Posted in

Brigitte Bardot: El Precio de Ser la Mujer Más Deseada del Mundo

Brigitte Bardot: El Precio de Ser la Mujer Más Deseada del Mundo

¿Qué harías si fueras la mujer más deseada del planeta y odiaras cada segundo de serlo? Imagina que millones de hombres sueñan contigo, que tu cara, tu cuerpo, tu manera de moverte cambian la forma en que el mundo entero entiende la belleza y el deseo. Que eres tan famosa, que no puedes caminar por la calle, ni comer en un restaurante, ni asomarte a una ventana sin que una multitud te persiga.

 Y ahora imagina que todo eso, lo que millones darían cualquier cosa por tener, a ti te ahoga, te asfixia, te hace sentir como un animal acorralado. Hubo una mujer que vivió exactamente eso. El mundo la convirtió en el símbolo más grande del deseo de toda una época. Y ella, en el momento más alto de su gloria hizo algo que nadie entendió.

 les dio la espalda a todos, se marchó y se escondió del mundo durante el resto de su vida. Su nombre eran dos letras que en su idioma significan irónicamente bebé B. Bridget Bardau y esta es la historia del precio que se paga por ser deseada por el mundo entero. Sur de Francia, San Trope, en aquel entonces, un pequeño pueblo de pescadores de la costa azul. Año 1956.

Hace calor. El mar Mediterráneo brilla bajo un sol cegador. En una playa, un equipo de cine está rodando una película de bajo presupuesto que nadie espera que sea importante. La dirige un joven ciniasta ambicioso y la protagoniza su propia esposa, una muchacha de apenas 21 años, rubia, descalza, de melena despeinada y cuerpo libre.

 La cámara la sigue mientras camina por la arena, mientras baila, mientras se mueve con una naturalidad que en aquella Francia católica y conservadora resulta casi escandalosa. No actúa como las estrellas de la época, no posa, no finge, simplemente existe frente a la cámara con una sensualidad espontánea que nadie había visto jamás en una pantalla.

Cuando esa película se estrene, va a provocar un terremoto. Los curas pedirán que se prohíba, los sensores se pondrán nerviosos y el público, en cambio, hará largas filas para verla. En cuestión de meses, esa muchacha desconocida de la playa se convertirá en la mujer más famosa de Europa y poco después del mundo entero.

 Nacerá un fenómeno que la prensa bautizará con su nombre. nacerá el mito. Pero en esa playa, bajo ese sol, hay algo que nadie puede ver todavía, que esa misma fama que está a punto de explotar va a convertirse con los años en la peor pesadilla de la muchacha que baila descalza sobre la arena, que el mundo entero va a querer un pedazo de ella y que ella va a pasar el resto de su vida intentando huir de lo que nació ese día en Centro para entender cómo llegó esa joven a esa playa. Vaya.

 ¿Y por qué terminó odiando todo lo que conquistó? Hay que volver a una niña muy distinta, a una niña de buena familia, criada entre reglas estrictas, que soñaba con algo que no tenía nada que ver con el cine. París, 28 de septiembre de 1934. En una familia acomodada de la burguesía parisina nace una niña a la que llaman Brigit. Su familia tiene dinero.

Posición. Buenos modales. Su padre es un empresario con inclinaciones artísticas. La casa es elegante, ordenada, regida por normas severas. Es un hogar católico y estricto, donde se espera de una niña que sea correcta, discreta, obediente, donde las apariencias importan muchísimo.

 Su padre era un hombre culto, con gusto por las artes, pero también de ideas firmes sobre cómo debía comportarse una joven de su clase. En esa casa se hablaba en voz baja, se cuidaban las formas, se vigilaba cada gesto. El mundo de los Bardot era un mundo de orden y de control, donde una niña aprendía pronto que su valor dependía en buena parte de la imagen que ofreciera a los demás.

 Brigit Crashe, desde el principio, dentro de un molde, un molde de buenos modales y de expectativas rígidas que con el tiempo le quedará cada vez más apretado. Pero hay algo en ella que no encaja del todo con ese mundo de reglas, una intensidad. una rebeldía que aún no tiene nombre. Desde pequeña fue una niña difícil de domesticar, caprichosa segúnos, simplemente libre según otros.

 Detestaba que le impusieran las cosas. Estallaba en rabietas, se encerraba en sí misma. Vivía cada emoción como un huracán. Sus padres no sabían muy bien qué hacer con esa criatura tan intensa, tan distinta de la hija obediente que esperaban criar. Quizás por eso la empujaron tan pronto hacia la disciplina del baile para canalizar esa energía desbordante, para domarla, pero hay fuegos que no se dejan apagar.

 Y el de Brigit, por más reglas que le pusieran encima, seguiría ardiendo el resto de su vida, llevándola a tomar decisiones que asombrarían y escandalizarían al mundo entero. Una necesidad de moverse, de sentir, de no quedarse quieta dentro de la caja que la sociedad le ha preparado y encuentra una válvula de escape, el baile.

 Desde muy pequeña, Brigit estudia danza clásica y no como un pasatiempo. Lo hace en serio, con disciplina feroz, en una de las escuelas más prestigiosas de París. Quiere ser bailarina profesional. Sueña con el balet, con los escenarios, con una vida entregada a esa exigencia hermosa y brutal. Las clases de ballet de aquella época no eran dulces, eran durísimas.

 Los maestros eran exigentes hasta la crueldad. Se cuenta que en una de aquellas escuelas, el profesor dirigía la clase con un bastón en la mano y golpeaba a las alumnas cuando un movimiento no le parecía perfecto. Brigitte aprende allí una lección que marcará toda su vida, que la belleza tiene un precio, que detrás de cada gesto grácil hay dolor, esfuerzo, sacrificio, que para ser admirada hay que sufrir en silencio.

 Pasaba horas frente al espejo de la sala de ensayo, repitiendo los mismos movimientos hasta que las piernas le temblaban. Sus compañeras la recuerdan delgadísima, grácil. con un cuello largo de cisne, pero también frágil, poco resistente, esforzándose el doble para seguir el ritmo. Le habían puesto un apodo tierno casi infantil, y, sin embargo, dentro de esa muchachita delicada ya ardía algo feroz, una determinación de hierro, una manera de entregarse por completo a aquello que amaba.

 El ballet no le dio una carrera, pero le dio algo más duradero, una forma de moverse, una elegancia animal, una conciencia de su propio cuerpo que años después, frente a las cámaras del mundo entero, la volvería irresistible sin que ella tuviera que actuar apenas. Es una niña delgada, de miembros largos, elegante. Le ponen un apodo cariñoso, pero no es la más fuerte ni la más resistente.

Read More