Velocidad, regate, definición, lo tenía todo. Simultáneamente, durante esa Copa América se oficializó su traspaso al sahtar Donetsk de Ucrania 20,0000 de euros. [resoplido] El mexicano más caro de la historia de ese momento. Dos noticias enormes en el mismo mes. Todo apuntaba al cielo. Lo que Neri Castillo contó años después sobre ese traspaso estremece.
Al terminar la Copa América, volvió a Grecia a descansar. Estaba en su mejor momento. Su esposa estaba embarazada. Amaba el Olimpiacos. No quería moverse de ahí. No le interesaba el dinero que pudiera ofrecerle otro club. Cuando bajó del avión en el aeropuerto de Atenas, había un ucraniano esperándolo. Era representante del Shtar.
Le dijo que el club había negociado con el Olimpiacos, que todo estaba arreglado, que solo faltaba su firma. Neri lo rechazó en el aeropuerto mismo y se fue de vacaciones a Santorini. El ucraniano lo siguió hasta Santorini en avión privado. El propio Neri lo contó con precisión en entrevista con el portal griego Fosonline.
Voy a Santorini, entro al hotel. Después de un rato me llaman que él es gerente y que quiere hablar conmigo con urgencia. Había venido a Santorini en un avión privado. El presidente del Shtar, Rinat Ahmetov, uno de los hombres más ricos de Ucrania, estaba dispuesto a pagar lo que fuera. Incluso le ofreció a Castillo una hoja en blanco para que el mismo escribiera la cifra que quería.
Pero el problema no era el dinero, el problema era el Olimpiacos. Lo que la directiva del club griego hizo en ese momento fue la traición que Neri nunca olvidó. Olimpiacos nunca había ganado tanto dinero de una venta de un jugador, nunca. Y definitivamente querían venderme. Fui presionado para firmar. Solo yo, el presidente Petros, el gerente Ivik y mi padre sabemos qué presión recibí.
Los propios directivos del club que lo había adoptado y al que amaba lo empujaron hacia la salida porque los 20 millones de euros eran una cifra que el Olimpiacos no podía rechazar. El negocio era el negocio. Y Neri Castillo, sin quererlo, sin buscarlo, firmó para el sactar Donetsk. Llegó a Ucrania en agosto de 2007. El idioma era otro, el clima era otro.
La ciudad de Donetsk, en el este del país, tiene veranos que no superan los 16ºC. Para un hombre criado en Montevideo y formado en México, ese frío no era solo climático. Desde el principio todo fue mal. El técnico del sactar en ese momento era el romano Mirce Alucces, un entrenador de carácter duro y esquemas muy definidos.
Castillo no encajaba en su idea de juego. En ocho partidos oficiales marcó un solo gol. El presidente había pagado 20 millones de euros por un jugador que no acumulaba ni minutos. Había otro factor que los medios tardaron en comprender. Neri no había querido llegar al Sahtar, lo habían presionado para firmar. Llegó a Ucrania con resentimiento, con nostalgia del Olimpiacos, con una herida que no cicatrizaba.
Y en el fútbol, cuando uno llega sin querer estar, eso se nota en cada entrenamiento, en cada partido, en cada gesto dentro del campo. El vestuario del sactar era un mundo ajeno, el idioma ruso o ucraniano, las costumbres distintas, la mentalidad de un club de Europa del Este que competía para ganar títulos, no para darle tiempo a un jugador mexicano a que encontrara su lugar.
[resoplido] Castillo empezó a pensar en la salida desde el primer mes y tomó la decisión más extraña y más humana de su carrera. Mi error fue pensar que si no jugaba bien allí, volvería más fácilmente. Se saboteó a sí mismo. Entrenaba mal a propósito. Rendía por debajo de sus capacidades deliberadamente. Pensó que si el Shtar veía que no funcionaba, lo devolvería al Olimpiacos, que todo volvería a ser como antes.
Pero el fútbol no funciona así. Y el Shtar, en vez de devolverlo a Grecia, lo cedió al Manchester City. Los padres enfermos, lo que nadie supo. Mientras Neri Castillo lidiaba con el fracaso deportivo en Ucrania, algo mucho más serio estaba pasando en su familia. Sus dos padres, Neri Alberto Castillo Farías y Miriam Confalonieri, habían sido diagnosticados con cáncer los dos.
Al mismo tiempo, en 11 meses, Neri Castillo perdería a las dos personas más importantes de su vida. Lo que ocurrió el 8 de enero de 2009 es uno de los momentos más dolorosos que cualquier ser humano puede imaginar dentro o fuera del fútbol. Neri estaba en Grecia disfrutando de un descanso del campeonato con el Shtar.
