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Le robaron su último caballo… y desataron la peor venganza del Oeste.

El sheriff Parker mandó jinetes a las granjas cercanas. La pandilla se dirige hacia el sur después de atacar a los Pemberton y el sur los trae directo por aquí. Exactamente. Respondió Mason manteniendo la voz serena pese al escalofrío que le recorrió la espalda. El sherifff está reuniendo una partida, pero no saldrán hasta mañana.

Pensé que debías saberlo. Aquí tan solo con ese caballo tan fino serías un blanco fácil para esos demonios que saben reconocer un animal de calidad. Mason miró hacia el corral. Medianoche los observaba con curiosidad la cabeza alta. Agradezco la advertencia, señora Tilman, dijo Mason. Estaré atento.

Deberías venir al pueblo, Mason, insistió Harriet.  Quédate unos días hasta que esto se calme. Tengo una habitación libre sobre la tienda y ese semental estaría más seguro en el establo de la diligencia. Por un instante, Mason lo pensó a su edad y con la pierna mala. ¿Qué tanto podría resistir ante una banda de forajidos despiadados? Pero la idea de abandonar su rancho de ceder al miedo le revolvía el alma.

“Esta es mi casa”, dijo al fin. “He luchado por mantenerla durante 30 años y no pienso huir ahora. Harriet suspiró. Era la respuesta que esperaba. Tan terco como siempre. Al menos acepta esto. Metió la mano en la carreta y sacó una caja de municiones. Las pedí para mi hijo Elías antes de que la fiebre se lo llevara.

Nunca vino a buscarlas. Le servirán a ese Remington tuyo. Mason aceptó el obsequio con una inclinación de cabeza. No tenía por qué hacerlo. Los vecinos se cuidan entre sí, respondió ella simplemente. Pero ten cuidado, Mason. Esos hombres no son como los bandidos de antes. Ahora matan por diversión, no por necesidad. Cuando la carreta de Harriet se perdió por el camino, Mason regresó al corral con el periódico y la caja de balas apretados entre las manos.

El semental percibió su tensión acercándose con las orejas alerta y los ojos brillantes. “Parece que se avecinan problemas, compañero”, dijo Mason acariciando el cuello brillante del animal. “Pero no te preocupes, mientras respire, nadie pondrá un dedo sobre ti.” Esa noche Mason limpió su Remington con una precisión casi ritual.

El gesto le recordó las guardias silenciosas de los años de guerra. cargó cada recámara con cuidado. El peso del arma firme en su mano le daba seguridad. Revisó su viejo rifle Henry, asegurándose de que funcionara bien, y colocó ambas armas al alcance de su cama. El sueño vino inquieto, interrumpido por los dolores de su pierna y las preocupaciones que giraban en su mente.

Cada crujido de la casa o soplo de viento entre las rendijas lo hacía despertar alerta. Sin embargo, la noche pasó sin incidentes. El amanecer llegó con el canto suave de las alondras del desierto y el aullido lejano de un coyote solitario. Mason se levantó junto con el sol. Sus articulaciones protestaron mientras se ponía las botas.

Había trabajo que hacer. Hubiera o no bandidos. cruzó hacia el granero con el revólver al cinto y fue recibido por un relincho ansioso de medianoche. “Buenos días para ti también, amigo”, dijo Mason abriendo la puerta del corral para dejar al semental salir a ejercitarse en el potrero. Medianoche galopó alegre corcobeando y dando patadas al aire fresco antes de lanzarse en carrera alrededor del terreno.

Mason lo observó con orgullo silencioso. El caballo era una maravilla en movimiento fuerte, seguro, con una elegancia natural que haría llorar de envidia a cualquier oficial de caballería. Mientras se preparaba para limpiar los establos, un destello metálico en la cresta norte llamó su atención. Se quedó inmóvil, los ojos entrecerrados.

Allí estaba otra vez el reflejo del sol de metal. Su mano se posó en el revólver mientras su mente calculaba distancias y opciones. La colina estaba a más de media milla demasiado lejos para un disparo de pistola, pero dentro del alcance del rifle. era el punto perfecto para observar el rancho sin ser visto, salvo que Mason conocía cada rincón de esas tierras mejor que nadie.

Disimulando la tensión, volvió al granero con aparente calma, como si siguiera con sus tareas. Ya dentro tomó los binoculares del estante y usando la puerta como cobertura, estudió con paciencia la línea de árboles. Tardó varios minutos en encontrarlos. Tres hombres a caballo ocultos entre los pinos. Tres hombres a caballo medio ocultos entre los pinos.

Aún desde esa distancia, los prismáticos revelaban lo suficiente para confirmar sus temores, tipos rudos con pañuelos cubriéndoles la mitad del rostro y rifles descansando sobre las sillas. Uno de ellos, más corpulento que los demás, observaba el rancho a través de su propio catalejo. Sin duda, eran exploradores de la banda del río rojo y la mente de Mason empezó a trabajar con rapidez.

Si estaban vigilando ahora, era probable que atacaran al caer la noche. Tres hombres solo significaban un grupo de reconocimiento. La banda completa de una docena o más llegaría después. Estaban evaluando el terreno, midiendo defensas y valorando qué podían obtener. Mason comprendió que aquello no era una simple visita de paso.

Medianoche galopando libre en el potrero, seguramente había atraído su atención. Su primer impulso fue llevarlo al establo de inmediato, pero se contuvo. Mejor dejar que los observadores creyeran que él no había notado nada, que vieran a un anciano haciendo su rutina, un caballo solitario pastando un rancho sin protección, que lo subestimaran.

No sería la primera vez que ese error costaba vidas. Con movimientos pausados, Mason siguió con sus quehaceres matutinos, alimentó las gallinas, partió leña para la estufa y revisó el pequeño huerto sin apartar del todo la mirada de los hombres en la colina. A media mañana ya no estaban. Se habrían ido a informar, dedujo Mason.

El plan vendría después y luego el asalto, probablemente pasada la medianoche cuando ellos imaginaran que él dormía. Cualquiera habría cabalgado hasta el pueblo buscando refugio y compañía. Mason lo pensó apenas unos segundos antes de desechar la idea. Aunque lograra reunir una partida a tiempo, la banda simplemente atacaría otro lugar. Otra familia sufriría.

Otro caballo como medianoche sería robado. Otro muchacho, como el de los Pemberton moriría. No huir no era la respuesta. No esta vez silvó para llamar a medianoche que acudió dócilmente. Llevándolo al granero, Mason dedicó un buen rato a cepillarlo mientras su mente tejía posibilidades. El movimiento rítmico del cepillo sobre el pelaje brillante del caballo lo ayudó a ordenar un plan peligroso.

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