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Eduardo Capetillo: El Galán Que lo Tenía Todo Se Derrumbó en Vivo… Lo Que Escondió Durante Años…

Hay un instante  en un foro de televisión en el año 2024 en el que un hombre de 54 años  se queda sin voz, no porque se le olvide lo que iba a decir, sino porque lo que iba a decir le pesa demasiado.  está sentado frente a su hijo, las cámaras encendidas, el público  en silencio y entonces el galán más codiciado de las telenovelas de los 90, el muchacho  que millones de mujeres recortaron de las revistas y pegaron en la pared de su cuarto, baja la cabeza, se le quiebra la

garganta y dice una frase que nadie esperaba  escuchar de él. No hay nada peor que estar sin estar. Guarda esa frase, vas a entender su verdadero peso  al final de esta historia. Ese hombre es Eduardo Capetillo y tú lo conociste  mucho antes de esa lágrima. Tú lo viste cabalgar en una telenovela.

Tú lo escuchaste  cantar en la radio mientras hacías la comida. Tú lo viste casarse  de blanco, de charro, frente a las cámaras con una de las mujeres más hermosas de su generación.  Para ti, durante años, Eduardo Capetillo fue el final feliz hecho persona. Por eso duele tanto descubrir lo que estaba pasando por dentro mientras tú lo  admirabas por fuera.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que pocas veces se cuentan completas. Primero,  la máquina que lo fabricó, cómo a los 15 años lo metieron a ocupar el lugar de otro en el grupo  más grande del país y cómo creció dentro de una familia donde un hombre tenía prohibido quebrarse. Segundo, lo que escondió  durante años detrás de esa sonrisa perfecta, la adicción que cargó en silencio  mientras tú creías que lo tenía todo.

Tercero, el momento exacto en que se derrumbó frente a  México llorando pidiéndole perdón a su propio hijo. Y cuarto,  ¿qué pasó con Vivi Gaitán, la mujer que estaba a su lado en aquella boda de cuento? ¿Y qué quedó realmente  de esa pareja 30 años después? Te voy  a avisar cuando llegue cada una, pero para entender  esa lágrima del 2024, hay que regresar mucho antes.

Hay que regresar a una época que tú viviste,  a una época que estaba en tu sala todas las noches. 13 de abril de 1970.  Nace un niño dentro de una de las familias más conocidas de México y no por la televisión.  por los toros. Su padre es Manuel Capetillo,  un torero de leyenda de los que llenaban plazas, de los que la gente iba a ver  con el corazón en la boca.

un hombre que se ganó la vida parándose frente a un animal de 500 kg y no moverse. Y por si el apellido del padre fuera poco, hay un  detalle que casi nadie cuenta. La madre de Eduardo, Carmen Vázquez, era  española y antes de casarse con Manuel Capetillo había estado  casada con otro matador de leyenda, Carlos Arrusa, de quien quedó viuda.

a pensar en eso. Este niño no nació solo  en una familia de toreros. Nació en el cruce de dos dinastías del  toreo con la sombra de dos leyendas encima antes de aprender a caminar. Para que entiendas de dónde venía este niño, tienes que entender  lo que era el mundo del toreo en aquellos años.

Aquello iba mucho más allá de un oficio. Era una forma  de vivir y, sobre todo una forma de entender la hombría. El torero  salía a la plaza a jugarse la vida de verdad con miles de personas  mirando, sin red, [carraspeo] sin una segunda oportunidad. Carlos Arrusa, el  primer esposo de su madre, había sido uno de los más grandes de la historia.

un hombre que toreó al lado del legendario Manolete y que llenó plazas a ambos lados  del océano. Y Manuel Capetillo, su padre, pertenecía a esa  misma estirpe de hombres que convertían el miedo en arte delante del público. En  una casa así, el valor no se pedía, se daba por sentado. Llorar, dudar,  mostrarse frágil eran cosas que sencillamente no cabían en el día a día de un capetillo.

Y un niño  aprende lo que ve. Aprende sin que nadie se lo diga con palabras  que para ser querido en esa casa hay que ser fuerte. Crecer entre esos dos apellidos era cargar con una herencia hermosa y pesada al mismo tiempo. Hermosa porque significaba pertenecer a la  realeza de una tradición centenaria pesada, porque cada paso se daba comparado con gigantes.

La familia tenía  su mundo en el campo, en el rancho, entre caballos y toros bravos,  en ese méxico rural y señorial donde el apellido lo era todo. Ahí se esperaba que los hijos varones siguieran el camino del padre, el traje de luces, la plaza, el riesgo. Y aquí  quiero que pienses en algo.

¿Cuántos hombres de tu generación crecieron de esa  manera, con un padre al que había que impresionar y al que nunca se le podía fallar, con la orden silenciosa de aguantar,  de no quejarse, de ser el fuerte, pasara lo que pasara. Esa orden silenciosa marcó a Eduardo desde antes de que supiera lo que era una cámara  y lo iba a perseguir durante el resto de su vida.

Piensa en lo que significa crecer así. En esa casa,  ser hombre tenía un significado muy concreto. El hombre no tiembla,  el hombre no se queja, el hombre aguanta, manda,  da la cara y jamás deja que nadie lo vea débil. Esa fue la primera escuela emocional de Eduardo. Antes que  la televisión, antes que la música, antes que la fama, estuvo esa idea heredada de lo que un capetillo debía ser.

Y recuerda eso porque es la raíz de todo lo que vino después. Sus hermanos  también estaban en el medio. Guillermo Capetillo, actor y torero, rostro conocido  de las telenovelas. Manuel, también ligado al ruedo y al espectáculo.  Era una dinastía completa y dentro de una dinastía,  un hijo no nace libre, nace con un apellido que tiene que  sostener.

El camino estaba atrasado desde antes de que él pudiera opinar. La plaza, el traje de luces, el toro, el aplauso  de la fiesta brava. Eso se esperaba de un capetillo. Pero Eduardo eligió otro camino.  No quiso la plaza de toros, quiso el escenario.  Siendo todavía un niño, se metió a tomar clases de actuación con  la actriz Marta Zavaleta y clases de jazz en los centros de preparación de Televisa.

Y a los 13 años se subió a un concurso de televisión  que tú seguramente viste. Se llamaba Juguemos a cantar. Ahí con una canción llamada Mi grupo toca rock, el niño Capetillo se llevó el segundo lugar. Fue su primera probada del aplauso y el aplauso cuando llega  a esa edad se vuelve una droga antes que cualquier sustancia.

Poco  después llegó otra puerta, el teatro musical. Eduardo formó parte de Vaselina,  la versión en español del musical Grease, ese fenómeno que en México lanzó  a toda una generación de jóvenes artistas. El muchacho de la familia de toreros cantaba, bailaba y actuaba sobre un escenario  lejísimos del ruedo que le habían reservado.

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