C.HERMOSILLO : CONFESÓ LLORANDO LO QUE LE HIZO SALINAS – EL PRESIDENTE MAS ODIADO DE MEXICO
El segundo máximo goleador del fútbol mexicano, ídolo absoluto del Cruz Azul, héroe del Mundial México, 86. Y ese mismo hombre, destrozado por el presidente más odiado de México, Salinas, comprado por dinero por el clan político más oscuro del país y destrozado por la actriz más hermosa de Televisa, Laura Flores.
La versión que el público conoce de él es la versión limpia. Hoy vas a saber la oscura realidad de por qué Carlos Salinas decidió pagarle millones en silencio. La carta que recibió que lo destruyó durante meses. Aún peor, la noche que casi muere en la cancha y lo peor de todo, lo que pagó Laura Flores por haberlo dejado.
Su nombre es Carlos Manuel Hermosillo Goy Tortúa. El mundo lo conoce como el grandote de Cerro Azul. Y para entender cómo el goleador más temido del Cruz Azul terminó manchado por el escándalo más oscuro de la CONADE. Antes tienes que ver de dónde vino. Cerro Azul, Veracruz. 24 de agosto de 1964. un pueblo petrolero del norte del estado donde el calor pegaba a las 3 de la tarde como una bofetada, donde los niños jugaban al fútbol en canchas de tierra entre las torres de extracción de la compañía mexicana de petróleo.
En ese pueblo nació Carlos Manuel Hermosillo Goy Tortúa, hijo de una familia humilde donde su padre trabajaba largas jornadas en la refinería y su madre cocinaba para cinco hijos en una casa de cemento sin pintar. El cuarto de los hermanos, el más alto de todos. Por eso, desde los 6 años empezaron a decirle el grandote Cerro Azul en los años 70 era un pueblo de obreros, polvo y silencio.
Los hombres se iban a las 5 de la mañana a la refinería y volvían a las 8 de la noche oliendo a petróleo. Los niños crecían sin verlos. Y los domingos, el único día que el padre estaba en casa, lo dedicaba a dormir. Carlos creció con un hermano mayor que lo cuidaba más que el padre.
Se llamaba Heriberto, 4 años mayor, el que lo llevaba a las canchas, el que le compraba los primeros tenis con sus ahorros de la refinería, el que le explicaba cómo cabecear el balón en el aire. Heriberto era el héroe silencioso de Carlos, el padre que el padre nunca pudo ser. Y un día de 1975, cuando Carlos tenía 11 años, Herriberto con 15 le hizo una promesa que iba a marcar el resto de su vida.

Le dijo, “Carlitos, tú vas a ser jugador profesional del Cruz Azul. Yo te voy a llevar.” Carlos asintió esa tarde sin entender lo que estaba prometiendo, pero Heriberto sí entendía. Heriberto sabía que su hermano menor tenía algo que ningún otro niño del pueblo tenía. Una capacidad para cabecear el balón en el aire que se sentía sobrenatural, una potencia en las piernas para saltar como si tuviera resortes y una inteligencia para leer la portería que los entrenadores adultos no podían explicar.
Desde esa tarde, Eriberto se convirtió en el manager personal de su hermano. Le compró botines usados en el mercado de Tampico. Le pagó los pasajes en autobús para ir a entrenar a Posa Rica y habló a los ojeadores del Cruz Azul que pasaban por Veracruz una vez al año. Carlos, a los 14 años entró a las fuerzas básicas del Cruz Azul.
Eriberto con 18 dejó la refinería para irse con él a la ciudad de México. Vivían en un cuarto rentado de la colonia Doctores. Comían frijoles con tortilla 5co días a la semana y Heriberto trabajaba de albañil durante el día para pagar la renta mientras Carlos entrenaba en la noria con los muchachos de la cantera. Esa promesa de Heriberto hecha en un pueblo polvoriento de Veracruz una tarde de 1975 se cumplió.
Carlos Hermosillo debutó con el primer equipo del Cruz Azul el 12 de octubre de 1984, 20 años, camiseta celeste, Estadio Azteca. Y al minuto 67 recibió un balón por la izquierda, acomodó el cuerpo y disparó. ¡Gol! Su hermano Heriberto en la tribuna popular del Azteca lloró como un niño esa tarde. Lo que ninguno de los dos sabía esa noche era que 40 años después, en febrero de 2025, Heriberto iba a morir solo en un hospital de Veracruz y que Carlos, en esa misma cama sostendría su mano una última vez.
Recordando esa tarde polvorienta de 1975, cuando un niño de 15 años le prometió a un niño de 11 que iba a ser jugador del Cruz Azul. Pero todavía no estamos en febrero de 2025. Todavía estamos en 1984, cuando Hermosillo era una promesa juvenil del Cruz Azul, cuando Heriberto seguía siendo albañil de día, cuando nadie en México sabía quién era el grandote de Cerro Azul.
Pasaron 2 años, 1986, y la vida le iba a presentar a Hermosillo la primera prueba grande de su carrera, el Mundial México 86. Marzo de 1986, Bora Milutinovic, técnico serbio de la selección mexicana, recibió la lista de convocados preliminares para el Mundial, que México iba a hacer sede por primera vez, 35 nombres, y entre ellos un delantero de 21 años del Cruz Azul que apenas tenía dos temporadas en primera división, Carlos Hermosillo.
Esta convocatoria era el sueño cumplido de Eriiberto, de su madre, de Cerro Azul entero. Carlos llamó por teléfono a su pueblo natal esa noche llorando y le dijo a su madre tres palabras. Le dijo, “Lo logramos, mamá, pero 5co semanas después todo iba a cambiar porque Hermosillo”, ese mismo mes, en una grabación del programa Siempre en domingo de Raúl Velasco, conoció a la mujer que iba a marcarlo para siempre.
Una actriz de 22 años. Cabello castaño claro. Cabello castaño claro. Sonrisa que iluminaba el plató. Voz de cantante. Su nombre era Laura Flores. Hermosillo esa noche, sentado en la grabación al lado del cantante Manuel Mijares, vio como Laura Flores entró al escenario para presentar su primer disco como solista llamado Preparatoria y se quedó sin habla.
40 años después, frente a las cámaras de la periodista Matilde Obregón, Hermosillo confesó lo que sintió esa noche. Dijo solamente una frase, dijo, “En cuanto la vi, supe que iba a ser la madre de mis hijos.” Y empezó a perseguirla. le mandó flores al estudio de Televisa, cartas escritas a mano, cassetes con canciones grabadas y pagó a un compañero del Cruz Azul para que la llamara por teléfono y le dijera que él, Hermosillo, estaba enamorado en serio.
Laura Flores resistió tres semanas, después aceptó salir con él a comer y durante los siguientes dos años Hermosillo y Laura Flores fueron la pareja más fotografiada del medio del espectáculo y el deporte en México. Iban a los premios de la radio, aparecían en TV Notas, salían en Cosmopolitan. Hermosillo le compró un anillo de compromiso con sus primeros ahorros como jugador profesional.
Iban a casarse después del Mundial 86. Pero algo pasó en mayo de 1986. Algo que Hermosillo no esperaba, algo que lo iba a destruir durante meses y que lo iba a marcar el resto de su vida. Guarda esta fecha en tu mente. Mayo de 1986. Concentración de la selección mexicana en Txcala. Vas a entender lo que pasó allí más adelante en este video.
Cuando llegue el momento de la revelación más dolorosa de la vida del grandote de Cerro Azul. Por ahora quédate con esto. Hermosillo no jugó el Mundial México 86. Bora Milutinovic lo dejó fuera del 11 titular en los cinco partidos. Lo único que hizo fue calentar en la banca y al final del torneo regresó al Cruz Azul con una decepción que el público mexicano nunca entendió porque la prensa creyó que era una decepción deportiva.
