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Enrique Peña Nieto: La DOBLE VIDA MÁS CÍNICA… El Secreto que Explotó México

Son las 12:50 de la madrugada del 11 de enero de 2007 en las instalaciones del Hospital ABC de la Ciudad de México. Una mujer de 38 años, madre de tres niños, esposa del gobernador más poderoso del país, entra en paro respiratorio tras una crisis epiléptica que el propio neurólogo tratante calificó de inusual.

En cuestión de horas, antes de que el sol terminara de salir sobre el Estado de México, Mónica Pretelini Science estaba clínicamente muerta. La autopsia fue sellada. La investigación se cerró en menos de 48 horas y el hombre que dormía bajo el mismo techo que ella esa noche no fue capaz de explicar con claridad ni dos ni 4 años después, frente a las cámaras de televisión nacional, cómo había muerto la madre de sus hijos.

Lo que siguió fue una operación de imagen sin precedentes en la historia política de México. Un hombre construyó su camino a Los Pinos sobre dos mujeres, una enterrada, una actuando. Pero hay una tercera historia que México tardó años en conocer. Una mujer que peleó sola contra tribunales, contra el silencio institucional y contra el aparato de comunicación más poderoso del continente para que su hijo existiera ante la ley.

Ese hijo nació el 25 de junio de 2004, mientras Enrique Peña Nieto todavía estaba casado con Mónica Pretelini. Ese hijo vivió sus primeros 6 años de vida sin un apellido que lo protegiera y cuando finalmente fue reconocido legalmente en 2010, el momento coincidió. no por casualidad con la boda más costosa y televisionada de la historia política reciente del país.

Hoy, en este recorrido que no encontrarás en los noticiarios de las televisoras que construyeron su imagen, abriremos cuatro expedientes que permanecieron bajo llave durante décadas. Primero, la cronología real de la muerte de Mónica Pretelini, las contradicciones del diagnóstico oficial, los testimonios de las personas que estaban en esa casa y la pregunta que ningún periodista de los medios grandes se atrevió a formular en voz alta.

Segundo, la historia completa de Maritza Díaz Hernández, la funcionaria del gobierno del Estado de México, que sostuvo una relación paralela con el entonces gobernador por más de 3 años, que enfrentó su embarazo sola, que grabó un video público exigiendo que Peña Nieto cumpliera con su hijo y que fue ignorada durante años por el hombre que se proclamaba modelo de familia mexicana.

Tercero, la operación eclesiástica que hizo posible la boda religiosa con Angélica Rivera, un proceso de anulación matrimonial que destruyó la carrera de un sacerdote que involucró directamente al cardenal Norberto Rivera y que el Vaticano terminó revocando años después con una sentencia que dejó al descubierto la corrupción dentro de la Iglesia al servicio del poder político.

Cuarto, el uso comprobado del sistema de espionaje Pegasus adquirido con dinero público para vigilar el teléfono de Maritza Díaz Hernández, la madre del hijo que el presidente de la República había intentado mantener lejos de los reflectores durante más de una década. Para quienes crecieron viendo su cara en las portadas de las revistas, en los noticieros de la noche, en los espectaculares de las autopistas del Estado de México, lo que están a punto de escuchar no es especulación de pasillo ni rumor de revista de corazón.

Son hechos documentados en expedientes judiciales, en registros periodísticos de dominio público, en sentencias de tribunales internacionales y en las propias palabras de las personas que vivieron esta historia desde adentro. Porque hay una diferencia fundamental entre un hombre que comete errores y un hombre que utiliza el poder del Estado para enterrar esos errores.

Y esa diferencia es precisamente lo que este expediente busca trazar con la precisión que la historia merece. Enrique Peña Nieto no nació siendo el hombre que llegaría a controlar la narrativa de un país entero. Nació el 20 de julio de 1966 en Atlacomulco, Estado de México, en el corazón del grupo político más impenetrable y longevo de la historia priista.

Atlacomulco no era simplemente un municipio, era una estructura de poder, una red de familias, de apellidos, de lealtades que se transmitían de padre a hijo como si fueran herencias de sangre. El llamado Grupo Atlacomulco había producido gobernadores, secretarios, presidentes municipales y figuras nacionales durante décadas.

Nacer ahí, con el apellido correcto y los padrinos políticos adecuados, no era una casualidad, era un destino diseñado. Su tío Alfredo del Mazo González había sido gobernador del Estado de México entre 1981 y 1986 y llegó a ser considerado candidato presidencial dentro del PRI. El apellido Peña, por su parte, arrastraba su propio peso político en la región.

Crecer en ese entorno significaba aprender desde niño que las reglas del mundo común no se aplicaban de la misma manera para todos, que el poder no era algo que se conquistaba únicamente con trabajo y mérito, sino que se heredaba, se cultivaba en los salones correctos y se protegía con lealtades estratégicas que nunca se cuestionaban en público.

La infancia de Enrique Peña Nieto transcurrió en una burbuja de privilegio regional que el resto de México apenas podía imaginar. Las escuelas a las que asistió, los círculos sociales en los que se movió, las puertas que se abrieron para él no respondían a las mismas lógicas que operaban para los millones de mexicanos que vivían del otro lado de esa burbuja.

Estudió derecho en la Universidad Panamericana, una institución privada de élite vinculada al Opus Day y posteriormente realizó una maestría en administración de empresas en el Tecnológico de Monterrey. Pero lo que realmente formó al político que México conocería no fueron los libros universitarios. fue el aprendizaje de los mecanismos invisibles del poder mexiquense.

¿Quién llama a quién? ¿Quién cede ante quién? ¿Qué secretos se guardan? ¿Y cuáles se utilizan como moneda de cambio? A los 27 años ya era presidente municipal de San Juan, Teothuacán. A los 35 era diputado local. La velocidad de su ascenso no era el resultado de un talento político excepcional, sino de una maquinaria que lo empujaba hacia arriba con la precisión de un proyecto largamente planificado por el grupo al que pertenecía.

Sus compañeros de generación en el PRI hablaban de él como un hombre agradable, de trato fácil, con una sonrisa siempre disponible y una capacidad notable para recordar nombres y hacer sentir a cada interlocutor que era importante. Esas habilidades sociales eran reales, pero detrás de ellas operaba algo que sus aliados más cercanos conocían perfectamente, una ambición sin límite visible y una disposición casi natural para delegar las consecuencias de sus decisiones en otras personas.

En 1993, en ese periodo de ascenso político controlado, Enrique Peña Nieto conoció a Mónica Pretelini Sa. Ella era una mujer elegante, formada, proveniente de una familia de clase media alta con arraigo en el Valle de México. No era una mujer de la política, no venía del mundo de los pactos de trastienda, ni de los salones donde se negocian las candidaturas.

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