Posted in

José López Portillo: El Hombre Que Tuvo El Poder Absoluto… Y Llevó A México Al Borde Del Colapso

José López Portillo: El Hombre Que Tuvo El Poder Absoluto… Y Llevó A México Al Borde Del Colapso

Su cortejo fúnebre recorrió las avenidas más importantes de  la Ciudad de México y nadie salió a verlo pasar. Los capitalinos siguieron caminando, comprando,  viviendo. Ni una mirada, ni un silencio. El hombre que había tenido en sus manos la riqueza petrolera más grande que México jamás había conocido.

 El hombre que prometió hacer grande a este país, el hombre que lloró frente a millones de mexicanos  pidiendo perdón, estaba cruzando la ciudad por última vez y la ciudad le respondía con indiferencia total. Ese fue el final de José López Portillo.  No hubo luto nacional, no hubo banderas a media hasta no hubo  multitudes llorando en las calles ni flores en los portales.

Hubo silencio. Un silencio que no era de respeto, sino de olvido. Del tipo de olvido que duele más que cualquier insulto,  porque confirma que todo lo que un hombre fue ya no importa absolutamente  nada. Para entender cómo alguien que tuvo tanto poder llegó a un final tan solitario, hay que empezar desde el principio, desde antes de los reflectores, antes de las promesas  y antes del llanto que paralizó al país entero.

 Hay que empezar donde empiezan todas las historias grandes y todas las tragedias reales. En la infancia, José Guillermo Abel López Portillo y Pacheco nació el 16 de junio de 1920 en la Ciudad de México, dentro de una familia que cargaba apellido con peso. Su abuelo había sido gobernador de Jalisco, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, diputado, senador y secretario de Relaciones Exteriores.

 En esa familia el apellido no era solo un nombre, era una expectativa que nadie te preguntaba si querías cargar. Su padre José López Portillo y Weber era militar, historiador y escritor. Un hombre que paradójicamente le dejó al hijo una advertencia que marcó toda su vida. No vayas detrás del poder le decía.

 Los defectos de un hombre honrado son las cualidades de un político, palabras que el hijo escuchó, guardó y terminó ignorando por completo cuando el poder le llegó a las manos. Creció rodeado de libros, de discusiones intelectuales y de la certeza de que venía de gente importante. Eso moldea a un hombre de formas que ni él mismo alcanza a ver.

 construye una confianza que a veces se convierte en arrogancia, una sensación de derecho que puede volverse peligrosa cuando alguien con esa actitud llega a gobernar a millones de personas. Estudió derecho en la UNAM, donde destacó como orador y como pensador. Era brillante, nadie  podía negarselo. Tenía una mente aguda, un vocabulario que deslumbraba y una presencia física imponente  que hacía que la gente lo escuchara con atención.

En los pasillos universitarios ya se hablaba de él como alguien que llegaría lejos, aunque nadie imaginaba todavía cuánto. Y lo que comenzaría a tomar forma en esos años no solo lo llevaría al punto más alto del poder, también sembraría  las decisiones que años después marcarían su caída de una manera irreversible.

 Fue en esos años donde construyó la amistad más importante y al mismo tiempo más complicada de toda su vida, la que tuvo con Luis Echeverría. Dos jóvenes ambiciosos,  dos mentes que se complementaban, dos hombres que se prometieron lealtad en los años en que todavía no tenían nada que perder. Una amistad que con los años se convertiría en el trampolín hacia la cumbre y luego en una de las traiciones más públicas que México haya visto.

 Después de graduarse, López Portillo hizo lo que hacían los hombres con apellido en ese México. Escaló la estructura del gobierno con paciencia. Pasó por la Secretaría del Patrimonio Nacional, luego por la dirección de la Comisión Federal de Electricidad. Cada cargo era un peldaño, cada posición era un ensayo para algo mayor.

 Y mientras subía, aprendía, aprendía cómo funcionaba el poder real,  quién tomaba las decisiones verdaderas y cuáles eran las reglas no escritas que nadie te enseñaba en la universidad. En 1951  se casó con Carmen Romano, una mujer elegante, educada, de familia distinguida. Tuvieron tres hijos. José Ramón, Carmen  Beatriz y Paulina.

 Era la familia perfecta sobre el papel, la imagen que cualquier político en ascenso necesitaba proyectar. Hacia afuera todo lucía impecable. Hacia adentro las cosas eran más complicadas, pero eso no era algo que México fuera a enterarse en ese momento. El salto definitivo llegó en 1973, cuando Echeverría, ya presidente,  lo nombró secretario de Hacienda.

 Ese era el lugar desde donde se movían los hilos económicos del país. Desde ese escritorio se veía México como muy poca gente podía verlo. Completo, profundo, brutal en su complejidad.  López Portillo absorbió cada detalle y cuando terminó su paso por Hacienda, Echeverría ya había decidido algo que cambiaría la historia de México.

  El sistema político mexicano del PRI tenía una regla no escrita.  pero absolutamente respetada. El presidente saliente elegía a su sucesor. No era una democracia, era una herencia disfrazada de proceso. Y Echeverría, en el ocaso de su gobierno, señaló a López Portillo, su amigo de toda la vida,  el hombre en quien confiaba, el secretario de Hacienda que lo había acompañado durante años, lo eligió a él.

 En 1976, José López Portillo se convirtió en el candidato del PRI a la presidencia de México. En unas elecciones donde prácticamente no tuvo oposición real, obtuvo más de 16 millones de votos. El 1 de diciembre de ese año tomó posesión del cargo más poderoso del país con una promesa resonando en cada rincón. México estaba a punto de vivir su mejor momento.

 El petróleo los haría ricos a todos. Y por un momento, por un brevísimo y deslumbrante momento, parecía que tenía razón. Las reservas petroleras descubiertas en Tabasco, Chiapas y la sonda de Campeche eran enormes. El dinero comenzó a fluir  como nunca antes en la historia moderna del país. El PIB creció al 8% anual. El desempleo cayó a la mitad.

 México olía a prosperidad.  Vamos a administrar la abundancia”, dijo López Portillo. Y la gente le creyó con toda  la razón del mundo le creyó porque la abundancia estaba ahí, era real, se podía tocar. Lo que nadie estaba  contando era lo que pasaba detrás de la abundancia, en los lugares donde las cámaras no llegaban.

Read More