La verdad era otra. La verdad estaba en una carta que Hermosillo había recibido en su habitación del hotel de Tlazcala unas semanas antes del mundial. Pero todavía no es momento de contar eso. Por ahora vamos a seguir con la carrera de Hermosillo porque después del Mundial 86 todo cambió. 1987 Cruz Azul lo vendió al club América.
Sí, al rival eterno. La afición celeste en su última temporada con Hermosillo lo insultó. Le gritaron traidor, bendido, que se fuera del Estadio Azteca. Hermosillo cruzó al América aceptando un sueldo cinco veces más alto y se convirtió en el delantero estelar de los Azulcema durante dos temporadas, 1987 a 1989.
34 goles, dos veces subcampeón y entonces le llegó la oferta europea. 1989, el Standard Leash de Bélgica fichó a Hermosillo por la operación más cara de la historia del fútbol mexicano hasta ese momento. Una cantidad brutal para un delantero mexicano de 25 años. La afición mexicana celebró.
La prensa habló del primer mexicano que iba a triunfar en Europa después de Hugo Sánchez, pero el estándar L fue un fracaso total. Hermosillo jugó nueve partidos durante toda la temporada, marcó un solo gol. El técnico belga no lo entendía. Sus compañeros europeos no le pasaban el balón. La afición lo abuchaba cada vez que entraba al campo y en los entrenamientos Hermosillo lloraba en silencio mirando hacia la nieve afuera del estadio.
Una mañana de febrero de 1990, después de un partido perdido contra el Underlecht, Hermosillo levantó el teléfono y llamó a su hermano Heriberto a la Ciudad de México. Le dijo cinco palabras que ningún jugador mexicano había dicho antes en Europa. le dijo, “Quiero regresar a México, hermano.” Heriberto le contestó con una sola frase.
Le dijo, “Regrésate, Carlitos, aquí te quieren.” Y Hermosillo regresó, pero el regreso no fue al Cruz Azul, donde lo seguían odiando por haberse ido al América, tampoco al América, donde ya tenían reemplazante. Lo firmó el Monterrey, La Pandilla, un equipo de tradición que necesitaba un goleador para regresar a las primeras planas del fútbol mexicano.
Y en el Monterrey, Hermosillo recuperó lo que había perdido en Bélgica, la confianza. 1990 a 1991, 24 goles en una sola temporada. Máximo goleador del equipo, subcampeón de liga, convocatorias regulares con la selección mexicana. Y en esos meses de 1990 en Monterrey, Hermosillo conoció a la mujer que iba a cambiar para siempre su destino político y económico.
La mujer que iba a abrirle puertas que él nunca había soñado y la mujer que, sin que él lo supiera, ya tenía un plan diseñado para conectarlo con el clan político más oscuro de México. Su nombre era Aida Gatica. Tenía 23 años. Era hermosa, educada, hija de buena familia. Hermosillo la conoció en una gala benéfica en el club industrial de Monterrey y se enamoró perdidamente de ella en una sola noche, igual que se había enamorado de Laura Flores 4 años antes.
Pero esta vez la diferencia era enorme. Aí Gatica, lo que Hermosillo nunca sospechó, no era una mujer cualquiera. Aí Gatica era hermana de un hombre llamado José Alfredo Gatica. Y José Alfredo Gatica estaba casado con la hija mayor del expresidente Carlos Salinas de Gortari, una mujer llamada Cecilia Salinas o Cheli. Hermosillo en esa gala de Monterrey, no tenía manera de saber lo que significaba ese apellido.
Acababa de regresar de Bélgica. Estaba concentrado en recuperar su carrera. Llevaba un mes con el Monterrey y solo pensaba en meter goles. Pero del otro lado de la mesa, los hermanos Gaticas sí sabían exactamente quién era Carlos Hermosillo y por qué les convenía que su hermana se enamorara de él. Pero esa parte vas a entenderla en unos minutos.
Por ahora regresemos a Hermosillo y Aida en 1990, enamorados como dos jóvenes cualesquiera. Se casaron 10 meses después, en octubre de 1990, en una boda íntima en la Iglesia de la Sagrada Familia de la Colonia Roma. Solo familia y amigos cercanos, sin prensa, sin fotografías oficiales. Eso era extraño.
Hermosillo en ese momento era una de las estrellas del fútbol mexicano. Cualquier revista del corazón habría pagado lo que fuera por las fotos exclusivas de la boda. Pero los hermanos Gatica le pidieron a Hermosillo una sola cosa antes de la ceremonia. Le pidieron discreción total. Le dijeron, “Carlos, en nuestra familia no nos gusta la prensa. Vamos a hacerlo en privado.
” ¿Estás de acuerdo? Hermosillo aceptó sin preguntar por qué. Lo que él no sabía esa tarde de octubre de 1990, mientras firmaba el acta del matrimonio al lado de Aí Gatica en una iglesia vacía de la colonia Roma, era que esa misma firma lo estaba conectando con el clan político más oscuro de México moderno.
una conexión que 16 años después iba a explotar en su carrera con un escándalo que la CONADE nunca había visto y que iba a venir acompañada de 20,000 millones de pesos depositados en sus manos. Vamos a esa parte ahora. 3 de diciembre de 2006. Palacio Nacional, Ciudad de México. Felipe Calderón Inojosa, recién investido como presidente de la República después de una elección ganada por menos del 1% de los votos frente a las cámaras de televisión, anunció el nombramiento que ningún periodista mexicano se atrevió a investigar durante dos décadas. dijo
solamente una frase. Dijo, “El nuevo director de la Comisión Nacional del Deporte será Carlos Hermosillo, el grandote de Cerro Azul. Aplausos en el salón, sonrisas y nadie en el país.” Preguntó la única pregunta que importaba esa tarde. ¿Por qué un exfutbolista sin estudios de administración pública, sin un solo año dirigiendo institución alguna, sin experiencia política, recibía el cargo más codiciado del deporte? mexicano con un presupuesto de 20,000 millones de pesos en sus manos, cuatro veces más que el director
anterior, Nelson Vargas. Nelson, ¿de dónde había salido esa decisión? ¿Qué favor estaba pagando Felipe Calderón y a quién? La respuesta nadie la quiso publicar durante 20 años, pero estaba en ese papel de matrimonio firmado 16 años antes en aquella iglesia modesta de la colonia Roma.
Cuando Hermosillo se casó con Aida Gatica. Porque José Alfredo Gatica, el hermano de Aida, casado con Cecilia Salinas Ocheli, era el operador silencioso del clan Salinas dentro del partido Acción Nacional, un hombre que durante los 6 años del sexenio de Vicente Fox movía hilos entre el PRI y el PAN, articulando favores entre familias políticas que aparentaban ser rivales, pero que se necesitaban en privado.
Y cuando Felipe Calderón ganó la elección en julio de 2006 con todo el país protestando por el supuesto fraude electoral, el equipo de transición del nuevo presidente recibió una lista de nombramientos que tenían que pasar sí o sí. En esa lista estaba Carlos Hermosillo para la CONADE. ¿Por qué el clan Salinas quería a Hermosillo en la CONADE? que iba a ser Hermosillo con los 20,000 millones de pesos que ningún director anterior había manejado.
¿Y por qué nadie en el país conectó nunca el apellido Gatica con el apellido Salinas? La respuesta llegó 3 años después, en marzo de 2009, cuando Hermosillo, sin haber terminado el sexenio, sin haber entregado una sola medalla olímpica de oro, sin haber construido un solo centro deportivo prometido en su discurso de toma de protesta, renunció a la CONADE con una explicación que nadie creyó.
dijo que iba a ser candidato a diputado federal del PAN, que su pasión era la política, que la CONADE le había quedado pequeña. Y el exdirector Nelson Vargas, frente a las cámaras del periódico El Universal, 18 años después, pronunció la frase que el país entero recordó como el epitafio de la gestión de Hermosillo.
