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Elba Esther Gordillo: La ‘Maestra’… El ASQUEROSO Privilegio de su Prisión de Lujo.

Elba Esther Gordillo: La ‘Maestra’… El ASQUEROSO Privilegio de su Prisión de Lujo.

26 de febrero de 2013. Aeropuerto Internacional de Toluca. Un jet privado acaba de aterrizar desde California y alrededor de esa pista fría, los agentes federales ya están esperando. No buscan a un capo armado, no buscan a un jefe de sicarios, buscan a una mujer de 68 años, baja de estatura, rostro endurecido por años de cirugías, poder y secretos.

Su nombre es Elva Ester Gordillo, pero México la conocía como la maestra. Durante más de dos décadas, esa mujer no solo dirigió un sindicato, controló una maquinaria de 1,5 millones de maestros, una estructura capaz de mover votos, negociar gobiernos y doblar presidentes. En público hablaba de educación, de trabajadores, de derechos.

Pero según las investigaciones oficiales, detrás de ese discurso se escondía otra historia. Millones de pesos que salían del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y terminaban convertidos en lujos imposibles de explicar. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambiaron para siempre la imagen de la maestra.

Primero, como una niña pobre de Comitán, Chiapas, huérfana de padre desde los 3 años y maestra desde los 12, terminó sentada en la cima del sindicato más poderoso de América Latina. Segundo, como los fiscales describieron una red financiera que entre 2009 y 2012 habría movido cerca de 2,000 millones de pesos mientras aparecían compras por 3 millones de dólar en Neyman Marcus.

propiedades en San Diego y obras de arte valuadas en decenas de millones. Tercero, como una detención que parecía el final de su imperio se transformó en una prisión que no parecía prisión, cuarto privado, comida especial, agua fiji, ropa de diseñador, yoga y visitas médicas. Y cuarto, como después de años de encierro, acusaciones y escándalo, la justicia terminó absolviéndola.

devolviéndole bienes y dejándola salir de la historia penal, aunque no de la condena pública. Pero antes de entender cómo una cárcel pudo convertirse en privilegio, hay que regresar al principio. Cuando Elva Ester todavía era solo una niña pobre de Chiapas y nadie imaginaba que aquella maestra terminaría dándole lecciones de poder a todo México.

 Todo comenzó lejos de los salones alfombrados, lejos de los jets privados, lejos de las boutiques de San Diego y de los edificios blindados de Polanco. Comitán, Chiapas, 1945. Un rincón del sur de México donde la pobreza no era una palabra de discurso político, sino una forma diaria de respirar. Calles humildes, casas marcadas por la carencia, familias acostumbradas a estirar lo poco hasta que ya no quedaba nada que estirar.

 Ahí nació Elva Ester Gordillo Morales el 6 de febrero de 1945. Nadie podía imaginar entonces que esa niña terminaría convertida en una de las mujeres más temidas del país. Nadie veía en ella a la futura dueña del sindicato más poderoso de América Latina. Era solo una niña del Chiapas profundo, una niña nacida en un territorio donde para muchos el destino ya venía escrito desde la cuna.

 A los 3 años perdió a su padre, una edad en la que un niño todavía no entiende la muerte, pero ya siente el hueco. La ausencia se instala antes que las palabras. El hogar se vuelve más duro, más silencioso, más incierto. Y en ese México de mediados del siglo 20, una niña pobre no tenía demasiado tiempo para preguntarse por qué la vida era injusta.

 Tenía que aprender pronto a sobrevivir. A los 12 años, cuando otros niños apenas empiezan a entender el mundo, Elva Ester ya estaba frente a un aula, una niña enseñando a otros niños. Piensa en eso un momento. 12 años. Una edad para jugar, para equivocarse, para tener miedo. Pero ella ya cargaba con una responsabilidad que no le correspondía.

 Desde ahí nació su primer rostro público. La maestra, la mujer que enseña, la mujer que guía, la mujer que viene de abajo y entiende a los pobres. Pero también ahí empezó otra cosa, algo más oscuro, porque la pobreza puede formar compasión, sí, pero también puede formar hambre. Hambre de poder, hambre de control, hambre de no volver nunca más al lugar donde te miraban como si no valieras nada.

 El Baest Ester entendió muy pronto que en México la educación no solo era un salón de clases, era una estructura política. Y si uno sabía subir por esa estructura, podía llegar mucho más lejos que cualquier maestro común. Se acercó al PRI, el partido que durante décadas controló el país como si México fuera una maquinaria de puertas cerradas.

 Ahí aprendió el verdadero idioma del poder. Lealtades, favores, silencios, amenazas, disciplina. No era la más visible al principio, no necesitaba hacerlo. Escuchaba, observaba, medía a la gente. Sabía cuándo sonreír, cuándo callar, cuándo obedecer y cuándo empezar a mandar. Poco a poco fue construyendo una red propia hecha de maestros, operadores, dirigentes, funcionarios, personas que le debían algo o que temían de verle demasiado.

 Y entonces llegó 1989. Carlos Salinas de Gortari decidió mover una pieza enorme en el tablero. El viejo liderazgo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación fue desplazado y el Baer Gordillo llegó a la cima del SNTE. No llegó como una simple representante sindical. Llegó como una enviada del sistema para controlar a los maestros, contener protestas, ordenar la casa y convertir la inconformidad en obediencia.

 Pero ella hizo algo más grande, tomó esa estructura y la transformó en su reino. El SNT e no era cualquier sindicato. Hablamos de cerca de 1,5 millones de maestros. Una fuerza capaz de entrar en cada estado, en cada municipio, en cada escuela, en cada casilla electoral, en un país donde los maestros podían vigilar elecciones, organizar comunidades y mover voluntades.

Controlar al SNT era controlar una parte secreta del poder nacional. Así nació la maestra. Ya no la niña pobre de Comitán, ya no la huérfana que empezó a trabajar demasiado pronto. Ahora era la mujer a la que presidentes escuchaban, candidatos buscaban y gobernadores temían. Pero detrás de esa imagen de líder dura, de defensora de los trabajadores, empezó a crecer una obsesión peligrosa.

 No solo quería mandar, quería vivir como si el país le debiera una corona. Cirugías, escoltas, ropa cara, autos, gestos de gran señora. El rostro de la maestra rural fue desapareciendo bajo la máscara de una mujer que necesitaba demostrar que ya no pertenecía al mundo de donde venía. El poder no le bastó.

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