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Pedro Infante: Por ESTO Ninguna de Sus Tres Esposas Pudo Heredar… Todas Murieron Peleando

Pedro Infante: Por ESTO Ninguna de Sus Tres Esposas Pudo Heredar… Todas Murieron Peleando

Es la mañana del 15 de abril de 1957.  Son las 7:45 de la mañana en Mérida, Yucatán. Un avión de carga  despega del aeropuerto con rumbo a la ciudad de México.  Dentro va Pedro Infante, el hombre más querido de todo un país, el que  cantaba Amorcito Corazón y hacía llorar a millones.

El que llenaba las salas de cine como nadie antes  ni después. El que tú viste en tu televisión, en tu sala, con  tu familia, va sentado en el asiento del copiloto, porque además de actor, además de cantante, además de ídolo, Pedro Infante  era piloto aviador. Llevaba una placa de platino en el cráneo desde un accidente anterior.

 Ya había sobrevivido dos veces a la muerte en el aire. Esta vez no va a sobrevivir. El avión  alcanza a 200 m de altura y cae en picada sobre el patio de una casa  donde una mujer llamada Ru Rosel Chan lava ropa junto a su hijo pequeño Baltazar. Los tanques de combustible explotan. El fuego lo consume todo.

 Los tres  tripulantes mueren al instante, la mujer y el niño también. El cuerpo  de Pedro Infante queda tan destruido que solo pueden identificarlo por un brazalete con su nombre y por su dentadura. Tiene  39 años, pero eso no es lo más devastador de esta historia.  Lo más devastador es lo que pasa después.

Porque cuando la noticia llega a la Ciudad de México, no es una mujer la que corre al teléfono a preguntar si es verdad. Son tres. Tres mujeres que amaban al mismo hombre.  Tres mujeres que en muchos casos no sabían que las otras  existían. Y lo que van a vivir en las horas, los meses o los años y las décadas siguientes es una historia  que nadie te ha contado completa hasta hoy.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca  te contaron sobre Pedro Infante. Primero, cómo se casó tres veces siendo ya casado. ¿Quién en la industria  del cine mexicano lo ayudó a que ninguna de sus mujeres se enterara de las otras? Y qué papel jugó su representante  Antonio Matuc, en que ninguna propiedad estuviera jamás a nombre  de ellas.

Segundo, lo que María Luisa León descubrió el día que Pedro murió, cuando llegó a reclamar el cuerpo, y se encontró con que otra mujer ya estaba ahí llorando  sobre una caja de lámina soldada que contenía lo que quedaba del hombre que las dos llamaban  esposo. Tercero, la batalla legal que enfrentó a tres familias durante décadas por la herencia del ídolo más grande de México o los hijos que no sabían que tenían hermanos, la hija adoptiva  que terminó muerta en un accidente estando embarazada y el hijo que se

quitó la vida con 12 puñaladas.  Y cuarto, las teorías que nunca se apagaron  sobre lo que realmente pasó en ese avión. El hombre que apareció décadas después diciendo que él era Pedro infante. Y  por qué la familia se negó siempre a hacer una prueba de ADN que hubiera cerrado el caso para siempre.

Te voy a avisar cuando llegue  cada una, pero para entender cómo fue posible que un solo hombre mantuviera tres vidas paralelas  delante de todo un país sin que nadie dijera nada. Necesitas  conocer el mundo que construyó a Pedro Infante. Porque  esta historia no empieza el día que el avión se estrelló en Mérida, empieza mucho antes y empieza  con algo que tú probablemente viste en tu  propia televisión.

Todas lo amaron, ninguna lo tuvo. Esa frase va a acompañarnos durante toda  esta historia. Y cada vez que la escuches va a significar algo diferente.  Para entender a Pedro Infante hay que entender primero el México de los años 40, un país que estaba saliendo de la revolución, que se estaba industrializando a toda velocidad, que necesitaba héroes nuevos y los encontró  en el cine.

 La pantalla grande era la televisión de esa época. Era el lugar donde el país se veía a sí mismo, donde se construían los mitos,  donde nacían los ídolos que después acompañarían a generaciones enteras. Eran los años de la época de oro  del cine mexicano. Los estudios Churubusco y los estudios azteca producían películas a un ritmo que hoy parece  imposible.

Y en el centro de esa maquinaria había un sistema que funcionaba con reglas muy  claras, a reglas que nadie cuestionaba porque el negocio era demasiado grande y demasiado rentable. Los actores no eran artistas  independientes, eran propiedad de los estudios, firmaban contratos de exclusividad  que los ataban durante años.

 No podían elegir sus películas. No podían negociar sus sueldos, no podían trabajar con otros productores sin permiso y, sobre todo, no podían tener escándalos que arruinaran la imagen que la industria había construido para ellos. El ídolo mexicano tenía que ser macho, mujeriego, pero no demasiado. Generoso, pero no derrochador, del pueblo, pero con clase.

 Y si algo de su vida real no encajaba  con esa imagen, la industria se encargaba de que nadie se enterara. Los productores hablaban con los directores de las revistas.  Los directores de las revistas hablaban con los periodistas y los periodistas callaban. Así funcionaba. Así funciona todavía en muchos lugares, pero en los años 40 era ley.

  Pedro Infante Cruz nació el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa. Hijo de Delfino Infante García.  y refugio cruzar. Creció pobre. Aprendió carpintería y peluquería para ganarse la vida,  pero lo que quería era cantar. Se presentaba en orquestas locales, cantaba en la radiodifusora X  EBL de Culiacán, hacía lo que fuera para que alguien lo escuchara y alguien lo escuchó.

Pero ese alguien no fue un productor  ni un cazatalentos, fue una mujer. Se llamaba María Luisa León Rosas. Era sinaloense como él,  pero le llevaba entre 8 y 10 años. Lo vio cantar en una estación de radio de Culiacán y quedó encantada con su talento. Lo buscó. Se conocieron en el casino  atlético Umaya, monond Pedro daba una presentación con una orquesta.

Y desde ese  momento María Luisa se convirtió en la persona que más creyó en él. Fue ella la que lo convenció de mudarse a la ciudad de México. Fue ella la que lo apoyó económicamente  mientras él buscaba oportunidades. Fue  ella la que insistió en que tenía madera para triunfar cuando nadie más lo veía.

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