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El síndrome de la invencibilidad fracturada: Lecciones, excusas y los graves peligros tras el histórico descalabro del oficialismo en Coahuila

Existen derrotas políticas que escuecen por lo ajustado del escrutinio, y luego existen varapalos monumentales que duelen por las verdades incómodas que sacan a la luz. La reciente hecatombe electoral sufrida por el partido Morena en el estado de Coahuila se inscribe, sin lugar a duda, en esta segunda y amarga categoría. Resulta imprescindible abordar este suceso con la claridad y la crudeza que la madurez de nuestra democracia exige. El partido en el poder no perdió la contienda por un margen estrecho en un par de distritos disputados; el descalabro fue total. Perdieron los dieciséis distritos en juego. Una humillante proporción de dieciséis a cero. Esta caída se materializó con una desventaja de más de trescientos mil sufragios, marcando una brecha de aproximadamente veinticinco puntos porcentuales frente a una sólida coalición priista que aglutinó cerca de 684.000 votos, eclipsando por completo los raquíticos 325.000 apoyos que apenas consiguió rascar la alianza entre Morena y el Partido del Trabajo.

Sin embargo, lo que resulta verdaderamente insólito y preocupante no es el castigo de las urnas en sí, sino la reacción visceral del aparato oficialista. Mucho antes de que el conteo de votos llegara a su fin, la cúpula nacional del movimiento ya tenía perfectamente engrasada y difundida su cuartada justificativa. No admitieron una derrota; sentenciaron, con inusitada ligereza, que habían sido víctimas de una “elección de Estado”. Es imperativo detenernos a diseccionar esta frase, porque encierra un peso histórico trascendental. Aquellos que peinan canas y guardan memoria de las lucha

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