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Pedro Infante Escuchó a un Joven Cantar en la Calle… y Lo Que Hizo Cambió Su Vida Para Siempre

Escogió la esquina que estaba justo frente a los estudios América. Él sabía muy bien que por ahí caminaban los jefes de cine, los directores y la gente de dinero. Pensó que tal vez, solo tal vez, alguien importante lo iba a escuchar. Empezó a cantar Amorcito Corazón, porque era la que más bonito le sonaba, la que había cantado mil veces frente al espejo roto de su cuarto.

Su voz salía muy fuerte y clara, llenando el aire de la calle, con un sentimiento tan puro que obligaba a la gente a frenar su paso. Unos le dejaban monedas sueltas en la caja de su guitarra y otros solo lo miraban con ganas de llorar. antes de seguir caminando. Pero lo que este joven de Puebla no sabía era que el verdadero Pedro Infante estaba a unos cuantos pasos de ahí escuchando todo escondido cerca de la entrada, el encuentro de dos almas iguales.

El famoso actor había pasado todo el santo día grabando escenas para su película Tisoc y estaba que se caía de cansancio. El calor del lugar, las luces fuertes en su cara y el tener que repetir lo mismo y otra vez le habían robado toda su energía. Ya solo quería subirse a su carro. irse a su casa, quitarse la pintura de la cara y abrazar a sus niños.

Pero esa voz en la calle lo frenó por completo. Primero pensó que alguien había prendido un radio grande con uno de sus discos, pero luego se dio cuenta de que el sonido venía de una guitarra de madera y de un joven de carne y hueso. Caminó muy lento y sin hacer ruido hacia donde estaba el muchacho, escondiéndose detrás de la gente que se había juntado a escuchar.

Se quedó ahí de pie, mirando a este chico tan flaco con ropa muy vieja que cantaba su canción como si se estuviera sacando el corazón del pecho. El pantalón del joven tenía parches de tela en las rodillas. Sus zapatos, que seguro eran de alguien más, estaban tan rotos que Pedro pudo ver los pedazos de cartón que usaba para tapar los hoyos de la suela.

Pero la forma en que se paraba era muy digna, con la cabeza en alto. No cantaba pidiendo limosna, cantaba como todo un gran artista. Y lo más loco de todo es que no solo era el tono de voz. El joven hacía los mismos cortes de aire, las mismas pausas tristes en las partes difíciles y ponía el mismo dolor dulce que el gran ídolo le ponía la canción.

Pedro sintió una cosa muy rara en el estómago. No era envidia, no era enojo, era como verse en un espejo mágico, era como viajar al pasado y verse a sí mismo muchos años atrás, cuando él también pasaba fríos cantando por monedas en esas mismas calles con el mismo estómago vacío y el mismo sueño loco. Cuando Arturo terminó de cantar, el pequeño grupo de personas empezó a aplaudirle mucho y le tiraron monedas de más valor que de costumbre.

El joven sonrió dando las gracias, sin tener idea de que entre todas esas personas estaba el dueño original de esa voz tan mágica. Pedro Infante dio un paso al frente sin decir su nombre. Llevaba puestos unos lentes oscuros y un sombrero grande que le tapaba casi toda la cara. “Cántate otra más”, le dijo con voz muy suave y calmada.

Arturo lo miró, dijo que sí, con la cabeza sin saber quién era, y empezó a tocar 100 años. Y de nuevo pasó lo imposible. Era el mismo sonido, el mismo aire, el mismo dolor en la garganta. Al gran cantante le recorrió un frío por toda la espalda al sentirse frente a su propio fantasma sonoro. Cuando la música terminó, Pedro se quitó los lentes despacio.

Unas personas lo reconocieron de inmediato y empezaron a hablar en voz baja. Arturo seguía sin darse cuenta, muy ocupado, guardando las monedas en su pantalón. “¿Sabes quién soy?”, le preguntó el ídolo. Arturo levantó la cabeza, lo vio a los ojos y su cara se puso blanca como el papel. La guitarra por poco se le resbala y cae al piso.

“Señor, señor infante”, pudo decir con la voz temblando del susto. “Yo, yo nada más estaba.” Pedro levantó su mano para calmarlo. Tranquilo, muchacho. Dime algo. ¿Tú cantas así siempre o solo estás tratando de copiarme? Esa pregunta dolió como un cuchillo en el pecho del joven. Toda la gente en la ciudad le decía que solo era un copión, que no valía nada por su cuenta, que se robaba el estilo de otro.

Y ahora el mismísimo gran ídolo estaba ahí en persona, seguro para regañarlo por lo mismo. “Yo no le copio a nadie”, respondió Arturo con un valor y un orgullo que hasta él mismo lo dejó sorprendido. “Esta es mi voz de verdad. Así nací, yo no la elegí.” El famoso actor se quedó mirando su cara por un tiempo que pareció no acabar nunca.

Pudo ver la pena mezclada con el orgullo puro, las ganas de llorar escondidas y el hambre de días brillando en sus ojos. Pudo ver de nuevo al muchacho pobre que él mismo fue. ¿De dónde vienes?, le preguntó. De Puebla. Llegué hace un mes buscando una chance. ¿Y la encontraste? Arturo dijo que no con la cabeza, muy triste. Nadie me quiere escuchar en ningún lado.

Dicen que solo soy una copia. Pedro Infante sintió un nudo en la garganta. “Vente conmigo”, le dijo apuntando hacia adentro del gran edificio de cine. “Quiero que grabes una canción ahorita mismo.” Arturo cerró los ojos y los volvió a abrir sin poder creerlo. Grabar ahorita. ahorita mismo y aquí conmigo. La gente en la calle empezó a aplaudir muy fuerte al escuchar eso.

Detrás de las puertas del sueño, el joven agarró su guitarra de madera con las manos todavía temblando y caminó detrás de la estrella hacia dentro de los estudios América. Pasaron por pasillos inmensos que el chico jamás pensó llegar a pisar en su vida. Las paredes estaban llenas de fotos sin color de todos los grandes reyes del cine.

Vio la cara seria de Jorge Negrete en un cuadro de oro. vio a la bella María Félix sonriendo con esa magia que paraba corazones. Pasaron por carteles de la película Nosotros los pobres, esas cintas que Arturo veía desde las sillas más baratas y feas en el cine de su pueblo, pagando unos centavos para poder entrar. El lugar tenía un olor muy raro y especial.

Olía pintura fresca, a humo de cigarro fuerte, a loción cara y a una magia invisible que solo se siente en los lugares donde se fabrican los sueños grandes. Al fin llegaron al cuarto de sonido donde el ídolo había pasado toda la mañana. Los hombres de las máquinas y los botones se quedaron con la boca abierta cuando vieron entrar al gran jefe con este muchacho flaco y mal vestido que parecía sacado de la basura.

“Preparen las máquinas otra vez”, dio la orden el cantante. Este chico va a cantar. Arturo se paró frente a un micrófono negro enorme y brillante, muy distinto a las esquinas sucias de la calle. Las luces fuertes, los cables, los hombres serios mirándolo. Todo le hacía sentir que ya no estaba en su mundo pobre.

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