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Farah Diba: Lo Tenía Todo… y lo Perdió en una Noche

Farah Diba: Lo Tenía Todo… y lo Perdió en una Noche

Una emperatriz huye de su propio palacio en plena noche. No lleva corona, no lleva joyas, lleva a sus hijos de la mano y el terror grabado en los ojos. Afuera, millones de personas gritan su nombre, pero no para aclamarla, para destruirla. Lo que el mundo conoce como la revolución iraní de 1979 es en realidad la historia de una mujer que lo tuvo absolutamente todo y lo perdió absolutamente todo en cuestión de horas.

 Y esta historia es mucho más oscura, mucho más compleja y mucho más humana de lo que jamás te contaron. Estamos en enero de 1979. Teerán arde. Las calles están inundadas de manifestantes que llevan semanas desafiando al ejército, a los tanques, a las balas. El palacio de Niabarán, esa residencia imperial rodeada de jardines persas y muros de mármol, ya no es un símbolo de poder, es una trampa.

 Fara Diva lo sabe, lo siente en cada fibra de su cuerpo. Su esposo, el Shamo Mohammad Resapalabi, el hombre más poderoso de Medio Oriente, el autoproclamado Rey de Reyes, luz de los sombra de Dios, está sentado frente a ella con la mirada vacía. Tiene los ojos hundidos. Las manos le tiemblan y Fara sabe algo que muy pocos saben en ese momento.

 El Sha está enfermo, gravemente enfermo. Un cáncer lo consume desde hace años. Un secreto guardado con tanta ferocidad que ni siquiera la CIA lo conoce con certeza. Ella lo mira y ve a un hombre destruido, no al emperador, no al líder del mundo libre en Medio Oriente. Ve al padre de sus hijos, al hombre que alguna vez la eligió entre miles, al hombre que le prometió un imperio y ahora no puede prometerle ni siquiera un mañana.

 Los consejeros entran y salen del salón. Generales con uniformes impecables que ya no significan nada. diplomáticos que hablan por teléfono con Washington, con Londres, con París y reciben la misma respuesta. Silencio. Estados Unidos, el gran aliado, el socio eterno, el que vendió armas y compró petróleo durante décadas, ahora no contesta.

 El embajador William Sullivan envía cables desesperados a Washington. Nadie responde con claridad. Fara escucha las conversaciones, entiende cada palabra, entiende lo que significan esos silencios y entiende quizás antes que nadie en esa habitación que se acabó, el Sha finalmente habla. Dice que se irán, dice que será temporal, dice que volverán cuando las cosas se calmen.

Fara lo mira a los ojos y no dice nada porque ella sabe que no volverán. lo sabe con esa certeza brutal que solo tienen las personas que ya han perdido todo una vez en la vida. Ella ya perdió a su padre de niña. Conoce el sonido que hace el mundo cuando se derrumba. Al día siguiente, el 16 de enero de 1979, El Sha y Fara salen del palacio de Niabaran.

 Ella se detiene un momento en la puerta. Mira hacia atrás. Mira los jardines donde sus hijos jugaron, los pasillos donde resonaron risas, las habitaciones donde nacieron sueños que ya no existen. Se dice a sí misma que volverá, pero algo dentro de ella ya sabe que está mintiendo. Las cámaras captan algo que el mundo entero verá en los noticieros de esa noche.

 El sha, al subir al avión, lleva en las manos un pequeño contenedor con tierra iraní, tierra de su país, tierra que nunca volverá a pisar. Fara sube detrás de él, no llora, no tiembla, camina con la espalda recta, la mirada al frente, como si estuviera entrando a una ceremonia oficial, pero por dentro todo se derrumba. Nunca volvieron.

 Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, para entender cómo una joven estudiante de arquitectura en París terminó convertida en la última emperatriz de Irán y luego en una exiliada sin patria, hay que volver al principio. Y el principio de esta historia no empieza en un palacio, empieza en una tragedia.

 Faradiva nace el 14 de octubre de 1938 en Teerán, en el seno de una familia acomodada, pero no imperial. Su padre Sohrab Diva es capitán del ejército iraní, un hombre que estudió en Francia y que volvió a Irán con ideas modernas, con libros bajo el brazo y con una convicción inquebrantable. Su hija sería alguien importante.

 Su madre, Faride Godby, proviene de una familia de diplomáticos azerballanos, gente culta, refinada, con conexiones en las esferas más altas de la sociedad de Eraní. La pequeña Fara crece en una casa llena de libros. Su padre le lee poesía persa antes de dormir. Le habla de los grandes arquitectos del mundo, le muestra fotografías de edificios europeos y le dice, “Algún día tú construirás cosas así.

 En un Irán donde las niñas son educadas para el matrimonio, para el silencio, para la obediencia.” Sob Diva le dice a su hija que puede ser lo que quiera, que el mundo es suyo, que no hay límites. Fara tiene 9 años cuando su padre muere. La noticia llega como un rayo. Sorab Diva fallece de una enfermedad que se lo lleva en poco tiempo.

 El mundo de la pequeña Fara se desintegra. De un día para otro pasa de ser la hija adorada de un militar, respetado a ser una niña sin padre en un país donde eso significa vulnerabilidad, donde eso significa que las puertas que antes se abrían ahora se cierran, donde eso significa que el futuro que su padre le prometió de pronto parece una fantasía.

 La situación económica se complica. Su madre, Faridé, no se derrumba. se levanta con una determinación feroz que Fará nunca olvidará. Faride trabaja, busca ayuda de familiares, reorganiza las finanzas y sobre todo se asegura de que Fará siga estudiando. La educación dice Faridé, es lo único que nadie te puede quitar. Fara absorbe esa lección como una esponja, la absorbe y la convierte en motor.

 En el Liceo Juana de Arco de Teerán, una institución francesa que educa a las hijas de la élite iraní, Fara empieza a brillar. No es solo inteligente, es carismática. Es capitana del equipo de basketbol. Es alta, atlética, con unos ojos oscuros que transmiten al mismo tiempo dulzura y una determinación de acero.

 Sus compañeras la recuerdan como alguien diferente. No por arrogancia jamás fue arrogante, sino por una presencia, una manera de caminar por los pasillos que hacía que la gente volteara a verla. tenía eso que los franceses llaman charisme, una concide, y ese carisma iba a cambiar el destino de todo un país. Hay un detalle que casi nadie menciona y que dice mucho.

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