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JOAQUÍN CAPILLA: 4 OROS olímpicos a la BASURA… La BARRANCA del MUERTO y 9 MESES sin BAÑARSE

Del Olimpo al abismo, un oro, dos bronces, una plata, cuatro medallas olímpicas en tres ediciones consecutivas de juegos, una hazaña que ningún mexicano ha igualado en casi 70 años. Y después de todo eso, 9 meses sin tocar el agua, 9 meses con las barbas de indigente huyendo de los espejos, escuchando voces que no existían, conviviendo con teporochos bajo los puentes de la Ciudad de México, mientras su medallero, el único testimonio de lo que había sido, sobrevivía en algún rincón olvidado de un cuarto de miseria.

Hoy, en Sombras del Olimpo, abrimos el expediente del hombre que enseñó a México a volar. Joaquín Capilla, el máximo medallista olímpico en la historia del deporte mexicano. El hombre que en Melbourne 1956 derrotó a los invencibles estadounidenses y le ganó a un país entero que llevaba 45 años esperando ese oro.

 El hombre que el presidente Adolfo Ruiz Cortínez recibió con honores y declaró ejemplo de la juventud mexicana. Y el mismo hombre que 30 años después estuvo parado en los andenes del metro Juanacatlán con  un pensamiento único y definitivo, lanzarse a las vías y acabar con todo. Si este tipo de historias, las que el deporte oficial archiva bajo la etiqueta de Gloria y prefiere no reabrir, te parecen necesarias, suscríbete ahora mismo.

 Dale like, no por mí, por el gerero capilla, para que su historia completa, no solo el segundo del podio en Melbourne, que México repite cada 4 años llegue a más gente. Lo que nadie te ha contado es que Joaquín Capilla no fue destruido por el sistema de la misma manera que destruyó a Zoraya Jiménez o a Fabián el gitano.

No fue abandonado inmediatamente después de su último clavado. Lo que lo destruyó fue algo más difícil de señalar con el dedo, algo más difícil de denunciar en voz alta, porque la herramienta de destrucción fue él mismo. Sus propias palabras dichas en una entrevista a la jornada, apenas 6 meses antes de su muerte lo definen con una honestidad brutal. No estaba maduro.

 Me volví altivo, soberbio, egocéntrico. Nada me merecía. Empecé a ser rechazado y entonces me dio por beber y acabé con todo. Su nombre completo era Joaquín Capilla Pérez. Nació el 23 de diciembre de 1928 en la Ciudad de México y murió el 8 de mayo de 2010 a los 81 años de un infarto agudo al miocardio en la misma ciudad donde nació, habiendo sobrevivido décadas de alcoholismo, cuatro arrestos por conducir en estado de ebriedad un intento de suicidio.

 El Delirium Tremens, 9 meses sin bañarse, la pérdida de su familia, su casa, sus automóviles, sus terrenos y su reputación. y habiendo reconstruido desde los 58 años una vida que ninguno de sus contemporáneos hubiera apostado que fuera posible. Esta es su historia completa sin el filtro de la nostalgia deportiva ni el filtro del escándalo barato.

 En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nadie ha puesto juntas con esta claridad. Primera, ¿quién era Joaquín Capilla antes de los Juegos Olímpicos? ¿De dónde venía? ¿Cómo fue descubierto? ¿Y qué tipo de muchacho llegó a Londres en 1948 con 19 años a ganar la primera medalla olímpica en Clavados  de la historia de México? Segunda, lo que fue ser el máximo ídolo del deporte mexicano en la década de los 50.

 Los cuatro oros panamericanos, la plata de Helsinki, el oro histórico de Melbourne y las primeras señales de que algo debajo de la superficie no estaba bien. Tercera, los 30 años de alcoholismo. No como resumen, como timeline detallado, los arrestos, la revista Alarma, El Delirium Tremens, Los 9 meses sin bañarse, El accidente en la Barranca del Muerto y el Andén del Metro Juana Catlán en 1987.

Cuarta, lo que vino después de 1987. Como un hombre de 58 años con 30 años de adicción se paró de esa plataforma sin redes de seguridad y construyó algo que nadie esperaba. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender que la historia de Joaquín Capilla no es solo una tragedia, es la historia más honesta que el deporte mexicano tiene sobre lo que pasa cuando un sistema te lleva la cima y te deja ahí solo sin decirte jamás cómo bajar.

Grábate esto antes de que sigamos. Para entender la caída de Joaquín Capilla, necesitas entender desde dónde cayó, porque no cayó desde la cima de un trampolín de 3 m, cayó desde lo más alto que el deporte mexicano puede ofrecerle a alguien. Y eso cambia completamente la dimensión de lo que vino después.

 Todo empezó en la Ciudad de México, en los años  30, en una familia donde el deporte no era un camino hacia la fama, sino un pasatiempo familiar que un padre compartía con sus hijos los fines de semana. Alberto Capilla llevaba a Joaquín y a sus hermanos al balneario olímpico de la Ciudad de México, en la calzada Zaragoza. No había plan maestro.

 No había un entrenador que había identificado a un futuro campeón olímpico. Había un padre que quería que sus hijos se metieran al agua y un niño que desde el principio mostró que el agua era su elemento. Joaquín Capilla Pérez tenía algo específico desde que era niño. Una incomodidad con quedarse quieto que sus contemporáneos describían como casi nerviosa.

era el tipo de niño que necesitaba movimiento constante, que el cuerpo estático le resultaba una especie de castigo. Y esa energía, que en otro contexto hubiera podido ser un problema, encontró en el agua y en las alturas un canal  perfecto. Su padre, cuenta la historia familiar. Tenía una manera muy específica de incentivar los primeros clavados de Joaquín desde las alturas.

 Le ofrecía un tostón,  una moneda de 50 centavos por cada salto de mayor altura que se atreviera a dar. Ese detalle tiene algo de profético cuando lo miras en retrospectiva.  El hombre que después iba a pararse en plataformas de 10 m frente a miles de espectadores en tres ediciones olímpicas distintas, empezó a vencer el miedo a las alturas a tostones por salto.

 En la alberca pública de la calzada Zaragoza con su padre mirando desde la orilla, piensa en eso,  un tostón por salto. Y desde esos primeros tostones, Capilla tenía algo que los demás niños que saltaban en la misma alberca no tenían. No era solo valentía,  era coordinación natural, una percepción del espacio y del tiempo en el aire que se nota desde los primeros saltos en quien la tiene. Y Mario Tobar la notó.

Mario Tobar fue de que el descubridor de Joaquín Capilla, el entrenador que vio en ese muchacho del balneario Olímpico algo que merecía desarrollo serio y lo llevó al Deportivo Chapultepec, donde Capilla comenzó a entrenar de manera sistemática alrededor de los 17 años. No era temprano para los estándares actuales del alto rendimiento, donde los atletas de clavados comienzan a especializarse casi desde la infancia.

 Pero el talento natural de Capilla compensaba el tiempo que otros habían invertido en estructurar su entrenamiento desde edades más tempranas. A los 17 años ya dominaba técnicas avanzadas de saltos. A los 18 ya era el estudiante más sobresaliente de lo que Chapultepec podía ofrecer. Y cuando los electores del equipo olímpico mexicano empezaron a mirar hacia Londres 1948, el nombre de Joaquín Capilla apareció en la conversación.

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