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Luis Donaldo Colosio: La Verdad Detrás De Su Asesinato Y Lo Que Ocurrió En 1994

Luis Donaldo Colosio: La Verdad Detrás De Su Asesinato Y Lo Que Ocurrió En 1994

Son las 5:15 de la tarde del 23 de marzo de 1994. Lomas Taurinas, Tijuana. Un barrio popular polvoriento, de casas de colores apretadas en una colina. Miles de personas esperan desde hace horas bajo el sol de la frontera. Vienen a ver al hombre que casi con certeza será el próximo presidente de México.

 El hombre que muchos de ellos creen que va a cambiar todo. El hombre  que alguien ya decidió que no puede llegar. Y recuerda suscribirte si te interesan las historias de famosos,  figuras de la farándula, líderes y personajes que marcaron época junto con los secretos. polémicas y misterios que muchas veces quedaron fuera de la historia oficial.

Luis Donaldo Colosio avanza entre la multitud. No hay una separación clara entre él y la gente. Ese era su estilo, cercano, accesible, sin la frialdad protocolaria de otros políticos. La gente lo toca, lo abraza, le  grita su nombre. Él sonríe y avanza. Atrás de él, mezclado entre los cuerpos apretados, hay alguien que lo sigue con una intención que nadie a su alrededor puede imaginar todavía.

  A las 5:17 de la tarde suena un disparo, luego otro. Colosio cae, el caos estalla en segundos, gritos, empujones, personas que corren sin saber hacia dónde. Personas que lloran sin saber todavía por qué. Los escoltas intentan abrir paso. Alguien grita que llamen a una ambulancia y en medio de ese caos en el piso de tierra de Lomas Taurinas, el candidato presidencial más importante de México en décadas está muriendo.

 Lo trasladaron al Hospital General de Tijuana. Los médicos trabajaron durante horas. A las 10:15 de la noche del 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio Murrieta fue declarado muerto. Tenía 43 años, una esposa, dos hijos pequeños  y una agenda política que ciertos poderes muy específicos dentro del sistema que él mismo representaba no estaban dispuestos a dejar que se cumpliera.

 Esa agenda es la clave de todo y entenderla requiere entender primero quién era este hombre y en qué mundo político se estaba moviendo  en los meses previos a esa tarde en Tijuana. Porque hay algo que los análisis del caso Colosio repiten siempre y que en realidad nunca se ha contado bien.

 La pregunta no es, ¿quién jaló el gatillo? Esa parte tiene nombre y apellido desde hace 30 años. La pregunta es, ¿quién dio la orden? Y para responder esa pregunta hay que ir a los meses previos al disparo.  Hay que ir a las conversaciones que ocurrieron en los lugares donde se toman las decisiones reales en México.

 Hay que entender  qué había dicho Colosio que lo convirtió en un problema que alguien decidió resolver de la peor manera posible. Pero antes de llegar ahí, hay que conocer al hombre, al político que México creyó conocer, pero que en los últimos meses de su vida se estaba  convirtiendo en alguien diferente, más independiente, más  honesto, más peligroso para el sistema que lo había creado.

 un hombre que había pasado toda su carrera dentro de la maquinaria más poderosa de México y  que en un momento dado decidió que ya no podía seguir siendo parte de esa maquinaria sin decir lo que pensaba. Esa decisión le costó la  vida y lo que dijo exactamente y ante quién lo dijo es lo que viene a continuación.

 Pero hay algo que ocurrió 17 días antes del disparo que casi nadie analiza con la profundidad que merece. un evento público grabado en video que cualquiera puede ver hoy en internet y que, sin embargo, sigue siendo el elemento más ignorado de toda la historia de Colosio. Porque lo que Colosio dijo ese día parado frente a miles de personas, no fue un discurso político ordinario, fue una declaración de guerra contra el sistema que lo había puesto donde estaba.

 Y alguien que escuchó ese discurso tomó una decisión que cambió la historia de México para siempre. Luis Donaldo Colosio Murrieta nació el 10 de febrero de 1950 Mos 50 en Magdalena de Quino, Sonora, un pueblo norteño, trabajador, sin pretensiones. Su padre era un hombre de campo que le inculcó algo que no se aprende en las universidades, el respeto por la gente común,  por la vida sin comodidades, por el esfuerzo que no tiene recompensa inmediata.

 Esa formación tan diferente a la de la mayoría de los políticos mexicanos de su generación se notaría en todo lo que hizo después, para bien y para mal. Estudió economía en el Tecnológico de Monterrey y luego hizo un posgrado en la Universidad de Pennsylvania en Estados Unidos. Esa combinación, el origen humilde más la formación académica de primer nivel lo ponía en una posición interesante dentro del PRI de los años 80.

 era suficientemente sofisticado para moverse en los círculos tecnocráticos que Carlos  Salinas de Gortari estaba construyendo y era suficientemente auténtico para conectar con la gente de a pie que el partido necesitaba para ganar elecciones. Esa dualidad era su activo más poderoso y también con el tiempo su mayor amenaza para quienes lo rodeaban.

 Su ascenso dentro del PRI fue rápido, pero no improvisado. Diputado federal, senador, presidente del partido. Cada cargo lo ejerció con una seriedad que sus colegas reconocían, aunque no siempre les resultara cómoda, porque Colosio tenía  una costumbre que en el PRI de esa época no era exactamente bienvenida. Decía  lo que pensaba.

 No siempre, no en todo, no sin calcular las consecuencias. Pero tenía una línea que no cruzaba y que era visible para quienes lo conocían bien. No mentía sobre las cosas que consideraba fundamentales. En la cultura política mexicana de ese momento, eso era casi una anomalía. Su relación con Carlos Salinas de Gortari era la de dos hombres que se necesitaban mutuamente, pero que eran fundamentalmente diferentes.

 Salinas era el político de gabinete, el estratega frío, el que veía el poder como un juego de ajedrez, donde las piezas no tienen sentimientos. Colosio era más humano, más intuitivo, más  conectado con la realidad concreta de la gente que vivía fuera de Los Pinos y de las oficinas del poder. Salinas lo necesitaba porque Colosio tenía algo que él nunca tendría.

Legitimidad popular genuina. Colosio necesitaba a Salinas porque en el México de 1993 era imposible llegar a la candidatura presidencial sin el apoyo del presidente en turno. Era una alianza funcional construida sobre una diferencia de fondo que ambos sabían que existía, pero que ninguno nombraba directamente.

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