Dijo solo cuatro palabras. dijo. La cruz azuleó toda, refiriéndose a que Hermosillo destruyó en 2 años y tr meses lo que él, Nelson Vargas, había construido durante 6 años con la mitad del presupuesto y que durante esos 2 años de Hermosillo en la CONADE, los 20,000 millones de pesos sencillamente desaparecieron sin centros deportivos, sin medallas, sin atletas becados, sin programas funcionales.
Pero la verdad oscura no era que Hermosillo había sido incompetente. La verdad oscura era que Hermosillo había sido instalado en la CONADE para que los 20,000 millones de pesos pasaran por las manos correctas y nadie hiciera preguntas. Y la única persona en México que conocía exactamente por qué manos pasó ese dinero era el operador silencioso del clan Salinas.
El hombre, cuya hermana se casó con Hermosillo en 1990, José Alfredo Gatica, el esposo de Cecilia Salinas Sochelli. Pero todavía no vamos a explicar a dónde fueron esos 20,000 millones de pesos. Antes tienes que ver lo que pasó con Hermosillo en el campo durante los años de su gloria deportiva. Cuando ganaba goles, rompía récords, se convirtió en el ídolo absoluto del Cruz Azul y la noche que casi muere en la cancha por defender una camiseta que 10 años después lo iba a olvidar. Vamos a esa parte ahora.
Pero antes de la CONADE, antes de los 20,000 millones de pesos, antes del clan Salinas, Hermosillo todavía era el goleador más temido del fútbol mexicano. Y la historia de cómo casi muere en una cancha por defender la camiseta del Cruz Azul es la historia que pocos mexicanos conocen completa. Vamos a esa parte ahora. 1991.
Cruz Azul, dirigido por el técnico chileno Carlos Reynoso, necesitaba un centro delantero de jerarquía. Llevaban 7 años sin ganar un título de liga. La afición exigía un goleador y la directiva celeste tomó una decisión que iba a marcar la historia del club. Recomprar a Hermosillo del Monterrey. Hermosillo aceptó sin pensar dos veces.
El Cruz Azul era el equipo de Eriiberto, el equipo de su madre, el equipo de Cerro Azul. Y aunque la afición celeste lo había abuado 5 años antes cuando se fue al América, Hermosillo sabía que los goles iban a hacerle olvidar a la afición lo que él había hecho y los goles llegaron como una avalancha. Temporada 1990 y 3 a 94. 27 goles.
Temporada 1994 a 95. 35 goles. Récord absoluto del Cruz Azul. Récord absoluto del fútbol mexicano para un solo torneo. Temporada 1995 a 96. 26 goles. 88 goles en tres temporadas consecutivas. Una marca que 30 años después todavía ningún goleador mexicano ha podido igualar con la camiseta del Cruz Azul. Hermosillo se convirtió en el máximo goleador histórico del club celeste.
Superó a Octavio Musiño, el ídolo asesinado a los 24 años en Guadalajara. superó a Héctor Pulido, a Fernando Bustos y a cualquier delantero que hubiera vestido la camiseta celeste en la historia del equipo. Y la afición que lo había abucheado en 1986. Esa misma afición ahora le cantaba su nombre.
Cada vez que pisaba el Estadio Azteca le gritaban grandote, capitán, máquina celeste. Pero el Cruz Azul, a pesar de los goles de Hermosillo, no ganaba el título. Quedaba subcampeón, semifinalista, fuera en cuartos de final, una maldición de 15 años sin levantar la liga mexicana. La afición empezaba a desesperarse. Los periodistas hablaban de la maldición celeste.
Hermosillo metía goles y goles, pero los títulos no llegaban. Y mientras tanto, en 1994, Hermosillo tenía la oportunidad de jugar el mundial que se había perdido 8 años antes en México, el Mundial Estados Unidos 94. Esta vez Miguel Mejía Varón, técnico de la selección mexicana, sí iba a darle minutos. 1994, junio, Estados Unidos, México llegaba como uno de los equipos a vencer en el grupo E junto a Italia, Irlanda y Noruega.
Y Hermosillo, máximo goleador del Cruz Azul, era el delantero estelar de la convocatoria. México empató 0 a0 con Noruega en el primer partido. Hermosillo entró al minuto 67, no tuvo ocasión de gol. El segundo partido fue contra Irlanda en Orlando. Una victoria histórica 2 a 1 para México. Hermosillo entró en el segundo tiempo, trabajó como volante por la banda izquierda, no marcó. A.
El tercer partido fue contra Italia en Washington, empate 1 a 1. Y en ese partido Hermosillo vivió uno de los momentos más amargos de su carrera con la selección mexicana. Al minuto 74, México iba ganando 1 a0. El técnico italiano Arriigochi metió un cambio. Hermosillo recibió un balón largo en el área italiana, lo bajó con el pecho, giró y disparó por encima del travesaño por 2 cm.
Si ese balón entra, México se clasifica como primero de grupo y enfrenta a Nigeria en octavos por 2 cm. México quedó segundo, enfrentó a Bulgaria. Empate 1 a 1 al final del tiempo extra. penales y Bulgaria eliminó a México con tres penales fallados. Hermosillo, esa noche en el vestidor de Washington lloró durante una hora sentado con la cabeza entre las manos.

Marcelino Bernal, su compañero de selección, se acercó y le puso la mano en el hombro. Le dijo, “Carlos, ya pasará.” Hermosillo no levantó la cara. 2 cm. Le habían costado el mundial, le habían costado la oportunidad de ser recordado como héroe nacional y le habían arrebatado lo que había soñado durante 8 años desde Tlazcala.
Y mientras Hermosillo regresaba a México con la decepción del Mundial 94, otro delantero mexicano estaba a punto de convertirse en el referente histórico del país. Un hombre que iba a marcar su carrera durante las siguientes dos décadas. Un hombre que 10 años después iba a llamarlo traidor del gremio frente a una cámara de televisión.
Su nombre era Hugo Sánchez. Hugo Sánchez en 1994 acababa de regresar a México después de su carrera europea con el Real Madrid. Pentapichichi, cinco veces máximo goleador de la Liga española, el jugador mexicano más exitoso de la historia. Y Hugo, con 36 años todavía esperaba ser titular indiscutible de la selección mexicana, pero Mejía Varón decidió que Hermosillo iba a compartir minutos con Hugo Sánchez en el Mundial 94.
Y desde ese momento entre los dos delanteros se desató una rivalidad silenciosa que la prensa mexicana cubrió durante años sin entender lo que estaba pasando en el vestidor de la selección. Hugo Sánchez no soportaba a Hermosillo por una sola razón, porque Hermosillo, sin haber tenido la carrera europea, sin haber ganado Pichichis, sin haber jugado en el Real Madrid, estaba metiendo más goles que él en la Liga Mexicana.
Y porque Hermosillo en cada concentración de la selección no le mostraba la diferencia que Hugo Sánchez exigía de los jugadores más jóvenes del equipo. Una mañana de mayo de 1995, en la concentración de la selección mexicana en el centro de alto rendimiento, Hugo Sánchez se acercó a Hermosillo en el vestidor, lo miró a los ojos y le dijo solamente una frase.
le dijo, “Carlos, en este equipo el único delantero centro soy yo. Tú eres mi suplente.” Hermosillo le contestó con una sola frase. Le dijo, “Hugo, yo respeto tu carrera, pero yo metí 35 goles esta temporada. Tú no. El titular tiene que ganárselo con goles. Hugo Sánchez se dio la vuelta sin contestar y desde esa mañana entre los dos delanteros no volvió a haber una sola conversación amistosa en todas las concentraciones de la selección durante los siguientes 3 años.
