
Le pregunté por la palabra católica. Le dije que en ningún lugar del Nuevo Testamento aparecía esa palabra. me respondió, “¿Ha leído a Ignacio de Antioquía?” Era la segunda vez que alguien me hacía esa pregunta en mi vida después del caso que había oído de Roberto Valbuena en Cali, aunque yo no lo conocía en ese momento. Le dije que no.
Me prestó una fotocopia de la carta de Ignacio a los esmirnenses [música] escrita aproximadamente en el año 107. me señaló el octavo capítulo. Ignacio escribía, “Donde esté el obispo que esté la multitud, así como donde esté Jesucristo está la Iglesia Católica.” El año 107, antes de que terminara la primera generación después de los apóstoles, la palabra católica aplicada a la iglesia ya en el año 107.
Me llevé la fotocopia a Monterrey cuando terminé esa estancia. en Oaxaca. En septiembre de 2021 le conté a Daniel Ruiz, que era mi mentor espiritual en la misión Luz de las Naciones y el hombre que más había influido en mi formación misionera, lo que había pasado con Sebastián y la conversación con el padre Tomás. Daniel era un hombre de 58 años con 20 años de experiencia misionera y una convicción sobre la necesidad de evangelizar comunidades católicas que yo había compartido completamente hasta ese momento. Me escuchó con una expresión
que fue cambiando a lo largo de la conversación, de la atención a la preocupación. Cuando terminé de hablar dijo con una seriedad que no era hostil, pero que tampoco era cálida. Andrés, lo que describes suena a que estás siendo tentado por el enemigo a través de argumentos intelectuales. El catolicismo tiene 2,000 años de experiencia confundiendo a personas bien intencionadas.
Le pregunté si podía responderme la pregunta de Sebastián. Le pregunté cómo trazaba él una línea continua entre la iglesia que Cristo había fundado y la misión Luz de las Naciones, fundada en 1987 en Houston. se quedó en silencio un momento. Luego me dijo que la continuidad no era institucional, sino espiritual, que la verdadera iglesia era invisible y que se manifestaba en todos los que genuinamente creían.
Le dije que eso era lo que me habían enseñado siempre, pero que si Cristo había prometido fundar una iglesia visible, histórica y concreta, contra la cual las puertas del infierno no prevalecerían, una iglesia invisible no podía ser la respuesta. Una iglesia invisible no podía ser derrotada, ni tampoco podía ser reconocida.
Y si no podía ser reconocida, no servía de guía para nadie. Daniel me miró durante un momento y luego me dijo algo que fue el inicio de 18 meses de silencio entre nosotros. Andrés, creo que necesitas tiempo de oración y alejamiento de estas influencias. Voy a recomendarle a la dirección que te demos un periodo de retiro del campo.
Un mes después recibí una notificación formal de la dirección de la misión Luz de las Naciones, suspendiendo mi asignación misionera mientras durara lo que ellos llamaban mi proceso de discernimiento. También perdí la beca de formación teológica avanzada que tenía en proceso. 8 años de ministerio en un momento indefinido de pausa.
No lo tomé con amargura, lo entendí. Ellos también actuaban desde sus convicciones, igual que yo había actuado desde las mías durante 8 años. Pero sí me quedé solo con preguntas que necesitaba responder y sin la comunidad que hasta ese momento había sido mi contexto. En noviembre de 2021 volví a Monterrey de manera permanente y busqué al diácono permanente José Luis Herrera Mendoza de la parroquia Cristo Rey en la colonia del Valle de Monterrey, cuyo nombre me había dado el padre Tomás antes de salir de Oaxaca. Cuando llegue a Monterrey,
busque a José Luis. Me había dicho. Él habla su idioma. El padre Tomás tenía razón. José Luis era un hombre de 47 años que había sido pastor evangélico durante 12 años antes de convertirse al catolicismo. Era ingeniero de profesión, diácono permanente desde hacía 5 años, con una manera de hablar que mezclaba la precisión técnica con una calidez que no era actuada.
Cuando nos sentamos por primera vez en la pequeña sala de reuniones de la parroquia, lo primero que me dijo fue, [música] “Andrés, yo estuve exactamente donde usted está. [música] Sé lo que se siente.” Eso fue suficiente para que yo bajara la guardia completamente. Nos reunimos todas las semanas durante los siguientes 6 meses.
José Luis nunca me presionó. respondía lo que yo preguntaba, me daba lecturas cuando yo las pedía, me dejaba llegar con dudas nuevas cada semana sin tratarlas como señal de debilidad. me prestó el libro de John Henry Newman sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, que es el relato de un anglicano del siglo 19, uno de los teólogos más brillantes de su tiempo, que llegó a la Iglesia Católica después de años de estudio honesto de los padres de la Iglesia.
La frase de Newman que no he podido olvitar desde que la leí es esta: “Sumergirse en la historia es dejar de ser protestante. La estudié durante semanas. Era exactamente lo que me había pasado a mí. Cada vez que iba más atrás en la historia del cristianismo, cada vez que leía más cerca de las fuentes originales, el cuadro que encontraba se parecía menos a la misión luz de las naciones y más a la Iglesia Católica.
