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TESTIMONIO CATÓLICO IMPACTANTE: Leí a los Cristianos del Siglo I y mi mundo se derrumbó

 Les mostraba cómo el culto a María no aparece en el Nuevo Testamento. Les explicaba que el papado era una construcción política del siglo IIV. Les enseñaba que la doctrina de la transubstancia fue definida por primera vez en el concilio de Trento en el siglo X. Tenía gráficos, tenía cronologías, tenía citas y mi congregación me escuchaba con atención, me respetaban, era el experto.

 Mi esposa Patricia también venía de una familia presbiteriana muy devota. Llevábamos 17 años casados cuando todo esto empezó. Teníamos dos hijos, Sebastián, que tenía 15 años en ese entonces, y Ana Lucía, que tenía 12. Una familia normal, de fe sólida, sin grandes tormentas. Vivíamos bien, estábamos tranquilos, pero hay una clase de tranquilidad que no es paz, es solo ausencia de preguntas.

En enero de 2022, un joven de nuestra congregación llamado Felipe llegó a mi oficina con algo que me molestó de inmediato. Felipe tenía 23 años, era inteligente y estudioso y había empezado a frecuentar grupos de apologética católica en internet. me miró con los ojos abiertos, un poco nervioso, y me preguntó, “Hermano Rodrigo, ¿usted ha leído a los padres de la iglesia? los primeros escritores cristianos, los del siglo primero y segundo, porque yo estoy leyendo algo que no entiendo bien.

 Me senté frente a él con toda la calma del mundo y le dije, “Felipe, eso que estás leyendo es propaganda católica. La llamada tradición apostólica es una construcción posterior, no tiene fundamento histórico serio.” Él asintió con respeto, pero antes de irse me dejó en el escritorio una hoja con siete nombres escritos a mano, siete autores que yo conocía solo de referencia, nunca de primera mano.

[música] San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo, San Justino Mártir, San Ireneo de Lón, Pertuliano, San Cipriano de Cartago. Léalos usted mismo, hermano, me dijo desde la puerta, no lo que otros dicen sobre ellos, ellos mismos, en sus propias palabras. Me quedé con esa hoja en la mano y sentí algo que en ese momento interpreté como irritación académica.

 Hoy sé que era miedo. Durante dos meses ignoré completamente esa lista. La puse sobre el escritorio y la dejé ahí debajo de otros papeles. Pero en marzo tomé una decisión que en retrospectiva fue el momento más determinante de mi vida. Decidí leer a esos autores no para aprender de ellos, sino para refutarlos de manera definitiva, para tener argumentos sólidos contra los católicos que lo citaban, para poder decirle a Felipe con pruebas en la mano que los católicos estaban malinterpretando a sus propios escritores. Bajé los textos

completos de internet, traducciones directas del griego y del latín, sin intermediarios, sin editores con agenda. Me senté en mi estudio esa noche con un café bien cargado, un cuaderno en blanco y la certeza absoluta de quien va a ganar una discusión que ya tiene decidida. El 14 de marzo de 2022 a las 9 de la noche abrí la carta a los esmirniotas de San Ignacio de Antioquía.

Para quienes no lo conocen, permítanme decirles quién era este hombre, porque importa mucho. Ignacio de Antioquía fue el obispo de Antioquía de Siria, la misma ciudad donde los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez según el libro de los Hechos. Según la tradición cristiana, él conoció personalmente al apóstol Juan.

 fue arrestado bajo el emperador Trajano y llevado a Roma para ser ejecutado. Falleció mártir en el año 108 después de Cristo, aproximadamente 17 años después del fallecimiento del apóstol Juan. Mientras era transportado encadenado hacia su martirio, escribió siete cartas a diferentes comunidades cristianas. Esas cartas son documentos históricos verificables.

 No hay ningún debate serio entre los historiadores sobre su autenticidad. Abrí la carta a los esmirotas y empecé a leer. En el capítulo 6, Ignacio escribe sobre la Eucaristía. Lo hace con estas palabras exactas, que quienes se apartan de la comunión lo hacen porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la cual padeció por nuestros pecados. Me detuve.

Leí la oración de nuevo. La leí una tercera vez. San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol Juan, que falleció en el año 108, estaba defendiendo exactamente lo que los católicos llaman la presencia real, la misma doctrina que yo había enseñado durante años, que era una invención medieval del siglo X. Busqué el texto en griego.

 No era una mala traducción. Decía lo que decía. Mis manos empezaron a temblar. No era frío, era otra cosa completamente. Seguí leyendo. En la carta a los efesios, Ignacio llama a la Eucaristía medicina de inmortalidad. En la carta a los filadistro de la unidad de la Iglesia. En cada carta, sin excepción, Ignacio habla de los obispos, los presbíteros y los diáconos como la estructura esencial de la comunidad cristiana.

No como líderes administrativos, como la presencia de Cristo en medio de su pueblo. En la carta a los australianos escribe: “Haced todo con el obispo. Seguid también al presbiterio como a los apóstoles de Jesucristo.” Y en la carta a los romanos usa por primera vez en la historia escrita la expresión Iglesia Católica para referirse a la totalidad de la Iglesia de Cristo.

 Cerré el computador a las 12:30 de la noche. Me fui a la cama sin decirle nada a Patricia. Pero no pude dormir. Al día siguiente abrí la primera apología de San Justino mártir. Justino era un filósofo pagano convertido al cristianismo que vivió entre el año 100 y el 165 después de Cristo. Su primera apología fue escrita aproximadamente en el año 155, dirigida directamente al emperador romano Antonino Pío.

 Es decir, fue escrita más de 400 años antes del Concilio de Trento, que yo llevaba una década señalando como el momento en que los católicos inventaron sus doctrinas. En el capítulo 65 de esa apología, Justino describe lo siguiente. Los cristianos se reúnen el día del sol, que es el domingo. Leen pasajes de los escritos de los apóstoles o de los profetas.

 El que preside da una homilía exhortando a la imitación de lo leído. Luego se presentan el pan y el vino mezclado con agua. El que preside ora sobre ellos dando gracias. La congregación responde, “Amén.” [música] Y entonces ese pan y ese vino se distribuyen entre los presentes como la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado.

 No era pan y vino que simbolizaban algo, era la carne y la sangre de Cristo en el año 155. Y luego dice Justino algo que me dejó paralizado. No recibimos esto como pan y bebida ordinarios, sino que así como Jesús fue hecho carne por la palabra de Dios, de la misma manera hemos sido enseñados que el alimento eucaristizado por la palabra de oración que viene de él es la carne y la sangre de ese Jesús encarnado.

Cerré el archivo, abrí el cuaderno, empecé a escribir fechas en dos columnas. En la columna izquierda puse lo que enseñé durante 12 años. En la columna derecha lo que dicen los documentos del siglo primero y dos. Ignacio de Antioquía. Eucaristía como cuerpo de Cristo. Año 107. Justino mártir.

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