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Cristina Onassis: La Mujer Más Rica del Mundo Que Murió En Una Tina

Cristina Onassis: La Mujer Más Rica del Mundo Que Murió En Una Tina

Era la mujer más rica del mundo. Tenía más de 500 millones de dólares en el banco. Tenía una isla privada en Grecia. Tenía barcos petroleros, aviones privados, mansiones en cinco países y amigos que le cobraban $30,000 al mes para pasar tiempo con ella. Podía comprar lo que quisiera cuando quisiera, sin pedirle permiso a nadie.

Y sin embargo, el 19 de noviembre de 1988, su propia empleada doméstica la encontró muerta en una bañera, sola, en una casa de campo en las afueras de Buenos Aires. Tenía 37 años. A su lado, su hija de 3 años dormía sin saber que acababa de quedarse huérfana. Cristina Onasis no murió por accidente.

Murió después de una vida entera. intentando morir. Y esa es la verdad que su familia pagó millones para ocultar. Esta es la historia de la heredera más rica del siglo XX y de cómo esa fortuna la fue matando día tras día desde los 24 años. una historia de billones de dólares, cuatro maridos, tres cadáveres familiares en 29 meses y una soledad tan profunda que solo el Coca-Cola y las pastillas podían llenarla.

Empieza en la oscuridad de una madrugada argentina. Termina en una tumba griega al lado de los únicos tres hombres que la amaron de verdad. Y en el medio hay tanta belleza, tanto dinero y tanta tragedia que cuesta creer que todo le pasó a una sola mujer. Tortuguitas, provincia de Buenos Aires, 19 de noviembre de 1988. Son las 6:30 de la mañana. Hace calor.

El sol empieza a subir sobre los campos de la pampa argentina, pintando los tejados de una finca de descanso de un amarillo pálido. La casa pertenece a una amiga de Cristina, una mujer de la alta sociedad local llamada Marina Dodero. Cristina llegó a Argentina hace apenas 10 días para descansar, para alejarse del ruido de Europa, para pensar.

Una mujer camina por el pasillo con cuidado de no hacer ruido. Se llama Elena Ciros. Es la sirvienta personal de Cristina, la misma que lleva 15 años con ella, la que la conoce mejor que cualquier marido. Elena lleva en las manos una bandeja con café con leche, tostadas y las pastillas de la mañana.

Las pastillas son parte del ritual. Cristina las toma todos los días desde hace años. para dormir, para despertar, para comer, para no comer, para el dolor de cabeza, para el dolor del alma. Elena llega a la puerta del dormitorio, golpea suavemente, nadie responde. Golpea de nuevo, un poco más fuerte. Silencio. Elena entra.

La cama está deshecha. Cristina no está allí. La puerta del baño está entreabierta. Elena deja la bandeja sobre la cómoda y se acerca. Empuja la puerta y lo que ve la hace gritar. Cristina Onasis está dentro de la tina vestida con un camisón rosa, la cabeza echada hacia atrás, los ojos semiabiertos, el agua ya fría.

Alrededor de la tina hay tres frascos de pastillas vacíos, un vaso, una revista abierta. Elena grita el nombre de Cristina una vez, dos veces, tres veces. Cristina no responde. No va a responder nunca más. En la habitación de al lado, una niña de 3 años sigue durmiendo tranquila. Se llama Acina.

Acaba de quedarse huérfana, pero todavía no lo sabe. Eso era Cristina Onais en sus últimas horas. No una heredera rodeada de fiestas. No una mujer con el mundo a sus pies. Una mujer sola, en una casa prestada al otro lado del océano, a 10,000 km de su isla privada y de su familia muerta. Para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio, muy al principio, a una maternidad de Nueva York, una tarde de diciembre de 1950.

Christina Onaces. Nace el 11 de diciembre de 1950 en el Hospital Lenux Hill de Manhattan. No nace en un hospital griego, no nace en un hogar tradicional, nace en el piso más caro de una de las ciudades más caras del mundo, en una suite reservada exclusivamente para la esposa del armador más rico del Mediterráneo.

Su padre, Aristóteles Oasis, tiene entonces 44 años. Es un refugiado griego nacido en la ciudad de Esmirna en Turquía, que a los 17 años huyó de la masacre de su ciudad natal con $60 cocidos al [ __ ] de su chaqueta. Llegó a Buenos Aires como un don nadie. Dormía en un cuartito del barrio de la Boca.

trabajaba como operador telefónico nocturno y en una década de la nada construyó el imperio naviero más grande del mundo. Su madre, Athina Livanos, llamada Tina por todos, tiene 22 años. Es hija de Stabros Livanos, otro armador griego multimillonario, tan rico que se dice que podía comprar cualquier cosa en Londres con una sola llamada telefónica.

Tina es delgada, elegante, rubia, educada en Suiza, habla cinco idiomas, tiene un estilo impecable que la prensa europea imita y está a sus 22 años completamente atrapada en un matrimonio que ya no funciona. Aristóteles y Tina se casaron 2 años antes. Ya tienen un hijo, Alexander, de 2 años. Ahora llega Cristina.

Para muchos matrimonios, un segundo hijo es una alegría compartida. Para los onasis es una operación protocolaria. Aristóteles querría otro varón, un heredero más, alguien que pueda un día manejar los barcos. En su cabeza, los hombres manejan los negocios. Las mujeres se casan, paren y sonríen para las fotos. Cuando le dicen que es una niña, hay testimonios de enfermeras recogidos décadas después que cuentan que Aristóteles se quedó unos segundos en silencio, luego asintió con la cabeza y simplemente preguntó si estaba sana. Eso fue todo. Ni alegría ni

lágrimas. Una niña sana. Un dato contable. Esa indiferencia del primer día marcará los primeros 30 años de la vida de Cristina. La infancia de Cristina no se parece a la de ninguna otra niña del mundo. Crece entre Londres, París, Mónaco, Nueva York y la isla de Escorpios. La propiedad privada que su padre compra en el mar Jónico cuando ella tiene 4 años.

Tiene su propia habitación en el yate familiar, un barco de 99 met de eslora llamado Cristina o bautizado así en su honor. En ese yate hay una piscina que se transforma en pista de baile por las noches. Hay una sala de cine privada. Hay un bar tallado con hueso de ballena cuyos taburetes están forrados con piel de los testículos de una ballena casada por el capitán del barco.

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