Pero la guerra silenciosa entre Hugo Sánchez y Hermosillo no era la única traición que el grandote de Cerro Azul estaba viviendo en esos años. Porque dos años antes, en 1993, Hermosillo había cometido el error más grande de su carrera fuera de la cancha. El error que iba a hacerlo ganarse el odio del gremio entero del fútbol mexicano durante 30 años.
1993, Asamblea de la Asociación Mexicana de Futbolistas, salón privado de la Federación Mexicana de Fútbol, Ciudad de México. 50 jugadores reunidos para tomar la decisión más importante de su historia laboral. iban a votar para desaparecer el llamado draft mercado de piernas, un sistema brutal donde los dueños de los equipos se reunían una vez al año en un salón cerrado de Cancún, sin presencia de jugadores, sin presencia de prensa y subastaban jugadores como si fueran ganado.
Los compraban, los vendían, los intercambiaban como mercancía sin consultarlos, sin pagarles porcentajes, sin que pudieran negarse a un traspaso. 50 jugadores, una sola votación y Carlos Hermosillo, máximo goleador del Cruz Azul, capitán moral de la generación, ídolo absoluto del fútbol mexicano, se sentó en la primera fila del salón.
Cuando llegó el momento de votar, Hermosillo se levantó. caminó hacia el micrófono central y frente a sus 50 compañeros, frente a las cámaras de la prensa deportiva, frente al destino del fútbol mexicano, pronunció una frase que ningún jugador olvidó en su carrera. Dijo, “Yo no voy a votar contra el draft. Yo no estoy de acuerdo con eso.
” Y dio media vuelta. Se fue de la asamblea sin votar. Esa misma tarde la asamblea fracasó. La votación no alcanzó el quórum sin el voto de Hermosillo y de otros cuatro capitanes que se levantaron detrás de él. El draft sobrevivió. Los dueños de los equipos celebraron en sus oficinas.
La prensa deportiva publicó al día siguiente que Hermosillo había salvado el sistema de la liga mexicana y los 50 jugadores que confiaban en Hermosillo le pusieron un nombre que iba a perseguirlo el resto de su vida. Le pusieron traidor, esquirol, vendido. Hermosillo durante los siguientes años evitó hablar del tema en entrevistas. Cuando un periodista le preguntaba por la asamblea de 1993, Hermosillo cambiaba de tema.
Decía que había sido un voto técnico, que no estaba de acuerdo con la forma del movimiento, que el draft tenía cosas buenas y cosas malas, pero la verdad era otra. 10 años después, en 2006, cuando recibió el nombramiento de la CONADE con los 20,000 millones de pesos en sus manos, el gremio entero del fútbol mexicano.
Entendió por qué Hermosillo había salvado el draft en 1993. Habían sido los dueños de los equipos, los hermanos Gatica, la conexión Salinas o Chelly, porque entre los dueños de los equipos que se beneficiaban del draft estaban los socios del clan Salinas. Y porque Hermosillo, sin que él mismo lo entendiera del todo en ese momento, ya estaba siendo manejado por las manos correctas del clan político más oscuro de México, pero esa parte del rompecabezas todavía no se había revelado.
En 1993, Hermosillo solo entendía que había hecho algo que sus compañeros no le iban a perdonar. Y durante años, en los vestidores de la selección mexicana, en las concentraciones, en los entrenamientos, Hermosillo sintió como otros jugadores le hablaban con frialdad, no lo incluían en las pláticas, no contestaban sus llamadas después de los partidos.
Hugo Sánchez en una entrevista al programa La última palabra años después fue el primero en pronunciar la palabra que el gremio había usado para describir a Hermosillo desde 1993. Hugo dijo solamente una frase, dijo, “Carlos siempre estuvo del lado de los dueños, no del lado de los jugadores. Por eso nadie lo quiere en el medio.
” Pero los goles seguían llegando y mientras los goles llegaban, la afición seguía perdonándolo, aunque sus compañeros del gremio no lo hicieran. Y entonces, en 1997, todo se acumuló. La traición del draft, la rivalidad con Hugo Sánchez, la maldición celeste de 15 años sin título, la presión de Eriiberto desde Cerro Azul, la presión de Aida Gatica desde Ciudad de México y la presión de la afición del Azteca que veía como Hermosillo después de cinco temporadas en el Cruz Azul todavía no había ganado el título de liga que prometió desde el
primer día. 1997 iba a ser el año que todo cambió. Noviembre de 1997. Cruz Azul terminó la temporada regular en segundo lugar de la tabla Liguilla. El equipo eliminó al Necaxa en cuartos de final. Eliminó al Toluca en semifinales con un gol de Hermosillo al minuto 92 y llegó a la final contra el León.
Equipo dirigido por el argentino Ricardo La Volpe. La ida se jugó el 7 de diciembre de 1997 en el estadio Azteca, empate 2 a 2. Hermosillo marcó uno de los goles. Pero al minuto 72 del partido, en una jugada dentro del área de León, un defensor leonés llamado Gerardo Lugo le entró por atrás con el codo izquierdo levantado. Hermosillo cayó al pasto agarrándose el costado derecho.
La afición del Azteca aplaudió mientras los médicos del Cruz Azul corrían al campo. El estadio entero pensó que era un golpe normal, que iba a levantarse en unos minutos. Pero Hermosillo, esa noche en el hospital ABC de Ciudad de México, recibió una noticia que iba a marcarlo para siempre. El médico oficial del club, el Dr.
Adolfo Cárdenas, le mostró las placas de rayos X del costado derecho, dos costillas rotas, la novena y la décima, fractura limpia y 2 cm más, le había perforado el pulmón. El doctor Cárdenas le dijo, “Carlos, la final de vuelta es en 7 días, no puedes jugar. Si te entra otro golpe en el mismo costado, las costillas rotas te perforan el pulmón.
Te puedes morir en la cancha. Hermosillo sentado en la camilla del hospital, con los ojos cerrados, escuchó esa frase tres veces antes de responder y cuando respondió le dijo al doctor Cárdenas una sola frase. Le dijo, “Doctor, yo no me pierdo esta final por nada del mundo.” El doctor Cárdenas insistió durante seis días.
Carlos Reynoso, el técnico, también le pidió que no jugara. Aida Gatica, su esposa, le rogó que no entrara al campo. Eriberto, su hermano, llamó por teléfono desde Cerro Azul para suplicarle. Le dijo, “Carlitos, hermano, te puedes morir. Por una final no vale la pena.” Hermosillo no escuchó a nadie. 14 de diciembre de 1997.
Estadio No Camp, León, Guanajuato. Final de vuelta del torneo invierno 97, Cruz Azul contra el León. 42,000 aficionados en la tribuna, 12 millones de mexicanos pegados al televisor. Hermosillo entró al estadio con un chaleco protector de 3 cm de espesor cubriéndole el costado derecho.
Casi imposible respirar profundo, correr a velocidad máxima, girar el cuerpo sin sentir las costillas crujiendo bajo el chaleco. Carlos Reinoso lo dejó en la banca al principio del partido. Empate 1 a un al final del primer tiempo. Empate 1 a un al final del segundo tiempo. Tiempo extra, dos partes de 15 minutos cada una.
Cruz Azul necesitaba ganar para llevarse el título por el global 4 a3. Y al minuto 6 del primer tiempo extra, Carlos Reynoso volteó a mirar a Hermosillo en la banca. Lo miró a los ojos y le hizo la pregunta. Le dijo, “¿Entras?” Hermosillo se levantó, se quitó el suéter, se ajustó el chaleco protector, caminó hacia el cuarto árbitro y entró al campo del no camp afición del león gritándole insultos.
