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La TRISTE VIDA de JOAN SEBASTIAN ANTES de SER MILLONARIO

Había una noche en que Joan Sebastian lloró solo, sin un peso en el bolsillo, con hambre de dos días, durmiendo en el piso de una vecindad mugrosa en el Distrito Federal, abrazado a su guitarra como si fuera lo único real en este mundo. Y en ese momento ese hombre que después llenaría estadios, que ganaría cinco gramis, que acumularía 51 propiedades y una fortuna millonaria, ese hombre estaba a punto de tirar la toalla.

Esa noche tomó una decisión, una decisión que cambió todo, pero que también tuvo un precio, un precio que muy poca gente conoce. Hoy vamos a contar esa historia, la historia completa, la que incomoda, la que duele, la que nadie se atrevió a contar en su totalidad. Porque Joan Sebastián no llegó a la cima siendo un santo, llegó siendo un hombre con todo lo que eso significa.

Juliantla no es un lugar que aparezca en los mapas turísticos. Es una comunidad enclavada en las montañas del norte de Guerrero, un estado que México siempre ha querido olvidar y que, sin embargo, nunca ha podido. Un lugar donde el polvo del camino se mete entre los dientes desde niño, donde el sol pega sin piedad desde que amanece y donde la pobreza no es una estadística, sino el aire que se respira.

Ahí, el 8 de abril de 1951 nació José Manuel Figueroa Figueroa, hijo de don Marcos Figueroa y doña Celia Figueroa, el niño que años después el mundo conocería como Joan Sebastian, pero antes de ser el rey del jaripeo, antes de los ranchos y los caballos finos y los trajes bordados, José Manuel fue un niño descalso que caminaba horas para llegar a cualquier parte.

La familia no tenía nada. Bueno, no es que no tuvieran nada, tenían lo que tienen las familias pobres de la sierra guerrerense. Trabajo duro, dignidad, arrastras y sueños que se apagan antes de que el sol se meta. Desde que aprendió a caminar, el pequeño José Manuel ayudaba en lo que podía. Alomo de burro recorría el camino de tierra hacia Tasco para entregar leche.

Horas de ida, horas de vuelta, solo con el animal, cruzando monte cerrado, donde los coyotes aullaban en las noches y donde las culebras se cruzaban en el camino sin pedir permiso. Y el niño iba con miedo. Claro que iba con miedo, pero aprendió algo que lo acompañaría toda la vida. Cuando te montas en un caballo, cuando controlas algo más grande que tú, el miedo se convierte en otra cosa. En fuerza.

Lo que nadie imaginaba entonces era que ese niño, con miedo a las culebras y con hambre atrasada iba a convertirse en el hombre más premiado de la música mexicana. Pero eso quedaba muy lejos todavía, muy lejos. La casa de los Figueroa era de adobe y techo de lámina. Los días de lluvia el agua se colaba por las grietas y todo quedaba mojado.

Comer caliente no era un derecho, era un privilegio que dependía del día. Don Marcos era un hombre serio, de pocas palabras, como suelen ser los hombres que han trabajado la tierra toda su vida. Pero no era un hombre malo. Era un hombre que amaba a su familia y que vio en su hijo algo que los demás no veían, talento.

Porque desde los 7 años José Manuel ya componía canciones. Es menor que numeral cero. Cinco con numeral es mayor que no canciones de niño, no rimas tontas. Canciones de verdad con historia, con alma. La primera guitarra que tocó no era suya, era de un amigo de su padre que llegó una tarde a buscar a don Marcos.

El hombre la dejó una noche y José Manuel no se despegó de ella. se quedó hasta el amanecer aprendiendo solo, buscando acordes con los dedos, equivocándose, volviendo a intentarlo. Esa noche, sin maestro, sin escuela, sin nada más que oído y terquedad, el niño descubrió que podía hacer música. Poco después, don Marcos hizo un sacrificio enorme para la economía familiar.

le compró a su hijo una guitarra propia. Una guitarra que el cantante guardaría como reliquia toda su vida, que aún existe en manos de alguien cercano a la familia. Y con esa guitarra entre las manos, José Manuel dejó de ser solo un niño pobre de Juliantla. Se convirtió en alguien que tenía algo que decir, pero la vida en Guerrero no le iba a poner las cosas fáciles.

Para nada. A los 8 años, José Manuel fue enviado a un internado en Guanajuato, solo lejos de su familia, en un estado que no conocía, con extraños a su alrededor. Imagínate eso, 8 años durmiendo en una cama que no era la tuya, comiendo la comida que te pusieran enfrente, obedeciendo reglas que nadie te explicó.

Solo ahí en ese internado, el niño hizo lo único que sabía hacer para no hundirse. Modificaba letras de canciones que escuchaba, las cambiaba, las adaptaba, las hacía suyas. Era su manera de sobrevivir, de seguir siendo él mismo en medio de un lugar donde nadie lo conocía. A los 12 años lo enviaron a Morelos, a una institución religiosa bajo la tutela del padre David Salgado, un sacerdote que lo tomó bajo su protección y que poco a poco fue sembrando en él la idea de que quizás su destino no era la música, sino Dios. Y el muchacho

escuchó, “Porque cuando eres pobre y estás solo y alguien te dice que tienes un propósito sagrado, uno escucha.” A los 14 años ingresó al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. Ahí pasó años estudiando para ser sacerdote. Años de disciplina, de silencio, de oración. Años en los que compuso una misa completa. Su abuela apoyaba la idea.

Quería ver a su nieto como cura. Pero don Marcos, su padre se opuso. ¿Por qué? Porque don Marcos sabía lo que su hijo tenía y sabía que eso no pertenecía a una iglesia, pertenecía al mundo. A los 17 años, José Manuel abandonó el seminario. No fue una decisión fácil. Fue una ruptura dolorosa con una vida que ya conocía, con una comunidad que lo había acogido, con la posibilidad de una existencia segura, aunque modesta.

Pero había algo en él que no podía callarse, algo que golpeaba desde adentro y pedía salir. Y ese algo se llamaba música. Llegar a la Ciudad de México siendo un joven pobre de guerrero, sin contactos, sin dinero, sin nadie que te espere, es como tirarse al mar sin saber nadar. Muchos se ahogan, muy pocos aprenden a nadar.

José Manuel llegó a la capital con su guitarra, ropa puesta y muy poco más. La ciudad era un monstruo enorme y ruidoso que no le debía nada a nadie. Y él era nadie. Tocó puertas, muchas puertas, demasiadas, y la mayoría se la cerraron en la cara, sin miramientos, sin consideración, sin siquiera escucharlo del todo. Disco Sorfeón lo rechazó de plano.

Ni siquiera le dieron una segunda oportunidad. Esos son los rechazos que marcan a un hombre, que te dicen, “Tú no eres suficiente.” Que te hacen dudar de todo lo que creías saber sobre ti mismo. ¿Y qué hizo José Manuel? Lo que hacen los que no tienen de otra. Buscó trabajo en lo que hubiera. Consiguió empleo como asistente administrativo en el centro vacacional Wachtepec.

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