Su padre lo llamó desde Uruguay para decirle que su madre había caído en coma. El mismo día, Neri tomó un avión y voló a Uruguay. Estuvo con ella, pero llegó el 7 de enero. La fecha límite para reportarse al STAR en pretemporada. Le llamó al entrenador Lucu, le explicó la situación, le pidió que lo dejara quedarse unos días más en Uruguay, al lado de su madre moribunda.
Lucescu dijo que no. El propio Neri lo contó textualmente. Mi padre me dice, “Vete, nada cambia, está en coma. Voy a Grecia a empacar mis cosas y desde ahí voy a Ucrania. Abrumado por los muchos viajes, voy a entrenar.” Suena el teléfono y mi padre me dice que murió. Su madre murió el 8 de enero de 2009. Neri estaba entrenando en Donetsk cuando se enteró.
Fue directamente con Luccu. Le pidió permiso para viajar a Uruguay, al funeral de su propia madre. El entrenador volvió a decir que no. Estas son cosas que la gente no sabe. No vi morir a mi madre. Ni siquiera fui al funeral. 11 meses después, el 20 de diciembre de 2009, su padre murió también.
Cáncer en Atenas, donde los Castillo habían vivido juntos los mejores años en 11 meses. Los dos, los dos de cáncer, los dos sin que Neri pudiera despedirse como quería. Cuando le preguntaron cómo se sintió tras la muerte de su padre, respondió con la frase más desgarradora de toda su historia: “Al faltar mi padre, prácticamente perdí todo.
” Lo que vino después fue un hombre en caída libre con el exterior de un futbolista profesional y el interior de alguien que ya no tenía razones para seguir esforzándose. Él mismo lo describió con una honestidad brutal. Imagínate que se mueran tus dos padres en 11 meses, los dos de cáncer. La pasaba mal.
Si la pasas mal, pero si tienes algo positivo, lo puedes llevar. Pero ahí tenía todo negativo. Eso me fue ganando en el día a día, de no tener ganas, de querer irme, de llorar, de estar triste todos los días, de ir a entrenar, volver y pasármela llorando. La prensa mexicana, que no sabía nada de todo esto, lo veía desde afuera.
veía a un jugador que no rendía, que llegaba cedido de un club a otro, [música] que no justificaba los 20 millones que había costado y lo juzgaba con la dureza que solo aplica quien no sabe lo que está mirando. El punto de quiebre con los medios mexicanos llegó en marzo de 2009 en una concentración de la selección mexicana.
Un periodista le preguntó por su bajo rendimiento en los clubes. Se dijo también que había llegado en mal estado a esa concentración. Neri, que cargaba el dolor de la muerte de su madre apenas semanas antes, explotó. Le respondió al reportero, “¿Sabes cuál es la diferencia? Yo estoy en Europa y tú en México y siempre te vas a quedar ahí.
” La frase fue un disparo a los pies. México la tomó como soberbia pura, como arrogancia de un jugador que se creía más que los demás. El mote de conflictivo, de difícil, de problemático, quedó pegado a su nombre para siempre. Nadie preguntó que había detrás de ese ex abrupto. Nadie sabía que un mes antes había enterrado a su madre o que se estaba despidiendo de su padre poco a poco.
El fútbol mexicano lo catalogó como soberbio y dejó de mirarlo. La caída definitiva. Después del sahtar vino el Manchester City. Cedido en préstamo en diciembre de 2007, llegó a uno de los clubes más grandes de Inglaterra en un momento en que el club aún no era el gigante que es hoy. Tampoco ahí encontró su lugar. Poca participación, resultados discretos, ningún gol que lo rescatara de la invisibilidad.
Lo que muchos no saben es que mientras Castillo intentaba sobrevivir en Manchester, sus padres ya estaban enfermos en Atenas. El cáncer avanzaba en los dos cuerpos que más quería en el mundo y él entrenaba en Inglaterra sin poder estar al lado de ellos, sin poder hacer nada más que llamar por teléfono y escuchar voces que cada vez sonaban más cansadas.
En enero de 2009 regresó al Shtar. Ese mismo año fue cedido al Niprodnipropetrovsk. Mínima actividad, mínimo impacto. Un jugador que iba de equipo [música] en equipo como un barco sin ancla buscando un puerto que ya no existía. En 2010, el Chicago Fire de la MLS lo contrató. Era el mismo año en que México disputó el Mundial de Sudáfrica 2010 y Castillo ni siquiera fue considerado para esa lista.
La relación con el tricolor después del incidente con el periodista estaba rota para siempre. El último partido que jugó con la selección mexicana había sido en septiembre de 2009, Chicago. Una ciudad nueva, un fútbol diferente, un jugador que entrenaba con los restos de lo que había sido. Tampoco funcionó.