Los defensores leones sabiendo que iban a buscarle las costillas y las cámaras de Televisa enfocando su cara pálida de dolor. Y al minuto 95 del partido, dentro del área grande de León, el portero argentino Ángel David Comizo salió a despejar un centro alto. Hermosillo entró a disputar el balón con la cabeza. Comizo lo recibió con una patada en plena cara.
Sangre, el silvato del árbitro. Penal a favor del Cruz Azul. La afición leonesa silvó. Los defensores del León protestaron al árbitro. Comizo se tiró al pasto fingiendo dolor y los compañeros de Hermosillo corrieron a abrazarlo esperando que el técnico mandara a otro jugador a cobrar el penal. Pero hermosillo, con la sangre escurriéndole de la nariz, con las costillas rotas crujiendo bajo el chaleco, con el pulmón a 2 cm de perforarse, agarró el balón, lo puso en el punto, miró al portero argentino y disparó al palo izquierdo.
¡Gol! Cruz Azul ganó su octavo título de Liga Mexicana. La maldición de 15 años terminó esa noche en el no Camp de León y Hermosillo fue cargado en hombros con el chaleco protector puesto, con la sangre todavía corriéndole de la nariz, llorando como un niño en medio de la cancha.
Esa noche, en el vestidor del Cruz Azul, después de la celebración con Champaña, el Dr. Adolfo Cárdenas se acercó a Hermosillo. Le dijo frente a Aida Gatica, que había llegado en avión privado desde Ciudad de México con la familia. pronunció solo una frase. Dijo, “Carlos, estuviste a un golpe de morirte hoy. Espero que valió la pena.” Hermosillo le respondió con la voz quebrada.
dijo, “Por el Cruz Azul, doctor, cualquier costilla, cualquier sangre, cualquier riesgo” y se fue a celebrar con la afición celeste que lo esperaba afuera del estadio. Lo que Hermosillo no sabía esa noche en el No Camp, mientras los aficionados del Cruz Azul lo cargaban en hombros, comiso lo veía desde la banca con una toalla en la cara fingiendo dolor y la sangre todavía le manchaba el cuello de la camiseta celeste.
Lo que Hermosillo no sabía esa noche era que 10 años después, los mismos directivos del Cruz Azul que esa noche lo cargaban en hombros. Iban a olvidarlo, a no devolverle ni una sola llamada, a tratarlo como si nunca hubiera existido, por una razón que vas a conocer en unos minutos. Pero antes tienes que entender lo que pasó en mayo de 1986, 11 años antes de la final del No Camp, cuando Hermosillo era un joven de 21 años en la concentración de la selección mexicana en Txcala, esperando el mundial México 86 y recibió debajo de la puerta de su habitación del hotel una carta
escrita a mano que iba a destruirlo durante meses. Una carta de la actriz más famosa de Televisa. La mujer con la que iba a casarse, que llevaba dos años de novia con él, a la que le había dado un anillo de compromiso. Su nombre era Laura Flores. Y lo que esa carta decía esa madrugada en Txcala, lo que Laura Flores escribió con su letra inconfundible, lo que Hermosillo leyó tres veces sentado en el suelo de su habitación del hotel hasta que salió el sol es la revelación más dolorosa de la vida del grandote de Cerro Azul. Vamos a
esa parte ahora. Mayo de 1986, Tlazcala, México. Concentración final de la selección mexicana para el mundial México 86. El mundial más importante de la historia del país. Carlos Hermosillo, 21 años. El delantero más joven convocado por Bora Milutinovic. Vivía la semana más importante de su vida hasta ese momento.
Era el novio oficial de la actriz más prometedora de Televisa. Una mujer hermosa, talentosa, con voz de cantante. Su nombre era Laura Flores. La revelación juvenil del melodrama mexicano. Hija de una familia de clase media de Reinosa, Tamaulipas, 22 años. Sonrisa que iluminaba cada plató de Televisa donde aparecía. Laura Flores y Carlos Hermosillo llevaban dos años de novios.
Él le había dado un anillo de compromiso. Le mandaba flores, regalos y telegramas desde cada concentración con la selección mexicana. iban a casarse después del mundial y todo el mundo del espectáculo y el deporte mexicano veía a la pareja como el matrimonio del año. Pero antes de la madrugada de la carta, antes de la traición, antes de Sergio Facheli, tienes que entender de dónde venía esa relación y por qué Hermosillo la sintió como la herida más profunda de su vida adulta.
La pareja se había conocido en una grabación del programa Siempre en domingo de Raúl Velasco en marzo de 1984. Hermosillo tenía 19 años, acababa de debutar con el Cruz Azul, llevaba dos goles marcados en el primer equipo. La directiva celeste lo había llevado a la grabación de siempre en domingo para que los aficionados nuevos lo conocieran fuera de la cancha.
Y esa tarde de marzo, sentado en el sillón del estudio al lado de Manuel Mijares, Hermosillo vio entrar al escenario a una joven actriz con un vestido azul, cabello castaño claro, sonrisa nerviosa, que iba a cantar por primera vez en televisión nacional un sencillo de su primer disco como solista. El sencillo se llamaba Barcos de papel.
Hermosillo se quedó sin habla durante toda la presentación. Cuando Laura Flores terminó de cantar, los aplausos del público en el estudio se prolongaron por casi un minuto. Raúl Velasco le pidió a Laura que pasara al sillón principal para una entrevista corta. Laura se sentó al lado de Hermosillo sin mirarlo. Velasco la presentó como la joven actriz que iba a debutar en la telenovela El derecho de nacer junto a Verónica Castro y Humberto Zurita.
Hermosillo terminando la grabación se acercó al productor del programa y le pidió el número de teléfono de Laura Flores. El productor, un hombre llamado Luis Deano, le dijo que no podía darle ese número a un futbolista, que Laura era una joven artista respetable, no una Groupy de los deportistas. Hermosillo insistió durante una hora.
Le ofreció dinero, camisetas firmadas, entradas para los partidos del Cruz Azul. Al final, Luis de Lano se dio y le dio el número del teléfono fijo de la casa de los padres de Laura Flores en la colonia Nápoles de la Ciudad de México. Hermosillo llamó esa misma noche. A las 9:15, contestó la madre de Laura.
Hermosillo se presentó como un admirador y pidió hablar con la señorita Laura. La madre dudó. Le preguntó qué profesión tenía. Hermosillo le contestó, “Futbolista del Cruz Azul. La madre de Laura, una mujer educada de Reinosa que prefería a los artistas a los deportistas, le dijo que Laura estaba ocupada con sus estudios de canto y que no podía recibir llamadas en ese horario. Hermosillo no se rindió.
Durante los siguientes 30 días llamó a esa casa de la colonia Nápoles tres veces por semana. Le mandó flores al estudio de Televisa, cartas escritas a mano, cassetes con canciones grabadas y pagó a un compañero del Cruz Azul, el delantero Carlos Muñoz, para que la llamara por teléfono y le dijera que él, Hermosillo, estaba enamorado en serio.
Laura Flores resistió tres semanas, después aceptó salir con él a comer. Comieron en el restaurante Champs Elisés de la zona rosa. Hermosillo pagó la cuenta con un fajo de billetes nuevos que había sacado del banco esa misma tarde. Laura le contó de sus sueños de ser actriz protagónica de Televisa. Hermosillo le contó de su pueblo natal en Cerro Azul, de su hermano albañil Eriberto, de su madre que le rezaba a la Virgen del Carmen cada vez que él jugaba un partido importante.
Laura Flores se enamoró esa misma noche y durante los siguientes dos años, entre marzo de 1984 y mayo de 1986, Hermosillo y Laura Flores vivieron el romance más fotografiado del medio del espectáculo y el deporte mexicano. Iban juntos a los premios de la radio, salían en TV Notas, aparecían en Cosmopolitan. Hermosillo le regaló su primer auto de lujo, un Mustang convertible de color rojo con el sueldo de tr meses del Cruz Azul.
