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Julio Iglesias Besó a Una Mujer Casada en el Programa de Nochevieja en Vivo — El Esposo Lo Vio Todo

 Lo que nadie sabía en ese momento, a 300 km de Madrid, un hombre estaba mirando. El esposo de Elena viendo todo desde el sofá de su casa. Solo esta es la historia del beso que destruyó un matrimonio. El beso más caro de la historia de la televisión española. El beso que Julio Iglesias nunca explicó. Era la noche Vieja de mediados de los 80, Madrid.

 Los estudios de televisión española. El programa especial de fin de año era el evento más importante de la televisión. Todo el país lo veía. Familias enteras reunidas frente al televisor esperando las campanadas, comiendo las 12 uvas. Ese año los productores habían conseguido al invitado perfecto Julio Iglesias, el hombre más famoso de España, el cantante que había conquistado el mundo.

 Julio llegó al estudio a las 10 de la noche. Traje impecable, sonrisa perfecta. El equipo entero se paralizó cuando entró. Era Julio Iglesias en persona. Elena Navarro lo recibió. Era la presentadora principal del programa. 32 años. Pelo negro, Ojos verdes, una de las mujeres más hermosas de la televisión española y estaba casada.

 Llevaba 5 años casada con Ricardo Mendoza, un empresario conocido en los círculos de Madrid. “Bienvenido, Julio”, dijo Elena extendiendo la mano. Julio no le dio la mano, le dio un beso en la mejilla, cerca de los labios, demasiado cerca. “El placer es mío”, respondió. Sus ojos no se apartaban de los de ella.

 El programa comenzó a las 11. Todo salió perfecto. Julio cantó tres canciones. El público aplaudió. Elena conducía con profesionalismo, pero cada vez que miraba a Julio, algo cambiaba en su rostro. Y Julio la miraba también demasiado, con demasiada intensidad. Los productores lo notaron, los cámaras lo notaron, todo el mundo lo notó, pero nadie dijo nada.

 Era Julio Iglesias. Él podía hacer lo que quisiera. A las 11:30, durante una pausa comercial, alguien vio a Julio y Elena hablando en una esquina del estudio, cerca, muy cerca, susurrando. Nadie escuchó qué decían. Cuando volvieron al aire, ambos actuaban como si nada hubiera pasado, profesionales, perfectos, pero la tensión estaba ahí.

invisible para los televidentes, obvia para todos los que estaban en el estudio. Y entonces llegó la medianoche, las campanadas, las uvas, el año nuevo. Julio se acercó a Elena, la tomó por la cintura y la besó. No fue un beso de amigos, no fue un beso de celebración, fue un beso de amantes y 15 millones de españoles lo vieron, incluyendo Ricardo Mendoza, el esposo de Elena, que estaba sentado solo en su casa, a 300 km de distancia, mirando como otro hombre besaba a su mujer.

 En ese momento, Ricardo apagó el televisor y su matrimonio se apagó con él. ¿Quién era Elena Navarro? Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era la mujer que Julio besó. Elena nació en Sevilla en 1953. Hija de un maestro y una enfermera. Creció sin lujos, pero con ambición. Desde niña supo que quería ser alguien.

Quería que el mundo la viera. A los 20 años se mudó a Madrid. Empezó desde abajo, secretaria en una productora de televisión, pero tenía algo que el dinero no puede comprar. Carisma. La cámara la amaba. A los 25 ya era presentadora. A los 28 una de las caras más conocidas de España. Los hombres la deseaban.

 Las mujeres querían ser como ella. Elena Navarro lo tenía todo y entonces conoció a Ricardo. Ricardo Mendoza, 42 años, empresario, dueño de una cadena de hoteles, rico, poderoso, respetado. Se conocieron en una gala benéfica. Ricardo la vio desde el otro lado del salón. y supo que tenía que conocerla. Elena vio a un hombre mayor, seguro de sí mismo, diferente a todos los que la perseguían.

 Se casaron seis meses después. La boda del año, 300 invitados, portada de todas las revistas. El matrimonio parecía perfecto. Ricardo le daba todo una mansión en las afueras de Madrid. Viajes por el mundo, joyas que otras mujeres solo veían en revistas. Y Elena le daba lo que él quería. una esposa hermosa, famosa, la envidia de todos sus socios.

Pero había algo que faltaba. Los que conocían a Elena de cerca decían que a veces la veían triste, que Ricardo viajaba demasiado, que estaban más tiempo separados que juntos, que el matrimonio por fuera perfecto, por dentro estaba vacío. Nadie sabe si Elena era infeliz. Ella nunca lo dijo. Pero esa noche de noche vieja, cuando Julio Iglesias la miró con esos ojos que habían conquistado a miles de mujeres, algo pasó, algo que ella no pudo controlar.

 Mientras tanto, a 300 km de Madrid, Ricardo estaba solo, un viaje de negocios que no podía cancelar, una reunión importante el día siguiente. Había querido estar con Elena para Noche Vieja, pero el trabajo llamaba, siempre llamaba. No te preocupes”, le había dicho Elena por teléfono. “Estaré en el programa. Tú mira desde casa.

 Será como si estuviéramos juntos.” Ricardo preparó la cena. Solo abrió una botella de vino, encendió el televisor, esperó a ver a su esposa y la vio. La vio presentar el programa con su sonrisa perfecta. La vio hablar con los invitados. La vio moverse por el escenario con esa gracia que lo había enamorado 5 años atrás.

 Y entonces vio a Julio Iglesias. Vio como la miraba. Vio como ella le devolvía la mirada. Vio algo en los ojos de su esposa que nunca había visto cuando lo miraba a él. Ricardo frunció el ceño, tomó otro sorbo de vino, se dijo a sí mismo que estaba imaginando cosas. Llegó la medianoche, las campanadas. El año nuevo, Ricardo levantó su copa hacia el televisor.

 “Feliz año, mi amor”, dijo en voz alta, aunque nadie podía escucharlo. Y entonces lo vio. Vio a Julio tomar a Elena por la cintura. Vio sus labios encontrarse. Vio el beso. Un segundo. Dos. Tres. Ricardo dejó de respirar. 5 segundos. Seis. El beso continuaba. La copa de vino cayó de su mano, se estrelló contra el suelo. El vino se derramó como sangre sobre la alfombra blanca. 10 segundos.

 15 Las cámaras no se apartaban. Ricardo miraba la pantalla, no podía moverse, no podía pensar. Solo podía ver a su esposa besando a otro hombre en vivo frente a 15 millones de personas. Cuando el beso terminó, Ricardo seguía inmóvil. El programa continuó. La música sonó. Elena sonreía como si nada hubiera pasado, pero para Ricardo todo había pasado.

Lentamente extendió la mano, tomó el control remoto y apagó el televisor. La pantalla se puso negra y en esa oscuridad Ricardo Mendoza tomó una decisión. Esa fue la última noche que Ricardo llamó a Elena su esposa. El primero de enero amaneció gris en Madrid. Elena llegó a su casa a las 4 de la mañana.

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