Leí el didaché, que es un documento cristiano fechado alrededor del año 80 a 110 después de Cristo, que describe las prácticas de la comunidad cristiana más temprana. Describe la Eucaristía como algo que solo los bautizados pueden recibir. Describe una jerarquía de obispos y diáconos. [música] Describe ayunos en días específicos de la semana.
Describe una liturgia con fórmulas que se repiten. Nada de eso se parecía a un servicio de alabanza con guitarras eléctricas y predicación libre. Todo eso se parecía a la misa del domingo. Le pregunté a José Luis una tarde de febrero de 2022 mientras tomábamos café en su oficina de la parroquia con una foto del Papa Juan Pablo II en la pared y una Biblia abierta sobre su escritorio.
¿Cómo había manejado él la pérdida de su comunidad evangélica cuando se convirtió? me dijo que había sido lo más difícil, que había personas con quienes había compartido años de ministerio que simplemente dejaron de llamar, que su propio hermano, que era también pastor evangélico, no le habló durante 3 años, pero me dijo, “Lo que encontré del otro lado no tenía comparación posible con lo que dejé, no como experiencia emocional, sino como verdad.
Y cuando uno encuentra la verdad, el costo de quedarse en la mentira se vuelve insoportable. En junio de 2022 volví a San Pablo Villademitla. No en misión. Fui a ver al padre Tomás y a la familia de Sebastián. Sebastián tenía 10 años y había crecido varios centímetros desde la última vez que lo había visto.

Cuando me vio llegar a la puerta de la casa de adobe, me miró un momento con esos ojos directos que tenía y me dijo, sin ningún preámbulo, “¿Ya encontraste la respuesta?” Le dije que estaba trabajando en eso. Me miró un segundo más y luego me sonrió, que era la primera sonrisa que me dirigía en dos años de visitas. Su mamá, doña Consuelo, nos hizo entrar y nos puso los platos en la mesa como si nada hubiera cambiado.
Y algo en ese gesto, [música] en esa continuidad de hospitalidad, que no dependía de si yo era misionero o no, me afectó de una manera que tardé tiempo en identificar. Era la hospitalidad de alguien que me había recibido siempre como persona, no como función. El padre Tomás y yo tuvimos ese día una de las conversaciones más largas de las muchas que tuvimos en ese periodo.
Le conté todo lo que había leído, todo lo que había hablado con José Luis, las noches en que las piezas empezaban a encajar y las noches en que todo se volvía de nuevo a poner nublado. Me escuchó con la misma paciencia de la primera vez. Al final me dijo algo que se me quedó grabado con la misma precisión que la pregunta de Sebastián.
Andrés, la iglesia no necesita que usted la defienda. Lleva 2000 años sola. Lo que necesita es que usted descubra si es verdadera y si es verdadera, la consecuencia es obvia. En octubre de 2022 llamé a Daniel Ruiz por primera vez en más de un año. Le dije que necesitaba hablar. me recibió en su casa de Monterrey una tarde de sábado.
Fue una conversación muy diferente a la que habíamos tenido el año anterior. Esta vez ninguno de los dos tenía la postura de convencer al otro. Los dos sabíamos que habíamos llegado a un punto en que lo único honesto era reconocer que habíamos llegado a conclusiones diferentes. Daniel me dijo que rezaba por mí y que la puerta de la misión estaba abierta si yo quería volver.
lo dijo con un afecto genuino que reconocí como el mismo que había tenido hacia mí durante los 8 años anteriores. Le agradecí y le dije que lo quería mucho y que eso no iba a cambiar. Luego le dije algo que le costó [música] escuchar. Daniel, yo estuve 8 años en Oaxaca intentando convencer a familias de que abandonaran la iglesia más antigua del mundo para unirse a algo que tiene 34 años.
Y nunca me hice la pregunta que me hizo un niño de 9 años. Eso no fue honestidad intelectual y yo no sé cómo seguir sin honestidad intelectual. Se quedó callado un momento largo. Luego me dijo, “Espero que encuentres lo que buscas.” No volvimos a hablar durante varios meses más, pero esa conversación cerró algo que necesitaba cerrarse.
El proceso de catecumenado lo hice en la parroquia Cristo Rey con el acompañamiento del diácono José Luis y con el seguimiento del párroco, el padre Ernesto Cardona Solís, que era un hombre de unos 45 años con una paciencia enorme para las preguntas de alguien que llegaba con 8 años de formación evangélica y cientos de objeciones memorizadas.
Me pasé ese año haciendo preguntas que en mi formación misionera hubieran sido señal de debilidad y que en el catecumenado eran simplemente parte del proceso. Le pregunté al padre Ernesto en una de nuestras sesiones por la Inquisición. Le pregunté por las cruzadas. Le pregunté por los papas que habían vivido vidas que contradecían cada enseñanza que transmitían.
Me respondió con una honestidad que no esquivaba nada. que la historia de la iglesia era la historia de seres humanos capaces de lo mejor y de lo peor, [música] que Cristo había prometido que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia, pero no había prometido que sus miembros fueran a ser perfectos y que la santidad de la institución no dependía de la santidad de todos sus miembros, sino de la presencia de Cristo en ella.
