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Antes de morir, Rocío Dúrcal REVELÓ a los siete artistas que más odiaba y no fue nada bonito.

Antes de morir, Rocío Dúrcal REVELÓ a los siete artistas que más odiaba y no fue nada bonito.

¿Cómo es el carácter de de Juan Gabriel? Es una persona tranquila, se altera de vez en cuando pocas veces. Él él es muy estricto en sus cosas. Eran artistas, brillaban en el escenario, sonreían en público, pero cuando las luces se apagaban eran dagas con voz dulce. A los 60 años, con una voz quebrada por el tiempo y la enfermedad, Rocío Durcal dejó caer la última verdad, una verdad que había callado por décadas.

 Lo que parecía una confesión tardía era en realidad una herida abierta que nunca cicatrizó, conocida por su ternura al cantar rancheras por esa mezcla de inocencia española y bravura mexicana que conquistó dos continentes. Rocío fue mucho más que una reina de la canción. Fue una mujer que aguantó, tragó saliva y sonrió ante quienes le hacían daño hasta que ya no pudo más.

 No gritó, no escribió una carta, simplemente habló. Frente a un círculo íntimo en la recta final de su vida, soltó siete nombres, siete figuras del espectáculo que marcaron su carrera con sombras, envidias, traiciones de esdén. A una la llamó soberbia vestida de inocencia. A otro voz sin alma y a varios simplemente ruido con brillo.

 Después de una vida entre focos y aplausos, Rocío está contando su historia y es más áspera que una ranchera sin final. Lista para escuchar los nombres. Vamos directo. Juan Gabriel era su alma gemela artística. Eso pensábamos todos. Juntos grabaron más de una decena de álbumes, vendieron millones de copias y definieron una era dorada del bolero ranchero.

 Canta a Juan Gabriel juntos otra vez amor eterno. Son himnos que aún hacen temblar corazones, pero lo que pocos sabían es que detrás de esos versos eternos había un dolor imposible de cantar. El quiebre llegó en silencio, sin escándalos públicos ni titulares sensacionalistas. Fue un desencuentro íntimo pero devastador. En 1997, durante la grabación de un videoclip en España, Juan Gabriel envió un equipo a filmar sin autorización previa, invadiendo el espacio personal y profesional de Rocío.

 Ella lo sintió como una puñalada, no por el acto técnico en sí, sino por lo que implicaba control desconsideración y la certeza de que ya no eran socios, sino enemigos envueltos en seda. Años después, Rocío contaría a su círculo cercano que Juan Gabriel no la respetaba como artista, sino como instrumento de su ego. Esa frase dicha con voz temblorosa resume una década de tensiones contenidas.

 No fue solo la traición de un colaborador, fue la decepción de quien creyó haber encontrado un amigo en un mundo de máscaras. Durante los siguientes años ella evitó cantar sus temas en vivo. Nunca lo dijo en entrevistas, pero en backstage cada vez que un fan pedía la diferencia, ella desviaba la mirada como quien recuerda una carta rota.

Juan Gabriel, por su parte, jamás se disculpó públicamente, tampoco lo hizo en privado y eso fue lo que más dolió, no la traición, sino el orgullo. En 2001, cuando Rocío fue diagnosticada con cáncer, algunos esperaban un acercamiento, una reconciliación. Pero Juan Gabriel no apareció en el hospital, ni en sus últimos conciertos, ni siquiera en su funeral.

Años después, él diría en televisión que ella fue su mejor intérprete, pero a Rocío esas palabras no le habrían servido de consuelo, porque ella no quería alagos tardíos, quería respeto en vida. Para Rocío Juan Gabriel representó la gran contradicción el genio que la elevó al cielo y luego la soltó sin red.

No le guardó rencor con gritos ni venganza, le guardó silencio. Y ese silencio fue su castigo más severo. Para ella no fue una ruptura, fue un entierro. Porque algunas amistades no mueren de un día a otro. Se oxidan lentamente hasta que ya no queda melodía. Miguel Bosé. Él era el favorito de los círculos intelectuales, el hijo de dos mundos, la elegancia italiana y el arte español.

Cantor provocador, Nato. Cuando Rocío Durcal hablaba de Miguel Bosé, lo hacía con un tono seco como quien describe un espejismo. Porque lo admiró, sí, pero también lo sintió como una amenaza. En los años 80, Bosé emergía con fuerza en América Latina. Su estilo andrógino, sus letras ambiguas y su magnetismo escénico rompían moldes.

Rocío por entonces era ya una reina consagrada de la canción popular, pero los ejecutivos discográficos empezaron a mirar hacia él, a invertir en sus videoclips, a desplazarla de festivales donde antes era estelar. Fue en 1987 cuando Rocío supo que algo había cambiado. La cancelaron en un evento en Caracas para darle el lugar central a Bosé.

 El cartel llevaba su foto más grande, el contrato más jugoso también. Lo peor no fue la competencia, fue la actitud. Según testimonios cercanos, Rocío intentó acercarse a Miguel en camerinos y él apenas la saludó. Ella representa el pasado, habría dicho ante una periodista del diario 16. Rocío no lo olvidó jamás. Años después, en una cena privada, le confió a una amiga.

 Ese muchacho canta con el ego, no con el alma. Lo que más le dolía no era que triunfara, era que la industria premiara su irreverencia y olvidara la constancia de quien había construido puentes entre España y México con sudor y garganta. Rocío veía en Miguel a un símbolo de los nuevos tiempos. Talento, sí, pero también pose.

 Arte sí, pero lleno de desprecio hacia la tradición que ella defendía. En 1993 fueron invitados a un homenaje por los 30 años de la música pop española. A Rocío le asignaron un lugar lateral en la alfombra roja. A Miguel la entrada principal. No lo dijo en entrevistas, pero ese día decidió no volver a presentarse en actos donde él estuviera involucrado.

“La industria tiene amnesia selectiva”, murmuró con esa elegancia herida que solo las grandes mujeres saben portar. El tiempo no curó nada. En sus últimos años, cuando escuchaba en la radio, amante bandido cambiaba de emisoras sin decir palabra. No lo insultaba, no lo criticaba, solo bajaba la mirada. Para ella, Bosé no era un enemigo directo, era un reflejo incómodo del mundo nuevo que desplazaba a los pilares antiguos.

No lo odiaba, pero no podía perdonarle su indiferencia, porque para Rocío el talento sin humildad era solo ruido con brillo y ella nunca supo bailar al ritmo de la soberbia. Marco Antonio Solís. Con su melena ondulada, su voz quebrada por el desamor y su aire de poeta romántico Marco Antonio Solís, parecía encarnar todo lo que Rocío Durcal apreciaba en un intérprete.

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