Laura le regaló a Hermosillo un reloj Cartier grabado con la fecha de la primera cita. Hicieron un viaje juntos a Cancún en abril de 1985, donde Hermosillo le dio el anillo de compromiso en la playa con un mariachi contratado frente al mar. Iban a casarse después del Mundial México 86. tenían el lugar reservado, la iglesia escogida, los vestidos diseñados, los invitados confirmados.
Hermosillo había contratado al productor de música Marco Antonio Solís para que escribiera una canción exclusiva para el primer baile. Laura Flores había ido a las pruebas de vestido tres veces con su madre y su hermano mayor Luis Flores. Pero algo cambió en marzo de 1986. Algo que Hermosillo no entendió en su momento, algo que solamente 40 años después, en la entrevista con Matilde Obregón iba a confesar.
Marzo de 1986, estudio uno de Televisa, programa Siempre en domingo otra vez. Solo que esta vez Hermosillo no estaba en el estudio, estaba en una concentración de la selección mexicana en San Diego, California, jugando partidos de preparación contra equipos universitarios. Y Laura Flores ese domingo fue a la grabación de Siempre en domingo para presentar su nuevo álbum como solista llamado De Corazón a corazón.
Esa misma noche, en la grabación, Laura conoció al productor musical del álbum, un cantautor uruguayo que había llegado a México un año antes. Contratado por Luis de Llano, 24 años. Pelo rizado, ojos verdes, voz baja de bolero, compositor de canciones románticas para los artistas más jóvenes de Televisa y autor del sencillo principal del álbum De corazón a corazón. Su nombre era Sergio Facheli.
Esa noche en el estudio, después de la grabación, Facheli invitó a Laura a tomar un café en la cafetería de Televisa. Laura aceptó. Hablaron durante dos horas de música, de boleros, de los compositores uruguayos que ella nunca había escuchado. Faqueli le habló de Alfredo Cita Rosa, de Rubén Rada, de los poetas malditos del Río de la Plata.
Y Laura Flores esa noche sintió por primera vez algo que nunca había sentido con Hermosillo, la conexión artística, esa que solamente comparten dos personas que viven de la música, del melodrama, del aplauso del público en el estudio. Hermosillo era futbolista, Laura Flores era cantante y Sergio Facheli esa noche en la cafetería de Televisa le hizo entender a Laura que un futbolista nunca iba a entender lo que ella vivía.
cada vez que pisaba un escenario. Durante las siguientes seis semanas, entre marzo y mayo de 1986, mientras Hermosillo estaba concentrado con la selección mexicana, primero en San Diego y después en Tlaxcala, Laura Flores y Sergio Facheli se vieron casi todos los días en Televisa. Tomaban café juntos, grababan canciones juntos, salían a cenar juntos a restaurantes del centro de la Ciudad de México, donde Hermosillo no podía verlos.
Y a Hermosillo, en la concentración de Tlaxcala, le empezaron a llegar rumores, llamadas de amigos, mensajes de compañeros de equipo, comentarios casuales del personal del hotel que leía las revistas del corazón. Hermosillo escuchaba todo y no quería creer. Habló por teléfono con Laura desde Tlascala en cuatro ocasiones distintas durante esas seis semanas.
Le preguntó directamente, le dijo, “Laura, ¿estás saliendo con alguien? Laura le contestó las cuatro veces que no, que estaba grabando un álbum nuevo, que el productor era exigente, que ella estaba esperando el mundial para que él regresara y se casaran como habían planeado. Hermosillo le creyó las cuatro veces hasta esa madrugada de mayo.
Una madrugada después de un entrenamiento brutal en el campo de Tlaxcala, Hermosillo regresó a su habitación del hotel Misión Tlaxcala. Las 3:30 de la mañana. El cuerpo destrozado por el calor y los ejercicios físicos entró a la habitación, encendió la luz y caminó hacia la cama para dormir. Y entonces vio el sobre, estaba debajo de la puerta, color blanco, sin remitente, solo su nombre escrito a mano, Carlos Hermosillo, con la letra inconfundible de Laura Flores.
Hermosillo se sentó en la cama, abrió el sobre con las manos temblando, sin saber por qué, sacó dos hojas de papel, las leyó tres veces antes de poder entenderlas y cuando entendió, se levantó, caminó hasta la ventana de la habitación y se quedó mirando la oscuridad de Tlaxcala durante una hora sin moverse.
Laura Flores lo dejaba por otro hombre. Un cantante uruguayo de 24 años llamado Sergio Facheli, compositor de boleros románticos producido por Luis de Llano para Televisa, un hombre que Hermosillo nunca había visto en persona, pero del que había escuchado un par de canciones en la radio durante los viajes de la selección mexicana.
La carta tenía solamente tres párrafos. Laura le decía a Hermosillo que se había enamorado de Sergio durante la grabación del programa siempre en domingo, dos meses antes, que no había sido planeado, las cosas habían pasado solas y ella necesitaba seguir su corazón y que el anillo de compromiso ella se lo iba a devolver con un mensajero al hotel de Tlazcala esa misma semana.
Hermosillo lloró sentado en el suelo de su habitación del hotel hasta que salió el sol 40 años después. Frente a las cámaras de la periodista Matilde Obregón, Hermosillo confesó lo que sintió esa madrugada en Tascala. Dijo solamente una frase. Dijo, “Cuando uno está enamorado, hay un dolor que sientes que dices, ¿cuándo se va a acabar este dolor?” Todos los días lloraba.
A la mañana siguiente, en el entrenamiento de la selección mexicana, Bora Milutinovic notó algo extraño en Hermosillo. Lo vio correr lento, sin energía, sin la intensidad de las semanas anteriores. Bora se acercó a él en el descanso, le preguntó qué le pasaba. Hermosillo no le contestó, solo siguió entrenando con los ojos rojos.
Y dos horas después, en el comedor del hotel, el compañero de Hermosillo que más le iba a doler escuchar, se acercó a su mesa. Se llamaba Luis Flores, centro delantero de los Pumas, hermano mayor de Laura Flores. Y el hombre que había acompañado a Laura durante esa misma semana a su casa después de las grabaciones de Televisa.
Luis Flores se sentó frente a Hermosillo, lo miró a los ojos y le dijo solamente una frase. Una frase que 40 años después Hermosillo confesó a Matilde Obregón que lo destruyó durante meses. Le dijo, “Mira, aquí tú llorando todos los días.” Y Laura con Facheli bien feliz. Hermosillo se levantó de la mesa sin contestar, salió al jardín del hotel y vomitó detrás de un árbol.
Esa misma tarde, Bora Milutinovic llamó a Hermosillo a su oficina del hotel, le pidió que se sentara, le dijo, “Carlos, no estás bien. Lo veo en cada entrenamiento, lo veo en tu cara. ¿Quieres regresar a Cruz Azul?” Hermosillo le dijo que no, que se quedaba con la selección, que iba a recuperarse para el mundial.
Bora le palmeó el hombro, le dijo, “Está bien, Carlos, pero si no te recuperas en una semana, te dejo fuera del 11 titular. Hermosillo no se recuperó. Durante los siguientes 10 días en Tascala. Hermosillo no comió bien, no durmió bien, no entrenó al 100%. Cada noche, antes de acostarse, miraba la carta de Laura Flores y leía los tres párrafos otra vez.
Cada noche lloraba en silencio para que sus compañeros no lo escucharan en la habitación de al lado y cada noche pensaba en Sergio Facheli, el cantante uruguayo que le había robado a la mujer de su vida sin haberlo conocido nunca. El 31 de mayo de 1986, dos días antes del debut de México en el mundial, Bora Milutinovic le dio la noticia que Hermosillo esperaba.
