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 Gayatri Devi: La Reina Más Bella de la India… y Despertó en una Celda

 Gayatri Devi: La Reina Más Bella de la India… y Despertó en una Celda

La fotografiaron como una de las 10 mujeres más bellas del mundo. Vivía en un palacio de cientos de habitaciones, con elefantes adornando las paredes y joyas que ningún museo se atrevía a ata. Y una mañana, a los 56 años, esa misma mujer despertó en el suelo de una celda de la cárcel de Tijar, contando los días junto a ladronas y mujeres acusadas de asesinato.

 La reina más envidiada de la India terminó tras las rejas de su propio país y la razón por la que la encerraron es mucho más oscura de lo que el gobierno quiso admitir jamás. Es invierno en Deli, un amanecer frío de 1975. Por la ventana enrejada entra una luz gris que no se parece en nada a la luz dorada que ella conoció durante medio siglo.

 No hay sirvientes, no hay té servido en bandeja de plata, no hay nadie que se incline al verla pasar, solo el cemento bajo una manta delgada, el olor a desinfectante barato y el rumor de cientos de mujeres encerradas en el mismo patio. Una de las presas se acerca a mirarla con curiosidad. No puede creer lo que ven sus ojos. Esa señora de cabello blanco impecable, sentada con la espalda muy recta, incluso sobre el suelo de una celda, había aparecido en revistas de moda de París y de Nueva York.

 había cenado con reyes. Había ganado unas elecciones con el mayor margen de votos jamás registrado en la historia de la democracia y ahora estaba ahí con ellas, esperando que un guardia decidiera a qué hora podía usar el baño. ¿Cómo llega una mujer así hasta este lugar? ¿Qué tiene que pasar para que una reina, una de las más célebres de su tiempo, termine durmiendo en una prisión común, acusada de esconder un tesoro? Para entenderlo, hay que retroceder.

 Hay que volver a un mundo que ya no existe, a una época en que la India estaba llena de palacios y de príncipes, de tigres y de cacerías, de fortunas tan inmensas que parecían sacadas de un cuento. Hay que volver más de medio siglo atrás. Hasta una niña que nació rodeada de un lujo que hoy nos cuesta imaginar.

 una niña que lo tenía todo y que sin saberlo todavía lo iba a perder casi todo. Nació un día de mayo de 1919 en Londres, lejos de la India, que sería el centro de su vida. La llamaron Gayatri Devy, aunque en su familia durante años todos la llamarían por un apodo cariñoso. Ay, su cuna no era una cuna cualquiera.

 Era hija de la realeza de coach Behar, un pequeño estado principesco al noreste de la India. Y por las venas de su madre corría además la sangre de Baroda, una de las dinastías más ricas y poderosas de todo el subcontinente. Su madre se llamaba Indira y ya solo la historia de su madre daría para una película entera. Indira había sido prometida por arreglo familiar al Maharajá de Gualior, uno de los hombres más ricos del país.

 Todo estaba decidido, como se decidían entonces las vidas de las princesas. sin preguntarles, sin escucharlas, como quien firma un contrato entre dos casas. La boda estaba en marcha, los regalos encargados, el futuro sellado. Pero Indira hizo algo que en su mundo simplemente no se hacía. Conoció a otro hombre, el joven príncipe de coach Bear, y se enamoró de él hasta los huesos.

 Y en lugar de obedecer, en lugar de agachar la cabeza y cumplir, tomó papel y pluma y escribió una carta rompiendo el compromiso pactado con el Maharajá de Walior. Una mujer sola, cancelando por escrito la alianza que toda su familia había arreglado para ella. Fue un escándalo que recorrió la India entera. Se habló de ella en cada palacio.

Algunos la admiraron en secreto, muchos la condenaron en voz alta. A Indira no le importó, se casó por amor. De esa madre rebelde, hermosa y absolutamente indomable nació Gayatri. Y de ella heredó algo que marcaría toda su existencia, la idea peligrosa para su tiempo de que una mujer podía elegir. Podía decir que no, podía decir que sí, incluso cuando todo el mundo a su alrededor le repetía que eso no le correspondía, que su deber era obedecer.

Pero el cuento se rompió pronto, demasiado pronto. Cuando Gayatri tenía apenas 3 años, su padre murió. El majarajá de coach bejar se apagó joven, sin que la niña alcanzara a guardar de él más que sombras de recuerdos. Y de un día para otro, Indira quedó viuda con varios hijos pequeños y un estado entero sobre los hombros.

 Tenía poco más de 20 años. Era casi una niña ella misma, gobernando entre hombres que esperaban verla quebrarse. Lo que hizo entonces nadie lo esperaba. En vez de encerrarse en el luto, en vez de desaparecer detrás del velo como mandaba la costumbre, Indira se transformó en una de las mujeres más glamorosas de su época. Viajaba a París, encargaba vestidos a los mejores modistos de Europa, compraba joyas en cartier y mandaba rediseñar piezas antiguas de la familia con un atrevimiento que escandalizaba.

 Fumaba en público, apostaba, manejaba sus propios autos cuando casi ninguna mujer india se atrevía a tocar un volante. Para unos era un símbolo de libertad, para otros una vergüenza para su linaje. A ella le daba exactamente igual lo que pensaran. Y en medio de ese torbellino creció Gayatri, entre institutrices inglesas, palacios y veranos en Europa.

Sí, pero también entre ausencias. Su madre brillaba con tanta fuerza que a veces era difícil alcanzarla. Los relatos de la época cuentan que la pequeña Ayesha adoraba a esa madre deslumbrante y al mismo tiempo la perseguía con la mirada, buscando un poco de la atención que siempre parecía repartirse entre demasiados viajes, demasiadas fiestas, demasiado mundo.

 Era una niña rica que tenía de todo y que, sin embargo, a veces se quedaba sola en habitaciones inmensas escuchando el silencio de un palacio. La salvaban sus hermanos. eran varios y entre ellos formaban un mundo aparte, un pequeño clan que corría por los jardines de Kuche que se inventaba juegos en los pasillos interminables, que se protegía de las ausencias de la madre con la compañía mutua.

 Pasaban temporadas en el palacio familiar, rodeados de elefantes, de criados, de animales y otras temporadas, viajando por Europa al ritmo frenético de Indira. Una infancia partida en dos, la India profunda de un lado, los hoteles de lujo de Londres y de la Riviera del otro. Gayatri crecía entre esos dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

 Hablaba inglés con acento perfecto y bengalí con los suyos. Sabía qué tenedor usar en una cena de gala en Europa y también cómo seguir el rastro de un animal en la espesura. Esa doble pertenencia, esa rara mezcla de oriente y occidente, de tradición y modernidad, la acompañaría toda la vida y la volvería imposible de encasillar.

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