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Marietta Renunció a Miss Universo por Leo Dan. Lo Que Aguantó en Silencio Durante 58 Años

Miami, Florida. 31 de diciembre de 2024, 6:30 de la tarde. Un hombre de 82 años, sentado en una silla cómoda dentro de una casa frente al mar, toma su teléfono y graba un video corto. Está cansado. Tiene los ojos hundidos. tiene la voz más débil que hace 6 meses, pero sonríe. El video lo sube a su cuenta oficial de Instagram con un mensaje escrito encima del clip.

Dice así: “Muchas gracias por acompañarme este 2024. Les deseo a todos un muy feliz año nuevo. Los amo. Es el último mensaje público que Leopoldo Dante Tévez, conocido en todo el mundo como Leo Dan, va a publicar en su vida. 13 horas y media después de subir ese mensaje, va a estar muerto en su cama, en esa misma casa de Miami, junto a su esposa Marieta, la mujer que 58 años antes [música] había renunciado a una corona de Miss Argentina y a un boleto a Miss Universo para casarse con él a los 20 días de conocerlo.

Si tú tienes más de 60 años y creciste en México, en Argentina, [música] en Colombia, en Perú, en Venezuela, en España, en cualquier país de habla hispana, tú creciste con la voz de este hombre. Cómo te extraño, mi amor. Te he prometido, Mary es mi amor. Pídeme la luna. ¿Qué tiene la niña? Celia, esa pared. Toquen María Chiscanten.

Más de 15 canciones compuestas por ese hombre que acababa de grabar el video de despedida. 40 millones de discos vendidos en el mundo entero. 58 años de matrimonio con la misma mujer. Una vida de las más largas y exitosas de toda la [música] historia de la música en español. Y la mañana siguiente, primero de enero de 2025, esa vida se terminó.

El comunicado oficial de la familia se publicó cerca del mediodía. Era corto. Tenía una frase que se grabó en la memoria de millones de fans. Esta mañana nuestro amado Leo Dan dejó su cuerpo en paz y junto al amor de su familia. Después agregaba una cita de Juan 11:25. Yo soy la resurrección y la vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Pero ese comunicado no decía cómo murió. No decía si fue en el hospital o en la casa. No decía qué pasó la noche del 31. No decía quién estaba sentado a su lado cuando se le apagó la respiración. Días después, un periodista de espectáculos llamado Carlos Uriel publicó, citando a la familia una sola frase que da una pista del cuadro completo. Falleció dormido y en paz.

Dormido y en paz. Dos palabras que parecen sencillas, pero detrás de esas dos palabras hay una historia que dura 59 años y empieza muy lejos de Miami. Empieza en una sala de cine de Buenos Aires, en un estreno de película, en 1966 y empieza con una chica nacida en Hungría, hija de inmigrantes, que se llamaba Marieta Papolchi y que ese año acababa de ser elegida Miss Mar del Plata.

Hoy no te vamos a contar la historia de Leo Dan. Esa historia tú la conoces o crees conocerla. Sus canciones, sus discos, sus giras, su fama. Hoy te vamos a contar la historia de la mujer que lo sostuvo a él durante casi 60 años y que estaba sentada a su lado la noche en que se fue. La historia de Marieta Papolchi, la húngara que renunció a una corona por un muchacho argentino de Santiago del Estero, que le pidió matrimonio el mismo día que la conoció.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron completas sobre Leo Dan y su familia. Primero, ¿a qué tuvo que renunciar Marieta exactamente el día que aceptó casarse? ¿Y por qué la cláusula de un contrato de belleza cambió su vida para siempre? Segundo, la doble vida espiritual de Leo Dan que pocos conocieron.

su libro publicado en 1987, donde habló de los supuestos poderes curativos de sus manos, su amistad con la famosa curandera mexicana Pachita y lo que eso significó para Marieta que lo acompañaba en silencio. Tercero, lo que pasó en México en los años 70 que los hizo millonarios, pero que también los obligó a escapar en 1980 y lo que Marieta dejó atrás para siempre.

Y cuarto, lo que pasó en las últimas horas antes de que Leo Dan muriera, según contaron fuentes cercanas a la familia, su última entrevista, su último mensaje público y el sueño que le quedó sin cumplir la noche que se quedó dormido para siempre. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Para entender esta historia tienes que volver al principio.

Tienes que volver al rancho perdido donde nació el cantante y al barrio de inmigrantes donde creció la mujer que después iba a sostenerlo. Estación Atamiski, provincia de Santiago del Estero, Argentina. 22 de marzo de 1942. Una casa de adobe con techo de paja. Una familia humilde, modesta, sin grandes lujos. Ahí nace Leopoldo Dante Tévez Coronel, hijo de una pareja con poca instrucción formal, hermano de varios, en medio de una provincia argentina que en aquellos años era una de las más pobres del país.

Si tú creciste en un pueblo pequeño de Latinoamérica en los años 40 o 50, tú entiendes el paisaje exacto que te estoy describiendo. Caminos de tierra, agua que se saca del pozo, una radio de pilas que es la conexión con el mundo, una escuela rural con un solo maestro y sueños que la mayoría de los niños de ese pueblo nunca van a poder cumplir.

Pero Leopoldo era distinto. Desde muy chico mostraba un talento que no había en su casa ni en su familia, la música. A los 5 años ya tocaba la armónica, a los siete tocaba la flauta, más adelante tocaba la guitarra y antes de cumplir los 15 ya estaba componiendo canciones propias. Su madre, una mujer creyente, lo apoyaba, le decía que ese don venía de Dios, que tenía que cuidarlo, que un día le iba a abrir puertas que ningún otro miembro de la familia podía siquiera imaginar.

El padre, en cambio, era más práctico. Quería que el muchacho estudiara algo que diera de comer, algo serio, algo del campo. Leopoldo, para complacer a su padre, se hizo agrónomo. Estudió la profesión. Pero las noches, mientras su padre dormía, él tomaba la guitarra y escribía canciones. Letras de amor para chicas que aún no había conocido, letras de nostalgia para un pueblo que aún no había abandonado.

A los 20 años, en 1962, tomó la decisión que iba a cambiar su vida. Empacó la guitarra, tomó un autobús y se fue a Buenos Aires a probar suerte. En Buenos Aires no era nadie. Era un muchacho del interior con acento de Santiago del Estero que llegaba a una ciudad llena de aspirantes a cantantes. Decenas, cientos, todos con guitarras, todos con sueños, todos pensando que iban a ser los próximos Carlos Gardel.

Pero Leopoldo tenía algo que muchos no tenían. Tenía letras propias y tenía una voz suave, melancólica, que conectaba directo con el corazón de cualquiera que lo escuchara. Cambió su nombre. Leopoldo Dante Tévez ya no servía para el cartel de un teatro. Demasiado largo, demasiado formal.

Acortó las primeras letras de sus dos nombres y se quedó con Leo Dan. Corto, pegajoso, fácil de recordar, como una canción suya. En 1963, con apenas 21 años, grabó su primer sencillo con la disquera CBS, que años después se transformaría en Sony Music. La canción se llamaba Celia. Estaba inspirada en un romance real que él había vivido en su adolescencia en Termas de Rio Hondo, Argentina, con una chica de ese nombre.

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