Le dijo, “Carlos, ¿vas a ir al banquillo? No vas a ser titular en el primer partido. Hermosillo asintió sin contestar. Mas sintió esa noche llamó por teléfono a su hermano Herriiberto en Ciudad de México. Más sintió. Más sintió. Le contó todo. Le habló de Laura, de la carta, de Sergio Facheli, de Bora.
Eriberto, del otro lado del teléfono, en su cuarto de albañil de la colonia Doctores, escuchó a su hermano menor llorar durante una hora y al final le dijo solamente cinco palabras. Le dijo, “Carlitos, una mujer no vale. Pero para Hermosillo, en mayo de 1986, en aquel hotel de Tlazcala, Laura Flores valía todo. Hermosillo no jugó el mundial México 86.
Bora Milutinovic lo dejó fuera del 11 titular en los cinco partidos del torneo. Solo entró en dos partidos como suplente sin marcar gol. Y cuando México fue eliminado por Alemania Federal en cuartos de final con un penal fallado de Fernando Quirarte, Hermosillo regresó a Ciudad de México con una decepción que el público mexicano nunca entendió, porque la prensa creyó que era una decepción deportiva, pero la verdad era otra.
La verdad estaba en aquella carta que Hermosillo había recibido en su habitación del hotel de Tlxcala. Una carta que durante 40 años Hermosillo guardó en una caja fuerte de su casa de Coyoacán y que solamente abrió una vez más en su vida cuando le dio la entrevista a Matilde Obregón en enero de 2026. Pero la historia de Laura Flores no termina con la carta de Tlascala, porque 32 años después de aquella madrugada de 1986, Laura Flores iba a pagar un precio que ni ella misma había imaginado por haber abandonado al grandote de Cerro Azul.
Vamos a esa parte ahora. 2008. Estado de México, zona Esmeralda, una colonia exclusiva al norte de la Ciudad de México, donde las casas de los famosos costaban más de 5 millones de pesos. Laura Flores, con 45 años ya no era la protagonista juvenil que había sido en los 80, pero seguía trabajando en Televisa, en telenovelas como En nombre del amor con Victoria Rufo y Arturo Peniche.
Y ese mismo año Laura Flores abrió un negocio con un amigo, el doctor veterinario Manuel Remolina, una clínica veterinaria de lujo en la zona Esmeralda para perros de famosos, para mascotas de las actrices de Televisa, para los animales de las familias acomodadas del Estado de México. La clínica empezó bien.
En los primeros tr meses atendían más de 100 clientes a la semana. Laura Flores aparecía a veces en la clínica para tomarse fotos con los dueños de las mascotas. El doctor Remolina manejaba la parte médica. Pero un día de septiembre de 2008, Laura Flores recibió una llamada en su teléfono celular. Era un hombre con voz tranquila, sin acento identificable.
Le dijo, “Señora Laura, queremos pasar a verla mañana a la clínica para hablar de negocios.” Laura Flores aceptó. Al día siguiente, dos hombres llegaron a la clínica veterinaria vestidos de traje, sin armas visibles. Se presentaron como representantes de un grupo empresarial que ofrecía protección a negocios de la zona.
Le dijeron a Laura Flores que la zona estaba peligrosa, que había muchos secuestros últimamente y que ellos podían garantizar que ningún empleado, ningún cliente, ninguna mascota de la clínica sufriera ningún daño a cambio de un pago mensual. Laura Flores entendió en ese momento quiénes eran esos hombres. Eran los Setas, el grupo criminal que durante esos años había tomado el control del crimen organizado en el centro y norte de México, que extorsionaba negocios, secuestraba empresarios, asesinaba civiles y policías a la luz del día. y al que
Felipe Calderón, el mismo presidente que 3 años antes había nombrado a Carlos Hermosillo en la CONADE, había declarado enemigo público número uno del Estado mexicano. Laura Flores les dijo a los dos hombres del traje que ella no iba a pagar derecho de piso, que su clínica era un negocio legal, que tenía contactos en Televisa, en la prensa, en el gobierno y que si ellos volvían a aparecer por la clínica iba a denunciarlos.
Los dos hombres del traje se levantaron, sonrieron sin decir nada, se dieron la vuelta y salieron de la clínica. Tres semanas después, Laura Flores recibió la llamada que iba a hacerla huir de México para siempre. Era un funcionario del DIF, Estado de México. Le dijo, “Señora Flores, su hija María estuvo a punto de ser secuestrada hace dos horas en la salida del colegio.
Dos hombres en una camioneta sin placas intentaron meterla a la fuerza. Una maestra alcanzó a gritar y los hombres huyeron. María está bien, está aquí en el DIF. María Flores en septiembre de 2008 tenía 9 años. Era la hija mayor adoptiva de Laura Flores. Y ese día los setas habían intentado secuestrarla a la salida del colegio angloamericano, Justo Sierra de Naucalpan.
Laura Flores esa misma noche tomó la decisión que iba a cambiar para siempre su vida. llamó a un agente de inmigración en Estados Unidos. Compró avión para Miami al día siguiente hizo las maletas con tres mudas de ropa para cada hijo y huyó de México sin avisar a sus compañeros de Televisa, sin avisar a la prensa, sin avisar a su propio socio Manuel Remolina.
Al día siguiente, 12 de septiembre de 2008, Laura Flores y sus cuatro hijos llegaron al aeropuerto de Miami con visas de turista. Nunca regresaron a México. Hoy Laura Flores vive en una casa modesta de Miami, en el barrio de Doral. Trabaja en una clínica canina cuidando perros y durante la pandemia de COVID19, en 2020 tomó cursos de peluquería para mascotas y monta a domicilio para cortar el pelo a perros de la comunidad cubana de Miami.
La mujer que en 1986 abandonó a Carlos Hermosillo por un cantante uruguayo llamado Sergio Facheli, la actriz más bonita de Televisa. La revelación juvenil del melodrama mexicano de los 80. 40 años después corta el pelo a perros de la diáspora cubana en Miami por miedo a regresar al país que la vio brillar, como si el destino, mil veces más cruel que cualquier guion de telenovela, le hubiera cobrado factura por haber abandonado al héroe del Cruz Azul una madrugada de mayo en un hotel de Tlascala, cuando él todavía era un joven enamorado de 21 años. Y mientras Laura
Flores cortaba el pelo a perros en Miami, Carlos Hermosillo seguía recibiendo las consecuencias de su propia caída. Porque después de la CONADE, después de los 20,000 millones de pesos, después de la traición al gremio, Hermosillo no volvió a ser el mismo hombre. Se intentó relanzar como político en el PAN.
Fue candidato a diputado federal en 2009. perdió en su distrito, después como comentarista deportivo en Fox Sports, México en 2013. Lo despidieron a los 6 meses y como analista en Telemundo en 2014 lo mantuvieron por años como segunda voz, sin llegar a ser figura principal. Y mientras Hermosillo intentaba relanzarse, los hermanos Gatica, su esposa Aida y el clan Salinas seguían cobrando los favores que Hermosillo había permitido cuando era director de la CONADE, sin que él pudiera explicar a dónde habían ido los 20,000 millones,
sin que él pudiera denunciar lo que había firmado durante esos 2 años, sin poder escapar de la familia política que lo había instalado en el puesto Hermosillo en 2024. 4. Frente a las cámaras del programa Desencajados de la Cadena Caliente TV, explotó contra los nuevos jugadores de la selección mexicana. Número cano 1.
Los llamó conformistas, mediocres, indignos de la camiseta tricolor. La afición mexicana lo escuchó en silencio, sabiendo que Hermosillo no tenía moral para hablar de mediocridad, que él había sido el responsable del peor escándalo administrativo de la CONADE, que él era el que le había dado la espalda al gremio en 1993.
