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Carlos Salinas De Gortari: La Verdadera Historia De Su Vida, Su Poder Y Por Qué México Lo Odia

Carlos Salinas De Gortari: La Verdadera Historia De Su Vida, Su Poder Y Por Qué México Lo Odia

Hay una noche en la historia de México que todavía hoy no termina de explicarse. Los resultados de una elección presidencial fluían con tensión en todo el país, cuando de pronto el sistema dejó de funcionar. Horas después, cuando volvió, el resultado ya era otro. El nombre que emergió como ganador fue el de Carlos Salinas de Gortari.

Esa noche marcó el inicio de una de las etapas más controvertidas del poder en México. Carlos Salinas de Gortari prometía modernizar al país, pero su figura quedaría ligada para siempre a decisiones, episodios  y preguntas que hasta hoy siguen sin respuesta definitiva. Pero para entender como Carlos Salinas de Gortari llegó a ese momento y cómo terminó convirtiéndose en presidente de México, es necesario retroceder a una familia que nació para ejercer poder.

Nació el 3 de abril de 1948 en la Ciudad de México, en el seno de una de las familias más influyentes del  sistema político mexicano. Su padre, Raúl Salinas Lozano, fue senador de la República y titular de la Secretaría de Industria y Comercio durante el gobierno de Adolfo López Mateos.

 Su madre, Margarita  de Gortari, era maestra con profundas raíces en la élite cultural del país. Carlos no nació pobre, nació con el mapa del poder ya dibujado en las manos. Desde pequeño fue identificado como el más inteligente de los hermanos. era el que leía más, el que hacía preguntas incómodas, el que mostraba una ambición que iba más allá de su edad.

 En la casa de los Salinas, la política no era una opción de carrera, era el aire que se respiraba. Las conversaciones en la mesa eran sobre presupuestos, alianzas, decisiones de estado. Mientras otros niños de su clase social jugaban en los jardines de Pedregal, Carlos observaba como su padre construía y destruía reputaciones con una llamada telefónica.

Aprendió eso, lo interiorizó y nunca lo olvidó. El Carlos, que creció en ese entorno fue un estudiante brillante que entró a la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudió economía y fue además profesor auxiliar de estadística. tenía una disciplina intelectual fuera de lo común y una capacidad para construir argumentos que dejaba sin palabras a sus catedráticos, pero no se conformó con México.

 En 1974,  junto con su primera esposa Cecilia Oxelli, se mudó a Boston para hacer su posgrado en la Universidad de Harvard. Allí estudió economía y administración pública y fue donde terminó de forjar la visión que después le cambiaría la cara a México para bien y para mal.  Cecilia Ochelli era su compañera de vida desde antes de llegar al poder.

 Se habían conocido desde jóvenes y en 1971 se reencontraron en Williamsburg, un pequeño pueblo cercano a Washington,  donde Carlos le pidió matrimonio. Eran una pareja que parecía complementarse.  Él, el intelectual calculador. Ella, la mujer discreta y elegante que sabía navegar los círculos del poder sin hacer ruido.

 En Boston tuvieron a su primera hija Cecilia en 1974.  Después vinieron Emiliano en 1976  y Juan Cristóbal en 1979. Por unos  años parecían la familia perfecta de un tecnócrata en ascenso. Cuando regresó a México en  1982, Carlos Salinas ya no era el mismo joven ambicioso que se había ido. Era un economista formado en Harvard conoscionales y una agenda clara, modernizar México a como diera lugar.

 Ese mismo año, su exprofesor en la UNAM, Miguel de la Madrid, ganó la presidencia y lo nombró secretario de programación y presupuesto. Era el cargo perfecto para alguien que quería controlar los números del país antes de controlarlo todo. Con ese cargo, Salinas comenzó a construir algo que ninguna Harvard podría enseñarle, una red de lealtades dentro del sistema priista que lo llevaría exactamente a donde quería llegar.

En 1987, de la Madrid lo ungió como el candidato del PRI a la presidencia. Era el dedazo, la tradición más antigua y más opaca del sistema político  mexicano. El presidente saliente señalaba con el dedo al sucesor y el partido lo aclamaba sin chistar. Salinas tenía 39 años. Era el candidato más joven en décadas y aunque su figura pública era la de un tecnócrata moderno, brillante y reformista, los que lo conocían de cerca sabían que detrás de esa imagen cuidadosamente construida había algo mucho más oscuro, mucho más

calculado,  mucho más peligroso. La campaña de 1988  fue tensa desde el primer día. Por primera vez en décadas, el PRI tenía una competencia real. Cuautemoc Cárdenas, hijo del presidente más querido en la historia de México,  había roto con el partido y se lanzó como candidato de la izquierda.

 Los mítines de Cárdenas llenaban plazas. La gente llegaba a verlo con una energía que el sistema nunca había tenido que enfrentar. Salinas hacía sus actos de campaña en recintos cerrados con asistencia organizada. En las encuestas no oficiales, Cárdenas iba adelante. En el ambiente político había una expectativa cargada de electricidad.

 Algo iba a pasar la noche del 6 de julio. La noche de la elección se convirtió en la escena más infame de la política mexicana del siglo XX. Las casillas  cerraron y los datos comenzaron a fluir hacia el sistema de cómputo de la Secretaría de Gobernación. En los primeros conteos, Cárdenas iba a la delantera.

 A las 8 de la noche, con los candidatos opositores ya en la sede de Gobernación denunciando irregularidades de forma abrupta, el sistema dejó de funcionar y cuando volvió, horas después, el ganador era Carlos Salinas de Gortari con el 50% de los votos. Cuautemoc Cárdenas con 31. La frase que marcaría la memoria política del país fue dicha por Manuel Bartlet, el secretario de Gobernación.

Se cayó el sistema. Nadie creyó el resultado. Las manifestaciones de protesta se multiplicaron en todo el país. Cárdenas, los candidatos opositores y miles de ciudadanos exigieron que Setines contaran  los votos. El Colegio electoral dominado por el PRI certificó la elección a favor de Salinas. Los paquetes electorales fueron destruidos años después, en 1991, antes de que pudieran ser auditados de manera independiente.

La historia oficial dice que Salinas ganó. La historia no oficial que comparten millones de mexicanos hasta el día de hoy dice que aquella noche le robaron la presidencia a Cárdenas  y a México le robaron la posibilidad de una transición democrática real. Carlos Salinas llegó al poder con una mancha que nunca pudo  quitarse.

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