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Así Fue La Vida de Jacobo Zabludovsky y Su Mansión | Los Secretos, los Escándalos y Más

Así Fue La Vida de Jacobo Zabludovsky y Su Mansión | Los Secretos, los Escándalos y Más

Hay una dirección en la Ciudad de México que ningún libro de periodismo menciona, pero que cualquier mexicano mayor de 40 años debería conocer.  No es un edificio de Televisa, no es una sala de redacción ni un estudio de grabación, es una casa. Una casa que existió en el mismo periodo en que una voz llegaba a cada rincón del país todas las noches para decirle a México que había pasado ese día, que era importante, que debía saber y que no.

Una voz que durante 27 años consecutivos fue el sonido con el que millones de familias mexicanas terminaban su día antes de apagar la televisión y dormir. Esta voz se llamaba Jacobo Sabrudowski y la casa donde vivió, donde construyó la vida privada que muy poca gente conoce, donde recibió a presidentes y a periodistas y donde finalmente murió a los 87 años en la madrugada del 2 de julio de 2015 es el punto de partida de una historia que México no ha contado completa porque detrás del hombre de la corbata negra, detrás del conductor impecable de 24

horas, detrás del periodista que entrevistó al Cheeguevara y a Salvador Dalí y a Fidel Castro y a María Félix, Hay una historia que empieza en una vecindad del barrio de la Mercedes polacos que escaparon del holocausto. Hay un padre que vendía retazos de tela en el mercado y que eligió México por un folleto que encontró en un barco.

Hay un adolescente de 13 años que olió la tinta de un periódico y decidió que quería hacer eso para siempre. Hay un periodista que estuvo en La Habana el primero de enero de 1959 cuando Fidel Castro entró triunfante, el único reportero mexicano que lo presenció en vivo. Hay un hombre que la noche del 2 de octubre de 1968, mientras en Tlatelol con estudiantes, abrió su noticiero diciendo las palabras que México nunca le perdonó.

Hay un alfil político que sirvió al poder durante décadas y que cuando ya no sirvió fue descartado. Y hay una renuncia que nadie esperaba, en la que un hombre de casi 72 años sacrificó 50 años de carrera por una sola razón, su hijo. Vialostock, una ciudad industrial de Polonia con 200,000 habitantes, de los cuales más de la tercera parte eran judíos.

Ahí nacieron David Sabludowski y Raquel Kravessi. Ahí se casaron. Ahí tuvieron a sus primeros hijos. Elena y Abraham. Y ahí entendieron con la claridad de las personas que venir lo que se viene antes de que el resto del mundo lo acepte, que Europa no iba a ser un buen lugar para vivir durante mucho tiempo más. Era la primera mitad de los años 20.

El antisemitismo que había existido en formas más o menos tolerables durante siglos estaba acelerando hacia algo diferente, hacia algo que todavía no tenía nombre, pero que se podía sentir en el aire de las ciudades de Europa central. David Sabludowski decidió explorar opciones. En 1925 viajó a México para ver si encontraba trabajo y si el país podía recibir a su familia.

Era la misma decisión que miles de familias judías Asquenasim estaban tomando en esa época, salir de Europa antes de que fuera tarde. Lo que hace especialmente interesante la historia de la familia Sabludowski es el detalle de cómo eligieron México. David venía en un barco que tenía dos destinos posibles, Nueva York en Estados Unidos y Buenos Aires en Argentina.

En el barco encontró un folleto sobre México, lo leyó y eligió México. No porque hubiera investigado extensamente las opciones, no porque tuviera contactos establecidos en el país, sino porque un folleto que alguien había dejado en un barco le pareció suficientemente convincente. Ese detalle, esa elección aparentemente casual que cambió todo lo que vendría después dice algo sobre la naturaleza de las decisiones que forjan los destinos de las familias.

David Sabludowski eligió México casi por azar y esa elección Azar produjo al periodista que definiría la forma en que México se  informó durante tres décadas. En 1926, David trajo a la familia. Se instalaron en la colonia Doctores de la Ciudad de México y muy pronto después en el barrio de la Merced, que en esa época era uno de los centros comerciales más importantes del país y también uno de los principales refugios de la comunidad judía inmigrante.

Ahí, entre los puestos del mercado y las vecindades llenas de familias que habían llegado de Europa buscando lo mismo, creció Jacobo. El 24 de mayo de 1928, en la colonia Doctores nació Jacobo Sabludowski Kraveski. Era el tercer hijo, el menor, el que llegaría al mundo ya con México como único país propio, sin la memoria de Vialostock, ni del barco, ni de la decisión del folleto.

Para Jacobo, la merced era el mundo entero. Era el ruido del mercado, el olor de la fruta y de la tela y del café, el idioma español mezclado con el yidis que se escuchaba en las vecindades, la ciudad de México de los años 30 que estaba construyendo su identidad postrevolucionaria a una velocidad que no daba tiempo de procesar lo que estaba cambiando.

La familia no era rica. Era de esas familias que tienen lo suficiente para vivir con dignidad, pero no un peso más, donde los hijos aprenden desde muy pequeños que el dinero se cuenta y que el trabajo no es opcional. Jacobo creció en ese ambiente y lo absorbió con la atención específica de los niños que van a necesitar ese aprendizaje para toda la vida.

Era el gerero de la merced, lo llamaban así por su pelo rubio y sus ojos azules, que no eran los rasgos que el barrio asociaba con los niños que vivían ahí. Era visiblemente diferente y esa diferencia, en lugar de aislarlo, parece haberlo empujado hacia una curiosidad sobre el mundo que lo rodeaba que nunca se le apagó.

Era apasionado de la lectura desde muy joven. Dostoyevski, Tolstoy, Gorkiy. Tres obras imprescindibles que él mismo citaría décadas después: El Quijote, la metamorfosis y crimen y castigo. Era un niño pobre del barrio de la Mercedía a los grandes autores de la literatura universal con la seriedad de alguien que entiende que los libros son la única escalera disponible cuando no tienes otros recursos.

A lo largo de su vida acumularía una biblioteca personal de 20,000 libros, todos leídos. según él mismo contaba. Y entonces llegó el momento que lo definió todo. Tenía 13 años. Su vecino en San Jerónimo 124, un hombre llamado Luis Felipe Ureña, era corrector de pruebas en el periódico El Nacional.

Los fines de semana, Ureña llevaba al joven Jacobo al periódico y ahí, en esa redacción del El Nacional, Jacobo olió la tinta, leyó los textos de los reporteros y colaboradores y tomó la decisión que definiría los siguientes 70 años de su vida. Quiso ser eso, no un vendedor de tela como su padre, no un abogado, aunque también lo sería después.

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