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MARIA FELIX: ASI fue su IMPACTANTE vida y sus Últimos días En su MANSIÓN

MARIA FELIX: ASI fue su IMPACTANTE vida y sus Últimos días En su MANSIÓN

En la ciudad de México existió una mansión que no tenía equivalente en todo el país. No era simplemente una casa lujosa, era una declaración de principios, una obra de arte habitable que su dueña describía con una frase que lo resume todo. Ella decía que era su casa, pero cuando lo decía no estaba hablando de ladrillos ni de metros cuadrados.

 Estaba diciendo que esa casa y ella eran lo mismo, que si entrabas a esos cuartos y los mirabas con atención, estabas viéndola a ella. Tenía 400 m² construidos en una sola planta de techos altísimos. Las paredes de la sala principal estaban dominadas por una pintura monumental de Diego Rivera. Los muebles eran piezas únicas diseñadas por artistas reconocidos.

 Los encajes valencianos cubrían algunos de los muebles más delicados. Y en el baño principal había algo que ninguna otra persona en México podía tener.  Una tina de baño hecha completamente de plata, fabricada por encargo especial. Un objeto tan extraordinario que décadas después, cuando los bienes de la casa fueron subastados en 2007 por la casa Cristis de Nueva York, esa tina fue uno de los lotes que generó más expectativa entre los compradores de todo el mundo.

Esa casa la construyó su cuarto esposo, el banquero francés Alexander Berger, en  1956, como el palacio que la mujer que amaba merecía. Y en esa casa vivió María Félix los últimos años de su vida sola con sus recuerdos. con sus cuatro Arieles y su diosa de plata guardados en algún instante, con los retratos de su hijo Enrique mirándola desde las paredes, con su colección de arte que valdría millones de dólares, y con su asistente Luis Martínez de Anda, el hombre que estuvo a su lado durante la última

década de su vida y que sería el heredero más sorprendente y más polémico de toda la historia del cine mexicano.  El 8 de abril de 2002, día de su cumpleaños número 88, las llamadas de celebridades y admiradores comenzaron a llegar temprano a esa casa de Polanco. Querían saludarla, regalarle algo, dedicarle canciones.

 Sus asistentes intentaron comunicarla, pero María no respondía. “Sigue dormida”, decían. Era extraño porque la doña se despertaba siempre antes de las 8 de la mañana. A las 10 decidieron revisar y entonces descubrieron lo que había ocurrido horas antes, aproximadamente a la 1 de la madrugada. María Félix había muerto mientras dormía de una insuficiencia cardíaca, sin dolor, sin drama, sola en su cama, en la casa que era ella misma.

La mujer que había nacido el 8 de abril de 1914 murió el 8 de abril de 2002,  el mismo día, 88 años exactos. Como si el universo hubiera decidido que su historia debía tener la simetría perfecta que ella siempre exigió en todo lo demás. Pero antes de hablar de esa muerte y de lo que vino después, antes de hablar del escándalo de la herencia que dividió a su familia, de la exumación de su cuerpo 4 meses después de enterrarla, de la subasta de 7.

3 3 millones de dólares que dispersó sus tesoros por el mundo. Necesitamos hacer algo que es absolutamente esencial. Necesitamos conocer la historia completa de esta mujer. Porque María Félix no fue simplemente la actriz más bella del cine mexicano. Fue algo mucho más difícil de definir y mucho más difícil de olvidar.

Fue la prueba viviente de que una mujer puede inventarse a sí misma completamente. Puede rechazar todos los límites que el mundo le impone. Puede ser más poderosa que los hombres más poderosos de su época y puede hacerlo sin disculparse nunca por nada de lo que es. Esta es su historia. María de los Ángeles Félix Guerenga, nació el 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, una ciudad del noroeste de México con arquitectura colonial, calles empedradas y una historia de plata y vaqueros que le daba al lugar una personalidad muy

particular. Su padre era Bernardo Félix Flores, militar y político descendiente de los indios jaquis de Sonora. Dale heredó las facciones rectas, los pómulos altos, esa estructura ósea extraordinaria que haría que los fotógrafos más grandes del mundo pasaran décadas intentando capturar en imagen algo que ningún encuadre terminaba de agotar completamente.

 Su madre era Josefina Guereña Rosas de Ascendencia Vasca. De ella heredó el carácter, la terquedad elegante, la capacidad de ocupar cualquier espacio con una autoridad que no pedía permiso para  existir. Era la novena de 12 hijos. 12. Una familia numerosa, incluso para los estándares de la época. Y en esa familia de 12 hermanos, María se distinguía desde pequeña por algo que sus familiares notaron siempre, pero que nunca supieron exactamente cómo interpretar.

 No le gustaban las actividades que se esperaban de una niña. Prefería los caballos a las muñecas. prefería correr a coser. Era una amazona natural que aprendió a montar desde muy pequeña y que décadas después, cuando vivió en Francia, convertiría su cuadra María Félix en la caballería más importante del país Galo, ganando derbis en Francia e Inglaterra con una naturalidad que desconcertaba a los creadores europeos de toda la vida.

La infancia transcurrió en Álamos primero y después la familia se mudó a Guadalajara, la ciudad de los Altos de Jalisco, la Joya Tapatía, donde María pasó su adolescencia. Era en Guadalajara, donde la belleza de María comenzó a ser imposible de ignorar. No era simplemente atractiva, era de ese tipo de belleza que interrumpe conversaciones,  que hace que la gente voltee en la calle, que provoca esa sensación incómoda de estar viendo algo que no debería existir porque parece demasiado perfecto para ser real.

A los 14 años fue coronada reina de la Universidad de Guadalajara, no porque lo hubiera buscado especialmente, simplemente porque era inevitable. En 1931, con 17 años, María contrajó matrimonio con Enrique Álvarez a la Torre. Lo había conocido en una fiesta de disfraces. Era agente viajero de Max Factor, apuesto con la seguridad de un hombre que sabía moverse en el mundo social de Guadalajara.

 Se casaron con la misma rapidez con que se casan las personas de 17 años cuando el enamoramiento les parece razón suficiente para comprometerse de por vida. El 5 de abril de 1934 nació el único hijo de María. Se llamó Enrique Álvarez Félix. Y desde el primer momento que María lo vio, supo dos cosas con absoluta certeza.

 Primera, que ese niño sería el amor más grande de su vida. Segunda, que el matrimonio con su padre no sobreviviría mucho tiempo más. El divorcio llegó en 1938 y con el divorcio llegó el primer gran golpe de la vida de María Félix. Enrique Álvarez a la Torre aprovechó un momento en que María no estaba en Guadalajara. Fue a la ciudad de México donde ella vivía con su hijo, tomó al niño y se lo llevó.

 Así, sin aviso, sin permiso, sin negociación, se llevó a Enrique de vuelta a Guadalajara, negándose a devolvérselo. María tenía 24 años. Estaba sola. Estaba en una ciudad que no era la suya. No tenía dinero significativo, no tenía contactos poderosos, no tenía nada de lo que haría falta para enfrentarse a un hombre que había tomado a su hijo y que contaba con la ventaja que la ley de la época otorgaba automáticamente a los padres en disputas de custodia.

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