Hubo un intento de regreso a Grecia en 2011 con el Ariz Salónica. Fue ahí, dice él, donde empezó a recuperar algo de entereza. El sol griego, el idioma que ya dominaba, la cultura que había hecho suya, empezaron a devolverle algo que Ucrania le había quitado. Eran apenas rescoldos de lo que había sido, pero eran algo.
En 2012 vino a México, primero al Pachuca, en el apertura de ese año. Parecía la segunda oportunidad, el regreso al fútbol mexicano, pero el castillo de 2012 tenía 28 años y el peso de 5 años de travesía encima. El paso fue efímero, ni minutos importantes ni goles que lo relanzaran. En diciembre de ese año se marchó a León para el Clausura 2013, el León de Matosas, bicampeón en construcción.
Tampoco ahí dejó ella. Era como si el fútbol mexicano, que lo había coronado rey en 2007, ya no supiera qué hacer con él. Y entonces llegó el último capítulo, el Rayo Vallecano de España, en 2013. El Rayo Vallecano fue su último club. En 2014, con 30 años, Neri Castillo dejó el fútbol profesional, sin rueda de prensa, sin comunicado oficial, sin el partido de homenaje que los ídolos reciben al final de sus carreras.
Simplemente dejó de jugar. No hubo ni siquiera un retiro formal declarado. En 2017, cuando alguien preguntó por él, ya estaba en Atenas. Había abierto Neris Fishing, [música] una tienda de artículos de pesca deportiva en un suburbio al sur de la ciudad. Esa fue la forma en que México se enteró de que Neri Castillo había encontrado otro mundo.
Su presente. Neri Castillo tiene 42 años. Vive en Grecia. Se levanta por las mañanas sin pensar en qué técnico va a contar con él ni en qué torneo va a jugar. Pesca, atiende su tienda, publica ocasionalmente en redes sociales fotos del mar, de sus capturas, de la vida tranquila que en el fútbol nunca encontró.
Tiene 55,000 seguidores en Instagram. En su descripción de perfil pone con orgullo los títulos que ganó, exfutbolista, seis veces campeón de Grecia, dos copas griegas, una Copa UEFA, un campeón de Ucrania, subcampeón Copa Oro México, tercer lugar Copa América México. Los pone en orden, los recuerda, no los borra porque esa carrera, con todo lo que costó fue real.
Cuando alguien le pregunta si es feliz, dice que sí. que no extraña la fama. Estoy completamente feliz. No extraño la fama. Y quizás eso es verdad. Quizás Grecia, el único lugar que lo adoptó sin exigirle nada que no pudiera dar, es donde Neri Castillo finalmente encontró algo parecido a la paz.
Los restos de sus padres están incinerados en Atenas. Él los acompaña todos los días, a su manera, desde ese suburbio al sur de la ciudad. En 2017 intentó primero abrir una tienda de pesca en México. No funcionó. Volvió a Grecia y ahí, donde todo había comenzado para él a los 16 años decidió quedarse para siempre. La pregunta que nadie puede evitar hacerse es la más incómoda de todas.

¿Qué habría sido de Nery Castillo si sus padres no hubieran enfermado al mismo tiempo? Si el Olimpiacos no lo hubiera presionado para firmar con el sactar, si Mirce Lucescu le hubiera dado permiso para despedirse de su madre, si los medios mexicanos hubieran sabido lo que estaba viviendo antes de juzgarlo, la respuesta no existe.
El fútbol no tiene modo de rebobinar, pero el talento que mostró en la Copa América de Venezuela 2007 era tan real, tan evidente y tan superior al promedio que la magnitud de lo que se perdió duele todavía. No solo para México, para el fútbol en general, el temperamento que lo marcó, la soberbia que nadie explicó.
El legado público de Neri Castillo en México está manchado por la frase del periodista, por el mote de conflictivo que se ganó en las concentraciones del tri, por la imagen de un jugador que no quería estar, que no se esforzaba, que se creía demasiado. Y hay algo de verdad en eso. El propio Castillo lo acepta.
Claro que acepto que no rendí, que no jugué, eso es obvio, lo tengo muy claro. Su temperamento fue un problema real. Tuvo enfrentamientos con entrenadores. Se dice que tuvo un altercado con Jaret Borgetti [música] en una concentración del tri. Era reservado, distante, poco dispuesto a mostrar lo que sentía. En un mundo donde la imagen del futbolista es parte del producto, Castillo nunca jugó ese juego.
Y la prensa mexicana, que no entiende el silencio como respuesta, interpretó esa distancia como desprecio, como soberbia, como el síntoma de un jugador que se creía más que los demás. La narrativa se construyó rápido y se solidificó más rápido todavía. Neri Castillo era un problema de actitud. [música] Esa narrativa lo persiguió durante años.
