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Amanda Miguel: El ASQUEROSO Linchamiento Que Sufrió Mientras Enterraba a Diego Verdaguer…

Es de noche en un hospital de Burbang, California. 27 de enero de 2022. En una habitación, conectado a un tanque de oxígeno que sube y baja con un silvido que nadie quiere escuchar, hay un hombre de 70 años. Se llama Diego Verdaguer. Tú lo conoces, tú lo cantaste. Y esa noche, con la poca fuerza que le queda en las manos, toma su teléfono y escribe un último mensaje para la mujer que ama desde hace 406 años.

Seis palabras. Eres y serás la ladrona que me robó el corazón. A unos metros de ahí, detrás de otra pared, en otra habitación del mismo hospital. Está ella, Amanda Miguel, también enferma con el mismo virus corriéndole por dentro y no puede cruzar ese pasillo, no puede entrar, no puede tomarle la mano. 46 años durmiendo en la misma cama y la última noche lo separa una puerta de hospital y un protocolo.

Diego se va esa madrugada y ella se queda con un mensaje sin contestar a tiempo y con algo peor. Porque tr años después, sentada frente a una cámara, Amanda Miguel iba a decir en voz alta lo que se había guardado desde esa noche, lo que explica por qué no puede perdonarse. Lo dijo con su nombre, con su voz, sin que nadie la obligara.

Yo lo contagié. Yo lo contagié. Lo repitió dos veces. como quien confiesa algo que lleva años pesándole en el pecho. Había ido a un concierto, llevó el virus a su propia casa sin saberlo y se lo pasó al hombre con el que compartió media vida. El mismo virus que los dos habían llamado en público, un invento, una mentira, una plandemia.

Escúchame bien, porque esto no es un chisme de revista. Esto lo dijo ella con sus propias palabras. Y aquí te voy a contar todo lo que hay detrás. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre este matrimonio de 46 años. Primero, el secreto detrás de la canción que tú cantaste mil veces en tu cocina.

Él me mintió. ¿Quién la inspiró de verdad? ¿Y por qué el propio Diego terminó admitiendo frente a las cámaras que esa canción de mujeres traicionadas iba dedicada a él? Segundo, lo que de verdad pasó en ese hospital de California. ¿Por qué los separaron cuando más se necesitaban? ¿Qué se escribían por el teléfono a metros de distancia? ¿Y la negligencia que Amanda denunció con nombre y con rabia? Tercero, la confesión que cayó durante 3 años.

cómo llevó la muerte a su propia casa sin saberlo y el linchamiento que ya la había condenado mucho antes de que ella abriera la boca. Y cuarto, lo que pasó después de enterrarlo. La pelea pública de sus dos hijas, el fantasma de luz que ella sube cada noche al escenario y los nietos que cantarán sus canciones sin haber conocido nunca su voz.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Y la cuarta, la última es la que le da sentido a todo. Pero para entender cómo fue posible que la mujer que más amó a este hombre terminara cargando su muerte, hay que volver al principio. que esta historia no empieza en un hospital, empieza en una calle de Buenos Aires y empieza con una voz que tú escuchaste toda tu vida sin saber el precio que costó.

Marzo de 1975, Buenos Aires, Argentina. Un hombre de 23 años va manejando su carro por las calles del centro. Diego Verdaguer ya tiene cierta fama, ya sabe lo que es que las mujeres griten su nombre cuando sube a un escenario. Y entonces la ve una muchacha cruzando la calle, 18 años. Venía de la Patagonia, del sur, de muy lejos.

Diego frena, da la vuelta, la busca y le pregunta así en plena calle si canta. Ella le contesta que sí. Él le pide que cante ahí mismo dentro del carro, sin música, sin nada. Y cuando esa muchacha abre la boca, algo en Diego Verdaguer se mueve para siempre. Años después lo contaría con esas mismas palabras, que cuando la vio cruzar la calle, algo dentro de él le dijo que esa mujer iba a ser su esposa, que lo supo sin conocerla.

Pero Diego no se le echó encima. Él mismo lo contó años después y es un detalle que dice mucho de quién era. Se le acercó despacio. Durante un mes entero. No la tocó más que para tomarle la mano y darle un beso en la mejilla. Pasearon, hablaron. Él fue generando esa cercanía a propósito. Fue una estrategia, confesó.

decidía hacerlo para que fuera algo especial. Y un día, frente al río de Buenos Aires, la besó por primera vez y le dijo que quería ser su novio. El hombre que tenía a las mujeres gritando su nombre en los conciertos, cortejando despacio durante un mes a una muchacha de 18 años que venía del sur. Y Amanda casi le dice que no.

Porque ella supo desde el principio que ese hombre venía cargado. Venía de un matrimonio roto. Venía con una hija pequeña del otro lado del país. Venía con la costumbre de gustar y de gustarse. Cualquier muchacha con la cabeza fría habría salido corriendo. Manda lo dudó, lo pensó, pero Diego insistió, la buscó todos los días, le prometió que iba a cambiar, que iba a ser el hombre que ella merecía y ella le creyó.

Como le creen tantas muchachas enamoradas a los 20 años pensando que el amor alcanza para sostener cualquier cosa. Ese sí, dicho en 1975, le iba a costar 46 años de su vida y todo lo que viene en esta historia. Esa muchacha se llamaba Amanda Miguel y Diego empezó a llamarla de un modo que la iba a perseguir toda la vida.

La ladrona que le robó el corazón. Te pido una cosa, guarda esa frase. La ladrona que le robó el corazón. La vas a necesitar para entender el final de esta historia. Se casaron ese mismo año, 1975. Ella tenía 18, él 23. Pero Diego no llegaba con las manos limpias a ese matrimonio. Venía con una vida entera atrás.

Un primer matrimonio que se había deshecho. Una niña pequeña, su hija Jimena, que quedó del otro lado, criada lejos de él. Y la costumbre, ya bien armada, ser un hombre al que le gustaba que lo miraran. Amanda lo supo desde el principio. No era una niña tonta. Tenía fuego adentro, ese fuego que la metía en problemas, ese mismo fuego que más tarde la iba a sostener cuando todo lo demás se cayera.

Para entender lo que viene, tienes que entender el mundo en el que cayó esa muchacha, no el mundo de los libros de historia, el mundo de tu sala. Imagínate la televisión y la radio de aquellos años 70 y 80. La balada romántica reinaba en toda Latinoamérica. Una canción podía sonar en México, en Argentina, en Colombia, en Los Ángeles, todo al mismo tiempo y meterse en la vida de millones de personas.

Tú llegabas cansada del trabajo, prendías el aparato y ahí estaban esas voces acompañándote mientras lavabas los trastes, diciéndote en una canción lo que tú no te animabas a decirle a nadie. Esa era la maquinaria y esa maquinaria tenía una regla que casi nadie cuestionaba. El hombre al frente, la mujer atrás.

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