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El escéptico se burló del altar de San Judas Tadeo de su madre… Lo que sintió en su piel LO DEJÓ

Era su amigo, su confidente, el que nunca la dejaba sola en las pruebas más duras, cuando la enfermedad le apretaba el pecho, cuando las deudas no la dejaban dormir, cuando su corazón de madre sentía la ausencia de sus hijos que se habían ido. Ahí estaba él. se sentaba en su banquito frente al altar con sus manos callosas entrelazadas y le contaba todo.

 Le pedía por sus hijos, por sus nietos, por el país. Le daba gracias por cada día de vida, por el pan en la mesa, por la salud que aún tenía. Los vecinos de la colonia doctores, la mayoría, conocían la devoción de doña Lupita y la respetaban. Sabían que en esa casa había algo especial, algo que no se explicaba, pero que se sentía.

 Su comadre Remedios Castañeda, que vivía puerta con puerta, siempre le decía, “Comadre Lupita, su fe es la más grande que he visto. Diosito y San Judas la tienen bien protegida.” Pero no todos veían las cosas así. Había quienes se reían, quienes movían la cabeza con desdén cuando pasaban por la calle y veían las veladoras encendidas a través de la ventana.

Para ellos era cosa de viejitas, de gente sin estudios, de una fe ciega y sin sentido. Y en esa casa el escepticismo tenía un nombre y un rostro. tenía el rostro de su propio hijo. Manuel Quiroz, el único hijo de doña Lupita, era un ingeniero de 42 años. Había estudiado en la ciudad, se había movido en otros círculos, lejos de las viejas costumbres de su madre.

 Él se sentía por encima de todo eso. Para Manuel, las imágenes de santos eran solo objetos y la fe, una superstición. Su madre lo esperaba con el corazón en la mano cada vez que venía de visita. Preparaba sus guisados favoritos, limpiaba la casa con un esmero especial. Pero cada visita era un campo de batalla silencioso, donde la devoción de ella se encontraba con la arrogancia de él.

Manuel no entendía por qué su madre seguía aferrada a esas antigüedades, como él les decía, no entendía que para ella ese altar era la vida misma y ese choque de mundos estaba a punto de explotar de una manera que nadie, ni la misma doña Lupita, podía siquiera imaginar. Lo que Manuel hizo a continuación no solo rompió el corazón de su madre, sino que invocó una fuerza que lo cambiaría para siempre.

Para doña Lupita, la vida era un rosario de días tejidos con rutina y fe. Cada amanecer en la colonia Doctores, antes de que el sol asomara por entre los edificios y las láminas, ella ya estaba de pie. El frío de la madrugada se colaba por las rendijas de su casa, pero un calor muy distinto se encendía dentro de ella cuando se acercaba a su altar.

Ese no era un mueble cualquiera, ni un montón de figuritas. Era el corazón que latía en su hogar. Con manos temblorosas encendía las veladoras rojas que nunca dejaba apagar del todo. El aroma a cera derretida y a flores frescas se mezclaba en el aire, llenando la sala con un olor a paz. A refugio, se arrodillaba en su cojín gastado, que ya tenía la forma de sus rodillas, y el rosario de madera oscura corría entre sus dedos.

 Cada cuenta una oración, cada ave María un suspiro. No había día en que no empezara así. No había problema que no compartiera primero con San Judas. Ella le platicaba de todo, de la vecina que estaba enferma, del sobrino que no encontraba trabajo, de la poca pensión que apenas le alcanzaba, le preguntaba consejos, le pedía fortaleza, le daba las gracias por todo lo que tenía, que para ella era mucho.

 En ese rincón, doña Lupita encontraba la fuerza para enfrentar cada día. La imagen de San Judas, con su vara y su medallón parecía escucharla con paciencia infinita. Sus ojos de yeso le daban consuelo. Su postura de santo le recordaba que no estaba sola, que había una presencia divina cuidándola. La gente del barrio lo sabía. No se extrañaban al verla con sus veladoras recién compradas o al escuchar a veces el murmullo suave de sus rezos a través de la ventana abierta.

Era parte de doña Lupita, tan esencial como su cabello recogido en una trenza o sus rebos de colores. Los niños, cuando pasaban, a veces la veían y sabían que en esa casa vivía una abuelita que rezaba mucho y siempre tenía una sonrisa. Pero Manuel, su hijo, había olvidado todo eso.

 Se había ido de la colonia Doctores hace muchos años, persiguiendo sus propios sueños, sus propios éxitos. Cuando regresaba lo hacía con un aire de superioridad, como si el progreso solo existiera fuera de esas viejas calles. Veía el altar de su madre y no veía fe, ni amor, ni tradición. veía solo polvo, peladoras viejas y una superstición que, según él, lo avergonzaba.

Para Manuel, el altar era un recordatorio de un pasado que quería dejar atrás, de una forma de vida que consideraba caduca. No se daba cuenta de que para doña Lupita ese altar era el ancla que la mantenía a flote en un mar de cambios y soledades. Era el último vínculo con la pureza de su alma, con la esencia de su ser y la paz que emanaba de aquel rinconcito sagrado.

 Era la misma paz que su hijo estaba a punto de romper, sin saber las consecuencias que eso le traería. El desprecio de Manuel por la fe de su madre no era solo una diferencia de opinión, era una herida que comenzaba a abrirse en el corazón de Lupita. Y pronto, de una forma inesperada, también en el suyo, un martes por la tarde, cuando el sol ya comenzaba a esconderse y las calles de la colonia Doctores se llenaban de un suave color naranja, Manuel Quiroz apareció en la puerta de su madre.

No avisó, simplemente llegó con su maleta de piel y su ropa planchada, con ese aire de quien llega de un mundo mejor, de un lugar más importante. Doña Lupita, que estaba barriendo el patio con su escoba de vara, sintió que el corazón le daba un brinco. “Ay, mi hijo, qué sorpresa tan grande”, exclamó con una sonrisa que le iluminó el rostro.

Se le cayeron unas lagrimitas de pura emoción. Hacía meses que no lo veía. Corrió a abrazarlo con los brazos abiertos, a pesar de que él siempre se mostraba un poco rígido, como si no quisiera arrugar su camisa o despeinarse el cabello. Manuel la abrazó de vuelta, pero sin la misma calidez. Hola, amá. Ya llegué.

 Andaba por aquí cerca y quise pasar a saludar. Doña Lupita lo hizo pasar con premura, ofreciéndole lo poco que tenía con esa generosidad que solo las madres conocen. Le ofreció un vaso de agua fresca, pan dulce, recién comprado. Se desvivía por atenderlo, por hacerle sentir que aquella era su casa, su refugio. Pero Manuel no se acomodaba.

Miraba alrededor con una especie de desdén apenas disimulado. Sus ojos se posaron en las paredes humildes, en los muebles viejos, en las fotos descoloridas de la familia y, por supuesto, en el altar de San Judas Tadeo. El altar, adornado con los claveles rojos que Lupita había comprado esa mañana y las veladoras que emanaban un suave resplandor, fue lo primero que captó su atención de mala manera.

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