Posted in

La Canción Que Ningún Hombre Se Atrevía A Cantar… Hasta Que Llegó Raphael

La Canción Que Ningún Hombre Se Atrevía A Cantar… Hasta Que Llegó Raphael

Hay cosas que los hombres de una cierta generación aprendieron desde pequeños. que no se llora, que el dolor se aguanta, que las heridas se callan, que mostrar lo que sientes por dentro es una debilidad que ningún hombre debe permitirse. Lo aprendisteis en casa, en el colegio, en la calle, en el cuartel, en el trabajo, todo el mundo os lo repetía y con el tiempo dejó de hacer falta que os lo dijeran porque ya lo teníais dentro.

Las mujeres que escuchan esto también lo saben porque vieron a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos, a sus hijos, cargando con cosas que no podían decir, guardando dentro lo que les pesaba demasiado para seguir adelante, sonriendo cuando por dentro algo se rompía. En 1964, un joven de 21 años se plantó delante de un micrófono en España y dijo algo que nadie había dicho antes en voz alta.

algo que todos sabían que era verdad, pero que nadie se atrevía a pronunciar, y lo convirtió en una canción, una canción que cambió algo muy profundo en la manera en que España escuchaba la música y en la manera en que los hombres se escuchaban a sí mismos. Hoy vas a descubrir cuál es esa canción y lo que pasó cuando la cantó delante de la persona que menos debería haberla escuchado. España, 1964.

Para entender por qué esa canción era tan atrevida, tan revolucionaria, tan completamente inesperada, tienes que entender qué España era aquella. Era la España del desarrollo, la España de los Seat 600 y los turistas en la Costa Brava y los primeros electrodomésticos llegando a los hogares de clase media. La España que empezaba a modernizarse por fuera mientras por dentro seguía siendo la misma de siempre.

 Un país donde las formas importaban mucho, donde lo que la gente pensaba de ti importaba mucho, donde había maneras correctas de comportarse y maneras incorrectas. Y todo el mundo sabía cuáles eran cuáles sin que nadie tuviera que explicarlas. Y en esa España los hombres tenían un papel muy claro. [música] El hombre era el fuerte, el que aguantaba, el que no se quejaba, el que llegaba a casa después de un día duro de trabajo y no contaba lo que le había pasado porque eso era cosa suya y no había que cargar a los demás con los

propios problemas. El hombre [música] trabajaba, proveía, protegía y callaba. Era el modelo que había funcionado durante generaciones. O al menos eso es lo que se decía, que así habían sido los hombres de verdad, los que habían construido el país, los que habían sacado adelante a sus familias en los momentos más difíciles, con la mandíbula apretada y los ojos secos y la espalda recta.

 Había un código no escrito, pero conocido por todos. Un código que se transmitía de padres a hijos sin que nadie lo explicara, simplemente porque era lo que se veía, lo que se observaba, lo que se aprendía por osmosis desde que eras pequeño y mirabas a los hombres que te rodeaban y entendías cómo debía ser un hombre.

 Mirabas a tu padre y tu padre no lloraba. Mirabas a tu abuelo y tu abuelo no lloraba. Mirabas a los hombres del barrio, del trabajo, del bar, y ninguno lloraba, o si lo hacían, lo hacían solos, [música] a escondidas en el único espacio donde nadie podía verlos, porque si alguien los veía, algo se rompía, algo que era muy difícil de reconstruir.

Después, un hombre no lloraba. Si lo hacía, era una cobardía. Si lo hacía, algo fallaba. Si lo hacía, los demás lo miraban diferente y esa mirada diferente podía seguirte durante años, décadas, en algunos casos toda la vida. Y eso en aquella España, donde la comunidad lo era todo y la opinión del vecino pesaba como una losa, era un precio muy alto.

¿Cuántos hombres de esa generación llegaron al final de sus vidas sin haber dicho nunca en voz alta que algo les dolía, sin haber llorado delante de nadie, sin haber pedido ayuda cuando la necesitaban, no porque no sintieran, sino porque les habían enseñado que sentir de esa manera no era de hombres, que las heridas se cauterizaban con silencio, que el dolor se metabolizaba trabajando más, bebiendo algo, siguiendo adelante sin mirar atrás.

 Y así vivieron y así murieron muchos de ellos con cosas dentro que nunca salieron. Y las mujeres lo vivían desde el otro lado. Querían a hombres que no podían abrirse, que guardaban todo dentro, que cuando algo les pasaba se volvían más silenciosos, más distantes, más herméticos. Y ellas intuían que algo no iba bien, pero no sabían cómo llegar hasta allí, cómo atravesar esa coraza que el mundo había construido alrededor de los hombres que amaban.

 Lo intentaban de mil maneras, con preguntas que no recibían respuesta, con gestos que no eran correspondidos de la manera que necesitaban, con esa paciencia infinita que requiere querer a alguien que no sabe cómo recibir el cariño que le das. Y muchas veces al final se rendían, no de querer, de intentar llegar, aprendían a convivir con esa distancia, a normalizarla, a considerar que así eran los hombres y así habría que quererlos.

 ¿Te suena eso? ¿Haber querido a alguien que no sabía cómo decirte lo que sentía o haber sido tú mismo esa persona que callaba cuando debería haber hablado? Ese era el mundo en que vivía España en 1964, un mundo donde nadie había puesto todavía en palabras algo que todo el mundo sabía que era verdad, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta hasta que llegó él.

 Rafael tenía 21 años en 1964. Llevaba 2 años intentando abrirse paso en la música española con unos resultados que podríamos llamar prometedores, pero no definitivos. Había ganado festivales, había firmado contratos con discográficas, había actuado en televisión, el nombre sonaba, la voz impresionaba a quien la escuchaba, pero todavía no había llegado la canción que lo cambiara todo.

 En la España de 1964, Rafael era ya un artista peculiar, diferente a todos los demás, de maneras que no eran fáciles de ignorar. Su manera de actuar en el escenario desconcertaba a los que tenían muy claro cómo debía comportarse un cantante. Demasiado entregado, demasiado expresivo, demasiado todo. Los críticos de la época lo comparaban constantemente con Gilbert Becao, el cantante francés que había revolucionado el music hall europeo con su intensidad desbordante.

Kou era conocido por lanzarse literalmente contra el piano, por destrozar el escenario con su energía, por hacer que el público sintiera que en cualquier momento algo iba a explotar. Rafael tenía algo de eso, una intensidad que no podías fingir aunque quisieras, que venía de dentro, que hacía que cuando él cantaba todo el mundo en la sala dejara de pensar en otra cosa y simplemente mirara y escuchara.

 Pero esa intensidad en la España de principios de los 60 generaba preguntas, preguntas sobre qué tipo de hombre era ese joven de Linares que cantaba así, que se emocionaba así, que sentía así en público, sin ninguna vergüenza. Porque en aquella España mostrar tus sentimientos era exactamente eso, vergüenza, algo que se hacía en privado, si es que se hacía.

Read More