En cada club al que llegaba en México, la sombra llegaba antes que él. Cuando firmó con el Pachuca en 2012, muchos ya esperaban que no funcionara. Y cuando no funcionó, nadie se preguntó por qué. Pero el temperamento de Nery Castillo no se puede leer sin contexto. No se puede separar de un hombre que fue arrancado de su hogar por dinero, que llegó a una ciudad fría y oscura donde el entrenador no lo quería, que perdió a sus dos padres en 11 meses mientras entrenaba a miles de kilómetros y que tuvo que aguantar solo todo ese peso porque el
fútbol no tiene protocolos para ese tipo de dolor. Él mismo lo reconoció con una lucidez que duele. No me gusta salir en cámara muy seguido. No me gusta hablar porque soy tímido y no puedo salir todos los días a decirle a la gente, ¿saben qué? No juego por esto. Era tímido, no arrogante. Era un hombre que no sabía cómo mostrar el dolor sin perder la dignidad.
Y el fútbol, que no tiene paciencia para los tímidos ni para los que lloran en silencio, lo descartó sin entenderlo. Un jugador arrogante no llora en el vestuario después de entrenar. Un jugador arrogante no confiesa que se saboteó a sí mismo para intentar volver al club que amaba. La historia de Neri Castillo en el fútbol mexicano no tiene un final limpio.
No hay un retiro celebrado. No hay una despedida en el Azteca. No hay un partido de homenaje donde la afición cante su nombre. Solo hay un antes y un después, separados por dos muertes. Una frase en una conferencia de prensa y el silencio de un hombre que decidió que el mundo del fútbol le había dado suficiente.
Antes el jugador que le metió un gol a Brasil en una Copa América, el mexicano más caro de la historia, el delantero que iba a cambiar el fútbol mexicano para siempre. Después, una tienda de pesca en Atenas, Grecia, 42 años. Silencio. Lo que hace más inquietante esta historia no es solo lo que Castillo perdió, es todo lo que el fútbol no supo ver a tiempo.
Los medios mexicanos que lo catalogaron de soberbio sin saber que acababa de perder a su madre. Los aficionados que lo exigían en la selección sin saber que estaba entrenando en llanto. Los periodistas que le preguntaron por qué no rendía sin saber que cargaba un duelo que habría roto a cualquier persona. [música] El entrenador Lucc, por su parte, desmintió públicamente la versión de Neri sobre el funeral.
dijo que él nunca le habría negado ese permiso, que la familia siempre está por encima de todo. Dos versiones opuestas, ninguna con testigos, solo dos hombres que recuerdan la misma historia de maneras completamente distintas. Y en ese espacio de duda, Neri Castillo quedó atrapado, ni completamente absuelto ni definitivamente condenado.
El fútbol tiene esa crueldad. Exige resultados al jugador sin preguntarle qué está viviendo el hombre que hay dentro de él. Pide goles a alguien que llora en el vestuario. Pide concentración a alguien que acaba de enterarse de que su madre entró en coma. Pide nivel a alguien que viaja de un país a otro cargando un duelo que no ha podido llorar bien.
Nadie habló de eso cuando Neri Castillo era noticia. Nadie le preguntó al futbolista cómo estaba el hombre. Neri Castillo sobrevivió. Reconstruyó su vida lejos de los reflectores, lejos de México, lejos del fútbol. En el mar Ejeo, entre peces y anzuelos, encontró algo que el sactar Donnet nunca pudo darle. Tiempo para estar en paz.
Los restos de sus padres están en Atenas. Él los acompaña todos los días a su manera, desde ese suburbio al sur de la ciudad, donde comenzó todo para él a los 16 años. En 2017 intentó primero abrir una tienda de pesca en México. No funcionó. Volvió a Grecia y ahí, donde todo había comenzado, decidió quedarse para siempre.
Sin fanfarria, sin declaraciones de regreso, sin necesidad de que nadie lo recordara de ninguna manera particular. En su perfil de Instagram, todavía lista sus logros con orgullo. Seis veces campeón de Grecia, dos copas griegas, Copa UEFA, subcampeón de Copa Oro con México, tercer lugar de Copa América con México, los pone en orden, los recuerda, no los borra porque esa carrera con todo [música] lo que costó fue real y eso nadie puede quitárselo.
Pero la pregunta queda flotando para siempre. ¿Qué hubiera pasado si el fútbol lo hubiera tratado como persona antes que como negocio? Y ahora la pregunta es para ti. ¿Juzgaste a Neri Castillo en su momento sin saber la historia completa? El fútbol tiene mecanismos para proteger a los jugadores cuando el dolor personal los destruye por dentro.
Podemos decir que la vida de un futbolista de élite está llena de triunfos, pero también de caídas, tal como es el caso de Gustavo Matosas. Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí. no te la puedes perder. En la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada muy entretenida.