antes de que 1988 se convirtiera en recuerdo, un hombre iba a descubrir algo que llevaba años buscando y para encontrarlo tendría que atravesar un muro de carne y hueso llamado Aloicio. El vestuario del Real Madrid olía alimento y tensión.

 Hugo Sánchez estaba sentado en su rincón habitual con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en algún punto del suelo.  Llevaba así casi 20 minutos sin moverse, sin hablar con nadie. Los demás jugadores entraban y salían. Intercambiaban bromas sobre los planes de Noche Vieja, pero él permanecía en silencio.

  Michel se acercó y se sentó a su lado. Oye, Hugo, ¿estás bien? Parece que estás en otro planeta. Hugo tardó unos segundos en responder.  Cuando lo hizo, su voz sonó más grave de lo normal. “Has leído los periódicos esta semana?” Mitchel soltó una risa corta. Los periódicos nunca los leo antes de un partido.

 Solo escriben tonterías. Dicen que estoy acabado, que a los 30 años ya no puedo ser el mismo. Michel lo miró fijamente. Conocía a Hugo desde hacía años y sabía que detrás de esa fachada de arrogancia había un hombre que cargaba con el peso de todas las expectativas. ¿Y tú qué crees? Hugo levantó la cabeza por primera vez.

 Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y determinación. Creo que esta noche van a tener que tragarse cada palabra. Pero lo que Hugo no sabía era que  el destino le había preparado un obstáculo que nadie esperaba. En el vestuario visitante, a pocos metros de distancia, un hombre de casi 1,90 se vendaba los tobillos con la calma de quien se prepara para una batalla.

 Aloicio había llegado al español desde Brasil con una reputación que lo precedía. Los delanteros que se habían enfrentado a él  hablaban de su marcaje como quien describe una pesadilla. El técnico del español se acercó a él antes de salir al túnel. Aloicio, esta noche tienes una sola misión. El brasileño levantó la vista sin dejar de ajustar sus vendajes.

 Hugo Sánchez,  no le dejes respirar. Donde vaya él, vas tú. Entendido.  Aloicio se puso de pie. Su sombra cubrió al técnico como una nube oscura. Entendido, Mister. Esta noche Hugo no toca el balón. Las palabras sonaban seguras, definitivas, pero el fútbol tiene una manera cruel de burlarse de las promesas.

 Leo Benhacker entró al vestuario del Real Madrid exactamente 25 minutos antes del partido. El técnico holandés tenía el seño fruncido, caminó hasta el centro de la sala y esperó a que todos le prestaran atención.  Escuchen bien, porque solo lo voy a decir una vez. El vestuario quedó en silencio absoluto. Esta noche es el último partido del año.

 Sé que muchos tienen planes para después. Familias esperando, fiestas preparadas. Pero antes de todo eso, hay 90 minutos que jugar. Sus ojos recorrieron la sala hasta detenerse en Hugo. Español va a venir a destruir. Van a poner un autobús delante de la portería y van a esperar el contraataque. Butragueño levantó la mano.

 ¿Cómo los rompemos, Mister Denha Hacker? sonríó levemente, con paciencia, con movimiento y con goles. Volvió a mirar a Hugo. ¿Puedo contar contigo esta noche? Hugo se puso de pie lentamente. Todos los ojos del vestuario se posaron sobre él.  Mister, cuando el reloj marque la medianoche, los únicos que van a celebrar en este estadio seremos nosotros. Be Hacker asintió.

 No necesitaba más palabras. El túnel de vestuarios del Bernabéu era un pasillo estrecho donde los gigantes se encogían y los valientes dudaban. Hugo caminaba hacia la luz del estadio cuando sintió una presencia a su lado. No necesitó girar la cabeza para saber quién era. Aloicio avanzaba con pasos lentos y pesados, como un toro preparándose para investir.

 Cuando llegaron a la altura de la línea de cal, el brasileño habló por primera vez. Hugo Sánchez. Hugo giró la cabeza. Nos conocemos. Aloisio sonríó. Era una sonrisa sin alegría. La sonrisa de un cazador que ha localizado a su presa. Todavía no, pero después de esta noche no vas a olvidar mi nombre. Hugo sostuvo su mirada durante varios segundos.

 Eso espero, porque yo nunca olvido a los que intento superar. Y lo que ocurrió después cambiaría el rumbo de aquella noche para siempre. El Bernabéu rugió cuando los equipos saltaron al césped, 80,000 personas de pie agitando bufandas blancas, creando una marea que parecía capaz de tragarse el mundo entero.  En algunas gradas, los aficionados habían desplegado pancartas deseando feliz año nuevo.

 Hugo respiró profundamente. El aire frío de diciembre le llenó los pulmones. miró hacia las tribunas y vio miles de rostros anónimos, todos esperando algo de él, todos exigiendo que fuera el Hugo Sánchez de siempre. Durante el calentamiento no perdió de vista a Loisio ni un solo segundo. El brasileño estiraba sus piernas enormes con movimientos mecánicos, sin apartar los ojos del mexicano.

 Sanch se acercó a Hugo mientras hacían pases cortos. “Ese tipo no te ha quitado la mirada de encima desde que salimos.” Hugo controló el balón con el pecho y lo devolvió con suavidad. Lo sé. ¿Te preocup? Hugo detuvo el balón bajo la suela y miró a su compañero. Manuel,  en mi vida me han marcado tipos más duros que él.

 He sobrevivido a todos. Sanchiz asintió,  pero había duda en sus ojos. Este es diferente, Hugo. He jugado contra él. No solo es fuerte, es inteligente. Hugo recogió el balón y comenzó a caminar hacia el centro del campo.  Entonces, será una noche interesante. El árbitro llamó a los capitanes.

  Los jugadores tomaron sus posiciones. Hugo se colocó en la punta del ataque. Cuando levantó la vista, vio que Aloicio estaba exactamente donde esperaba encontrarlo, a menos de 2 m  con los brazos ligeramente abiertos. El brasileño habló sin mirarlo directamente.  Listo para correr, mexicano Hugo sonríó.

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