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Cuando TRAICIONARON a Pedro Infante en una apuesta, Cantinflas intervino de forma ÉPICA

Pero así fue. Los primeros años en la capital no fueron fáciles. Pedro trabajó de carpintero, de peluquero, de lo que saliera. Tocaba en fiestas, en cantinas, en cualquier lugar que le diera unos pesos y la oportunidad de que alguien lo escuchara. Dormía en cuartos prestados, comía lo que podía y seguía cantando.

Seguía creyendo. Hasta que un día la radio lo descubrió. Y después del radio, el cine y después del cine ya no hubo vuelta atrás. Para los años 50, Pedro Infante era el hombre más famoso de México. Sus películas llenaban los cines, sus discos sonaban en cada casa y su nombre era lo primero que la gente decía cuando alguien preguntaba quién era el artista más grande que había dado este país.

 Pero la fama tiene un precio y ese precio lo paga uno de maneras que nadie ve desde afuera. Cuando eres tan famoso como Pedro Infante, todo el mundo quiere estar cerca de ti y no siempre por las razones correctas. Hay amigos que son amigos de verdad. de esos que están cuando las cosas están mal. Y hay amigos que solo aparecen cuando las cosas están bien, cuando hay dinero sobre la mesa, cuando el nombre de uno abre puertas. Pedro lo sabía.

 Lo había aprendido a las malas, como se aprenden las cosas que de verdad duelen. Y sin embargo, Pedro Infante tenía una debilidad que muchos conocían y que algunos aprovechaban sin el menor escrúpulo. Pedro era un hombre que amaba los retos, amaba apostar, no por el dinero que para esos años ya no le faltaba, sino por la emoción, por la adrenalina de ponerse a prueba.

Eh, por ese momento en que uno mira al otro a los ojos y dice, “A ver, vamos a ver de qué estás hecho. Le gustaban las carreras de aviones, los autos rápidos, las apuestas entre amigos. Era un hombre que vivía al límite y eso lo hacía fascinante, pero también vulnerable, porque los que querían aprovecharse de él sabían exactamente por dónde entrarle.

 La historia que vamos a contar hoy empieza unas semanas antes de esa noche en la cantina. Empieza en los pasillos de los estudios churubusco, que era el corazón del cine mexicano en aquella época. Si uno entraba a esos estudios en los años 50, sentía que estaba en el centro del universo. Había cámaras, reflectores, vestuarios llenos de trajes bordados y actores y actrices que caminaban por ahí como si el mundo entero les perteneciera.

 Pedro estaba filmando una película nueva. No voy a decirte cuál exactamente porque los detalles de los nombres y las fechas importan menos que lo que vamos a contar. Lo que importa es el ambiente. Lo que importa es cómo se sentían las cosas en esos pasillos. Y en esos pasillos había un nombre, un nombre que por ahora vamos a llamar simplemente el licenciado, porque así lo conocían en el medio.

 Era productor, tenía dinero, tenía conexiones y tenía esa manera de hablar suave y tranquila que tienen las personas que están acostumbradas a conseguir lo que quieren. El licenciado había estado rondando a Pedro desde hacía tiempo, siempre con una copa en la mano, siempre con una sonrisa, siempre con algo interesante que decir.

 de esos hombres que saben escuchar, que saben cuándo reír, que saben cuándo poner la mano en el hombro en el momento exacto. El tipo de persona que uno tarda en descubrir, pero que cuando lo descubre ya es demasiado tarde. Un día el licenciado se acercó a Pedro en el set. Era entre toma y toma de esos momentos en que el ambiente se relaja y la gente platica.

 Pedro le dijo con esa voz suya tan calmada, “Tengo una propuesta para ti, algo que te va a parecer interesante.” Pedro lo miró. le sonríó porque Pedro le sonría a todo el mundo. Era así. Dime, licenciado, ¿de qué se trata? Hay un tipo, me dijo el otro, un ranchero de Jalisco que tiene mucho dinero y que dice que nadie puede ganarle cantando corridos.

 Dice que él es el mejor. Y pues yo pensé, “¿Quién mejor que tú para bajarle los humos?” Pedro se ríó, una risa franca, sin malicia, y que va en la apuesta. Lo que tú quieras, el tipo tiene dinero de sobra. Yo me encargo de los detalles. Ahí estaba, justo ahí, en esa frase tan simple, tan inocente. Yo me encargo de los detalles.

 Pedro debió haber prestado más atención a esas palabras, pero en ese momento solo vio el reto, solo escuchó el desafío y Pedro Infante no le huía a los desafíos. Está bien, dijo, “cuando quieras. Lo que Pedro no sabía, lo que no podía saber era que ese ranchero de Jalisco no existía. Era un personaje inventado, un pretexto, porque el licenciado tenía otro plan, un plan que había estado armando con calma, pieza por pieza, desde hacía semanas.

 un plan en el que Pedro Infante era la pieza principal y no el ganador. Para entender bien el plan del licenciado, hay que entender cómo funcionaban ciertas cosas en el México de esa época. En el mundo del espectáculo es como en cualquier mundo donde hay dinero y poder. Había grupos, camarillas, personas que se juntaban para proteger sus intereses, para ayudarse entre sí y a veces para hacerle daño a los que estaban en su camino.

 Pedro Infante era demasiado grande, demasiado querido, demasiado independiente y eso incomodaba a ciertos productores que querían controlar todo. Pedro no se dejaba manejar fácilmente. decía que no cuando quería decir que no. Elegía sus películas, pedía lo que consideraba justo y cuando algo no le parecía, lo decía en su cara, sin rodeos, sin diplomacia.

 Eso le ganó admiración de mucha gente, pero también le ganó enemigos. El licenciado era uno de ellos, aunque nunca lo hubiera reconocido, porque ese tipo de enemigos nunca lo reconocen. Sonríen, te dan la mano, te llaman cuate y mientras tanto planean cómo hacerte tropezar. El plan era así. organizar una reunión en una cantina privada de esas que tenían cuarto trasero para reuniones especiales con gente de confianza, invitar a Pedro con el pretexto de la apuesta del ranchero y una vez adentro cambiar las reglas del juego de manera que Pedro no

pudiera ganar. No era una apuesta de canto, nunca lo fue. Era una apuesta de naipes y el mazo estaba marcado. El licenciado había conseguido un taú, un hombre especialista en trucos con las cartas que iba a estar sentado en la mesa haciéndose pasar por un jugador cualquiera. Y había tres o cuatro personas más en el cuarto que sabían exactamente lo que iba a pasar, que iban a fingir jugar, que iban a actuar sorprendidos cuando Pedro fuera perdiendo, que iban a hacer todo lo necesario para que la trampa pareciera

una derrota honesta. La apuesta era grande. No voy a decir una cifra exacta porque las versiones de esta historia varían, pero era suficiente para que Pedro sintiera el golpe, suficiente para humillarlo frente a personas del medio y suficiente para que después el licenciado pudiera usar esa deuda como palanca, como manera de tener a Pedro donde quería tenerlo.

 Eso era lo que buscaba, no el dinero, el control. La noche llegó, era una de esas noches de Ciudad de México que tienen algo especial en el aire. otoño posiblemente el frío empezando a insinuarse, las luces de la cantina derramándose hacia la banqueta, el olor a comida y a cigarro y a tequila mezclándose en la entrada.

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