Pero Hermosillo seguía hablando como si el ruido de su voz pudiera tapar el silencio de los años que le siguieron al escándalo con, como si gritar contra los jóvenes pudiera borrar lo que él mismo había hecho como adulto. Y en febrero de 2025 la vida le entregó el golpe más doloroso de toda su existencia, más doloroso que la carta de Laura Flores, que las costillas rotas en león, que el escándalo conade.
21 de febrero de 2025, Hospital General de Tampico, Veracruz. Heriberto Hermosillo, el hermano mayor que en 1975 le prometió a un niño de 11 años que iba a ser jugador profesional del Cruz Azul, el que dejó la refinería para irse de albañil a la Ciudad de México y el que durante 50 años fue el padre que el padre nunca pudo ser.
Heriberto Hermosillo murió a los 65 años. Cáncer de páncreas, detectado 6 meses antes, sin posibilidad de tratamiento por la etapa avanzada. Carlos Hermosillo voló desde Ciudad de México hasta Tampico. La noche que recibió la llamada del hospital. Llegó a la habitación 15 minutos antes de que Heriberto cerrara los ojos por última vez.
se sentó al lado de la cama, tomó la mano de su hermano y le dijo solamente una frase, una frase que 49 años antes Heriberto le había escuchado prometer a él en un pueblo polvoriento de Veracruz, una tarde de 1975. Le dijo, “Beto, lo logramos. Llegamos al Cruz Azul.” Heriberto sonrió por última vez, cerró los ojos y murió tomando la mano de su hermano menor.
Esa misma noche, Carlos Hermosillo publicó en su cuenta de Instagram un mensaje que 450,000 mexicanos leyeron antes de la madrugada. El mensaje decía, “Querido hermano, no encuentro palabras exactas para decirte el gran amor que tengo por ti y lo mucho que te voy a extrañar. Me duele el alma. Fuiste un guerrero, un gran hermano, gran hijo, gran padre, mi mejor amigo.
Vuela, alto hermano, que nuestro papá te espera con los brazos abiertos. Y aquí es donde la historia de Carlos Hermosillo se vuelve más oscura que cualquier escándalo político o cualquier carta de Laura Flores. Porque cuando Hermosillo regresó del entierro de Heriberto, regresó solo. Su esposa Aida Gatica no fue a Tampico, sus tres hijos tampoco, la familia Gatica tampoco, porque para los Gatica, Heriberto siempre había sido el albañil del pueblo, el hermano humilde del futbolista exitoso, el que no encajaba en las fotos familiares con Cecilia
Salinas Soelli y sus hijos. Hermosillo enterró a su hermano solo en el panteón de cerro azul una mañana lluviosa de febrero. Y mientras le tiraban la tierra encima del cajón, Hermosillo entendió algo que había evitado entender durante 35 años de matrimonio con Aida Gatica. Entendió que la familia política que lo había hecho rico, lo había hecho famoso, lo había puesto en la CONADE con 20,000 millones de pesos.
Era la misma familia que no había acompañado a su hermano albañil hasta la tumba, porque para el clan Salinas, Heriberto no existía y nunca había existido. Y mientras Hermosillo lloraba sobre la tumba de Heriberto esa mañana de febrero de 2025, recordó la frase que su hermano le había dicho por teléfono 40 años antes, una noche en el hotel de Txcala, cuando él lloraba por una carta de Laura Flores, Herriberto le había dicho, “Carlitos, una mujer, no vale.
Pero hermosillo, esa mañana lluviosa en Cerro Azul entendió algo que su hermano nunca le había dicho directamente. Entendió que tampoco vale 20,000 millones de pesos. Ni una conexión política con el clan más oscuro de México, ni un nombramiento en la CONADE, ni un cargo de diputado federal, ni un contrato con Telemundo, ni una casa en el Pedregal, ni una bolsa de Hermes para su esposa Aida.
Lo único que vale, lo único que valió siempre era el albañil de Cerro Azul que le compró sus primeros botines usados en el mercado de Tampico. El hermano que dejó la refinería para acompañarlo a la ciudad de México cuando era una promesa juvenil del Cruz Azul, el padre que el padre nunca pudo ser. y al que Hermosillo durante 35 años de matrimonio con Aida Gatica, fue alejando poco a poco de su vida pública hasta el punto de no incluirlo en ninguna foto familiar de Instagram.
Esa mañana de febrero de 2025, sobre la tumba de Herriiberto, Hermosillo lloró por primera vez por algo que no podía recuperar. No por una mujer que se fue con un uruguayo, no por unas costillas rotas en un estadio, no por un escándalo administrativo de la CONADE. Lloró por un hermano albañil al que durante toda su vida amó en secreto, pero al que nunca se atrevió a defender en público frente a la familia política, que prefirió las fotos limpias del clan Salinas.
Dos semanas después del entierro de Herriiberto, Hermosillo recibió una llamada en su celular. era un periodista del programa Desencajados de la Cadena Caliente TV. Le ofreció una entrevista exclusiva para hablar de su hermano Hermosillo aceptó y durante esa entrevista, frente a las cámaras contó por primera vez en 40 años quién había sido Heriberto Hermosillo en su vida.
El periodista, en un momento de la entrevista le preguntó si había arrepentimientos. Hermosillo guardó silencio durante 25 segundos y respondió solamente una frase. Dijo, “Durante 40 años elegí mal en cada cosa importante de mi vida y mi hermano fue el que pagó las consecuencias.” El video de esa confesión publicado en YouTube alcanzó 2 millones de reproducciones en una semana.
La afición mexicana durante esos 7 días escribió comentarios que sumaron más de 30,000 y la mayoría decía la misma cosa. Decía, “Carlos, ojalá hubieras entendido antes.” Pero Hermosillo había entendido, solo que 40 años tarde. Hay una pregunta que tienes que hacerte antes de terminar este video. ¿Cuántos eribertos hay en tu vida? ¿Cuántos hermanos mayores que te llevaron a tus primeros entrenamientos? padres trabajadores que dejaron sus refinerías para que tú llegaras al Cruz Azul.
Madres que rezaron por ti mientras tú ganabas millones y olvidabas su número de teléfono. Y cuántos amigos del barrio que te conocieron antes de que fueras famoso y a los que dejaste atrás cuando tu esposa nueva te dijo que ya no encajaban en las fotos. Si conoces a un heriberto en tu vida, llámalo esta noche, no mañana. esta noche porque a Carlos Hermosillo, el segundo máximo goleador del fútbol mexicano, el ídolo absoluto del Cruz Azul, el héroe que casi muere en una final por defender una camiseta, le tomó 40 años entender que el único hombre que lo había amado sin
pedir nada a cambio era el albañil de Cerro Azul que dejó la refinería en 1980 para acompañarlo a la ciudad de México. Y cuando lo entendió, ya era tarde. Heriberto Hermosillo, el hermano albañil de Cerro Azul, está enterrado en el panteón municipal de su pueblo natal. La lápida es modesta, una cruz de cemento sin decoración, una fecha grabada a mano por un picapedrero local y un epitafio que Carlos Hermosillo escribió de su puño y letra dos días después del entierro.
El epitafio dice solamente cuatro palabras. Dice Beto, “Llegamos al Cruz Azul y cada año en el aniversario de su muerte, Carlos Hermosillo viaja desde Ciudad de México hasta el panteón de Cerro Azul. Va solo, sin Aida gatica, sin los hijos, sin la familia política. Lleva flores blancas y una botella de cerveza Corona, la favorita de Eriiberto, se sienta frente a la lápida y le habla a su hermano durante una hora.
Como cuando eran niños en aquel pueblo polvoriento de Veracruz. Esa es la única hora del año en la que el grandote de cerro azul vuelve a ser Carlitos sin la CONADE, sin Aida Gatica, sin los 20,000 millones de pesos, sin la sombra del clan Salinas, solamente él y la voz de su hermano que durante 50 años fue lo único que valió la pena en su vida.
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