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 Pastor se Burló de Milagros de Carlo Acutis… pero lo que Aconteció con su Hijo lo Marcó para Siempre

Atacaba con toda la fuerza de mi convicción, con versículos bíblicos memorizados, con argumentos que había perfeccionado durante décadas. Cada mes dedicaba por lo menos un domingo entero a explicar por qué la doctrina católica era herejía peligrosa que alejaba a las personas del verdadero Dios. Hablaba de la idolatría de rezar a santos muertos.

 hablaba de la blasfemia de llamar a un hombre padre cuando la Biblia dice claramente que solo hay un padre en el cielo. Hablaba de cómo la veneración de María era paganismo disfrazado de cristianismo. Hablaba de las indulgencias, de la confesión a hombres pecadores, del purgatorio inventado, de las tradiciones que contradecían las escrituras.

 y mi congregación bebía cada palabra como si fuera agua en el desierto. Recuerdo perfectamente el primer domingo que mencioné el nombre de Carlo Aquutas desde el púlpito. Fue domingo 22 de septiembre de 2019, hace 5 años y medio. Acababa de leer en las noticias que el Vaticano había reconocido un supuesto milagro atribuido a este muchacho, abriendo el camino para su beatificación.

 un muchacho que murió de leucemia a los 15 años en 2006, que supuestamente creó sitios web sobre milagros eucarísticos, que los católicos estaban empezando a llamar el primer santo millennial, el santo de internet, el santo de los jóvenes. Subí al púlpito ese domingo con indignación genuina quemándome en el pecho. Abrí mi Biblia en Deuteronomio, capítulo 18, versículo 10 al 12, donde dice claramente que no debe haber entre el pueblo de Dios quien practique adivinación hecho ni quien consulte a los muertos.

 Leí el versículo con voz fuerte, dejando que cada palabra resonara en el templo. Entonces cerré la Biblia y miré directamente a mi congregación. En primera fila estaban sentados Roberto y Marta Hernández, matrimonio de 60 años que habían estado conmigo desde el inicio. Estaba Julio César Ramírez, diácono de la iglesia, hombre de 43 años que supervisaba los grupos de oración.

 Estaba Amanda López con sus tres hijos pequeños, viuda que encontró consuelo en nuestra comunidad después de perder a su esposo. Todas esas personas confiaban en mí completamente. Levanté mi voz y dije exactamente esto, palabra por palabra. Porque lo repetí tantas veces en los años siguientes que quedó grabado en mi memoria como cicatriz a mi hermanos y hermanas.

 El enemigo está trabajando horas extras para confundir al pueblo de Dios a la Iglesia Católica Romana, en su desesperación por mantener relevancia en un mundo que finalmente está despertando a la verdad del evangelio puro. Ahora está fabricando santos falsos para engañar a los jóvenes. Están promoviendo a un muchacho llamado Carlo Acutí, un adolescente que murió hace 13 años y ahora quieren que creamos que hizo milagros.

 Quieren que adoremos a un muerto, quieren que oremos a un cadáver en lugar de ir directamente al trono de gracia de nuestro Señor Jesucristo. La congregación murmuró en acuerdo. Algunos dijeron, “Amén” en voz alta. Nadie cuestionó una palabra. Continué sintiendo el poder de la indignación justa fluyendo a través de Mian. Este muchacho supuestamente catalogó milagros eucarísticos en internet.

 milagros de la  consagrada, del pan que ellos adoran como si fuera Dios mismo. Hermanos, esto es idolatría del más alto nivel. Es adoración de objetos creados en lugar del creador. Y ahora quieren convencer a nuestros jóvenes, a nuestros adolescentes que crecen con internet y redes sociales, que este Carlo Aquiutas es un modelo a seguir, que pueden ser santos si adoran pedazos de pan.

 Es una trampa del infierno disfrazada con cara de inocencia juvenil. Mi hijo Lucas Gabriel estaba sentado en la quinta fila ese domingo. Tenía 12 años en ese momento. Recuerdo haberlo visto mirándome con esa admiración completa que los hijos tienen por sus padres cuando todavía son pequeños. Su madre, Elena estaba a su lado asintiendo con la cabeza cada vez que yo hacía un punto importante.

 Mi Hija Manner Rebeca Victoria de 8 años estaba jugando silenciosamente con un libro de colorear en el regazo de su madre. Pasé 45 minutos ese domingo demoliendo sistemáticamente todo sobre Carlo Auta. Hablé de cómo los católicos inventan historias de milagros para mantener su sistema de control religioso. Hablé de cómo usan la emoción y el sentimentalismo para manipular a las personas en lugar de enseñar la verdad bíblica.

 Hablé de cómo un muchacho de 15 años no puede interceder por nadie porque solo Jesucristo es mediador entre Dios y los hombres, como dice claramente Primera Timoteo, capítulo 2, versículo 5. Y esa fue solo la primera vez. Durante los siguientes 5 años mencioné a Carlo Autas por lo menos una vez al mes desde ese púlpito.

 Cada vez que salía una noticia sobre su proceso de beatificación, yo la usaba como ejemplo de cómo la Iglesia Católica había abandonado completamente las Escrituras. Cuando fue beatificado en octubre de 2020, dediqué tres domingos seguidos a explicar por qué eso era abominación espiritual. Creé series completas de predicaciones tituladas La verdad sobre los santos falsos.

 Invité a excatólicos a dar testimonios de cómo habían sido liberados de la esclavitud de rezar a muertos. Organizamos noches especiales de oración por las almas perdidas atrapadas en el catolicismo. Y siempre, siempre usaba a Carlo Acutas como ejemplo principal de todo lo que estaba mal con esa iglesia apóstata. Mis predicaciones contra Carlo Autas se volvieron tan conocidas que otros pastores evangélicos de la Ciudad de México empezaron a invitarme a sus iglesias para repetir el mensaje.

 Hablé en la Iglesia Bautista Nueva Vida en Coyoacán. Hablé en la Asamblea de Dios de Tlalpan. Hablé en la Iglesia Universal en Naalpan. Mi mensaje era siempre el mismo. Carlo Acuttes es una fabricación católica diseñada para engañar a los jóvenes y alejarlos del verdadero evangelio. En casa éramos familia evangélica modelo.

 Todas las noches después de la cena nos reuníamos en la sala para leer la Biblia juntos. Elena preparaba café de olla fresco. Nos sentábamos en el sofá marrón que compramos cuando Lucas nació. Y yo leía un capítulo mientras todos escuchaban. Después orábamos juntos, cada uno pidiendo por algo específico. Lucas siempre oraba por sus amigos de la escuela que no conocían a Jesús.

 A Rebeca oraba por sus maestras y por su gata llamada princesa. Elena oraba por sabiduría para ser buena esposa y madre. Yo oraba por protección sobre nuestra familia y por autoridad para continuar predicando la verdad sin compromiso. Los miércoles por la noche teníamos reunión de oración en el templo.

 Los viernes teníamos culto de jóvenes donde mi hijo Lucas eventualmente empezó a tocar guitarra en el grupo de alabanza. Los domingos teníamos dos cultos, uno a las 9 de la mañana y otro a las 7 de la noche. Sábados visitábamos miembros enfermos de la congregación o hacíamos evangelismo en las calles de Itapalapa. Elena era mi compañera perfecta en el ministerio.

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