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Cuando EXPULSARON a Pedro Infante de un restaurante, lo que hizo IMPACTÓ a México

Porque en México hacer llorar a alguien con una canción es el regalo más grande que puedes darle. Oye, creció entre pobreza y música. Esa combinación que a veces destruye a la gente y [música] a veces la hace extraordinaria. En la casa de los Infante no sobraba nada. Había días en que la comida era poca y el orgullo era mucho. De ese orgullo sano que te enseña a no pedir limosna, pero tampoco a agachar la cabeza ante nadie.

 Pedro aprendió a trabajar desde muy joven. Aprendió el oficio de carpintero. Y esto es [música] importante. Esto es algo que mucha gente no sabe o se le olvida. Pedro Infante fue carpintero antes de ser estrella. [música] Trabajó con las manos, se llenó de astillas y de sudor. Supo lo que era el cansancio de verdad.

 El cansancio del cuerpo, no el cansancio de posar para las cámaras. Y ese conocimiento, el de saber lo que es trabajar de sol a sol para ganarse unos centavos, nunca se le fue. [música] Moche se quedó pegado a él para siempre y fue lo que hizo que la gente humilde de México lo amara como amaba a muy pocos.

 Pero la carpintería no podía retenerlo. La música lo llamaba demasiado fuerte. Desde adolescente ya cantaba donde podía, en fiestas de barrio, en la radio local, en cualquier rincón donde alguien quisiera escuchar. Y la gente escuchaba. La gente siempre escuchaba cuando Pedro cantaba, porque había algo en esa voz que no se aprendía, [música] algo que venía de adentro, de un lugar donde las palabras y el dolor y la alegría se mezclan y salen convertidas en algo que te toca el alma.

 tenía poco más de 20 años cuando tomó la decisión, una decisión que en esa época era casi una locura para un muchacho sin contactos, sin dinero, sin nadie que le abriera una puerta. Se iba allí a la ciudad de México. Imagínate lo que era eso. Mazatlán a la capital, el puerto tranquilo, a la ciudad más grande, más ruidosa, más complicada del país.

 Una ciudad que ya entonces tenía ese carácter difícil de las grandes urbes, [música] glamorosa y cruel al mismo tiempo, capaz de encumbrarte hasta las estrellas y de dejarte tirado en el suelo sin voltear a verte. una ciudad que había visto llegar a miles de soñadores y había visto a la mayoría regresar con las manos vacías y el corazón roto.

 Pedro llegó con muy poco, con su talento, con su cara, con esa sonrisa que desarmaba a cualquiera y con la terquedad de los que saben en su interior que están destinados a algo más grande, aunque todavía no sepan exactamente qué es. Los primeros tiempos en la capital fueron duros, no hay otra palabra, duros. Tocó puertas que no se abrieron, fue a audiciones donde lo ignoraron.

No cantó en lugares pequeños donde la gente apenas le prestaba atención. Hubo noches en que la cama era prestada y la cena era incierta. Hubo momentos en que cualquier otro se habría regresado a Mazatlán con el rabo entre las piernas, pero Pedro no. Pedro apretaba los dientes y seguía. Había algo en él, y esto es difícil de explicar, pero es completamente real.

 Había algo en Pedro Infante que le impedía rendirse. No era soberbia, no era arrogancia, era una fe tranquila, casi serena, en que las cosas iban a cambiar como si supiera algo que los demás no sabían todavía. Y poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Consiguió trabajo en la XCB, una de las estaciones de radio más importantes de la capital.

 Primero en roles pequeños cantando en programas donde era uno de varios, un nombre más en un cartel largo. Pero cada vez que abría la boca algo pasaba. Los que estaban en el estudio se [música] detenían, las secretarias se asomaban por la puerta, los técnicos dejaban de hacer lo que hacían. Había algo en esa voz que era imposible ignorar.

 Los productores lo notaron, los directores de cine lo notaron. Y en 1941 llegó su primera película, La feria de las flores. Un papel pequeño, nada del otro mundo, pero suficiente para que la gente que lo vio en la pantalla se preguntara quién era ese muchacho de ojos brillantes que cuando sonreía parecía que el sol entraba al cine.

 Lo que vino después fue como una ola, una de esas olas enormes del Pacífico que se van formando lejos, lejos en el horizonte y cuando llegan a la orilla ya tienen una fuerza que no hay muro que las detenga. Las películas se fueron sumando, las canciones se fueron pegando en la memoria de la gente. Nosotros, Amorcito Corazón, Cielito Lindo, la verdad, [música] el Rebelde.

 Canciones que salían de las radios, de las cantinas, de las cocinas, de las fiestas. Canciones que la gente tarareaba sin darse cuenta mientras lavaba los trastes o manejaba el camión o esperaba en la fila del mercado. Pedro Infante se fue convirtiendo, sin que nadie lo planeara exactamente, en la banda sonora de la vida cotidiana de México. Y con la fama vino el dinero.

 Y con el dinero vinieron las invitaciones. Y con las invitaciones llegó Pedro Infante, el muchacho carpintero de Mazatlán, a entrar en un mundo que antes solo había visto desde afuera. El mundo de los ricos, de los elegantes, de los que tomaban whisky importado en salones con manteles de lino y música [música] de traje.

 Eh, y aquí es donde empieza la historia que te prometí. Corría el año de 1948. Pedro Infante ya era una estrella, [música] no una promesa, no un artista en ascenso, una estrella de primera magnitud. Sus películas llenaban los cines, sus canciones sonaban en toda la República. Cuando caminaba por la calle, la gente se paraba, las mujeres se desmayaban.

 Los hombres le pedían la mano con emoción genuina, sinvergüenza, porque Pedro Infante era de esos personajes que le daban orgullo a todo un país. [música] Esa noche había una reunión, no era cualquier reunión, era una de esas escenas que se organizaban en los círculos de la alta sociedad capitalina, donde los apellidos importaban más que los talentos y donde la procedencia de una persona pesaba tanto como su fortuna.

 Ah, uno de esos lugares donde la gente se juntaba tanto para verse entre ellos como para que los vieran. Si entiendes lo que te digo, el restaurante se llamaba, según cuentan los que lo vivieron y los que lo escucharon de primera mano, era uno de esos lugares del centro de la Ciudad de México que en esa época eran el sóum de la elegancia, manteles blancos almidonados, [música] cubiertos de plata, meseros con guantes, música en vivo, pero en voz baja discreta de fondo para no interrumpir las conversaciones importantes que se sostenían en las

mesas importantes. Había sido invitado, eso hay que decirlo con claridad. Pedro Infante no se coló, no llegó sin avisar. Fue invitado por alguien que lo conocía, un amigo del medio, alguien que lo apreciaba y que pensó que llevarlo a esa reunión era un gesto de distinción o es una manera de mostrar que se codea con la crema innata.

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