Le dije que eso me parecía demasiado conveniente. [música] Me respondió, “¿Cuál es la alternativa? Que la Iglesia verdadera sea la que tenga a todos sus miembros perfectos. No existe ninguna. No pude refutar eso. El 8 de abril de 2024, sábado santo, fui recibido en la Iglesia Católica en la parroquia Cristo Rey de Monterrey.
El padre Ernesto celebró la vigilia pascual. José Luis estuvo a mi lado como padrino durante toda la ceremonia, que es un rol que en el catolicismo lleva un peso específico y que él tomó con una seriedad que me conmovió profundamente. Cuando el padre Ernesto vertió el agua sobre mi cabeza y pronunció las palabras del bautismo, pensé en Sebastián, en su pregunta de tres palabras, en el patio de tierra de una casa de adobe en Oaxaca, en los ojos directos que esperaban una respuesta que yo no tenía.
Pensé también en las familias de San Pablo, Villa de Mitla, a las que yo había visitado durante dos años con la intención de convencerlas de abandonar lo que tenían. y sentí una mezcla de vergüenza y de gratitud que es difícil de describir. Vergüenza por haber llevado durante 8 años una misión que se basaba en una premisa que no resistía el examen histórico más básico.
Y gratitud porque la pregunta honesta de un niño de 9 años me había dado la oportunidad de corregir el rumbo antes de que fuera demasiado tarde. Cuando me dieron la Eucaristía por primera vez, la sostuve un momento en la palma de la mano antes de recibirla. Pensé en Ignacio de Antioquía escribiendo en el año 107 que el pan eucarístico era la carne del Salvador.
Pensé en el didaché describiendo la misma celebración 70 años antes. Pensé en los 2000 años de esa misma cadena ininterrumpida, trazable, documentada desde el cenáculo hasta esa noche en Monterrey. Y pensé en que la respuesta a la pregunta de Sebastián era esta. Mi nueva iglesia nació hace 2000 años en Palestina, fundada por Jesús sobre Pedro y las puertas del infierno no han prevalecido contra ella, exactamente como fue prometido.
Volví a San Pablo Villademitla en octubre de 2024. Fui a misa con la familia de Sebastián el domingo de ese fin de semana. La misa la celebró el padre Tomás, que me saludó con un abrazo en la puerta de la iglesia después del servicio, y no dijo nada más porque no había nada más que decir. Sebastián tenía 12 años ya.
Me buscó después de la misa en el atrio y me preguntó con la misma naturalidad directa de siempre. ¿Y encontraste la respuesta? Le dije que sí. me preguntó cuál era. Le dije que tu iglesia nació hace 2000 años y la mía nació hace 2000 años también. Somos la misma. me miró un momento con esos ojos que no regalan nada fácilmente y luego asintió con la misma seriedad con que había hecho su pregunta 3 años antes, como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar.
Daniel Ruiz me llamó en enero de 2025. Después de más de un año sin contacto, me llamó un domingo a la tarde. No hablamos de fe, ni de teología, ni de la misión. ni de nada de lo que había pasado entre nosotros. Me preguntó cómo estaba. Le dije, “Qué bien, que mejor que en mucho tiempo. Me dijo que se alegraba.
Quedamos en que íbamos a vernos para tomar un café, que era algo que todavía no hemos hecho, pero que sé que va a pasar. Lo que más me preguntan desde que se supo que dejé el ministerio misionero y me convertí al catolicismo es si me arrepiento de los 8 años anteriores. La respuesta honesta es que me arrepiento de la premisa con la que trabajé, que era que las familias católicas necesitaban ser rescatadas de su propia fe.
Esa premisa era errónea y me costó darme cuenta, pero no me arrepiento del amor que tuve por las personas que visité en esos años. Ese amor fue real. La hospitalidad que me dieron, el café que compartieron conmigo, los desayunos en mesas de adobe, las conversaciones largas en noches de Oaxaca, eso fue genuino de las dos partes y no lo borro de nada y no me arrepiento de Sebastián.
Sin Sebastián, sin pregunta de tres palabras que un niño de 9 años me hizo en un patio de tierra un martes de marzo de 2021, yo todavía estaría con el versículo de Mateo 16 en la punta de la lengua, sin haber notado nunca que la institución más vieja del mundo era precisamente la que ese versículo describe. La pregunta de un niño hizo lo que 8 años de formación misionera no habían hecho.
Me obligó a buscar la respuesta honesta y la respuesta honesta me trajo a casa. Mi nombre es Andrés Felipe Morales Vega, tengo 43 años y estoy profundamente agradecido de haberme convertido al catolicismo. Pasé 8 años llevando una misión que se basaba en una premisa equivocada. Un niño de 9 años me lo hizo ver con una sola pregunta.
Eso no fue coincidencia. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal. Activa las notificaciones para que no te pierdas los próximos testimonios. Comparte este vídeo con alguien que necesite escucharlo.
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