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La Primera Audición de Antonio Aguilar Duró 10 Minutos y Conmovió a Pedro Armendáriz Hasta Llorar

A su lado esperaba un hombre joven con una guitarra al hombro que no dejaba de mover el pie contra el piso y dos sillas más allá una mujer con un vestido planchado  con demasiado esmero para una mañana cualquiera. Los tres tenían la misma postura, la espalda recta, las manos quietas sobre algo que sostenían como si soltarlo fuera admitir que el nerviosismo ya había  ganado.

Llamaron primero al de la guitarra, que volvió a los pocos minutos con la cara de quien ya sabe la respuesta antes de que se la digan, y después a la mujer del vestido planchado,  que no regresó a la sala, lo cual Antonio decidió interpretar como una señal de  que en ese pasillo todavía pasaban cosas buenas, porque necesitaba creerlo más de lo que necesitaba comprobarlo.

Pasaron las 10:30, el calor dentro del salón se había vuelto denso. Antonio se preguntó  si 34 años eran demasiados para seguir esperando que alguien le diera 5 minutos. Dejó pasar la pregunta como  había aprendido a dejar pasar tantas otras y siguió ahí con la carpeta sobre las  piernas mientras desde algún punto del edificio llegaba apagada por las paredes.

Una voz que cantaba algo que sonaba corrido y que Antonio, sin saber todavía por qué, se quedó escuchando con  más atención de la que la espera normalmente exigía. La voz que llegaba apagada por las paredes pertenecía, según supo después,  a otro aspirante que ensayaba un corrido en el cuarto del fondo, no a ninguna estrella consagrada.

Pero algo en la manera en que esa voz subía y bajaba sin esfuerzo hizo que Antonio  se preguntara, todavía sentado con la carpeta sobre las piernas, qué  tan lejos estaba lo que él traía preparado de lo que se escuchaba al otro lado de esos muros. Llevaba ya casi dos horas esperando cuando la secretaria por fin levantó la vista de la lista y dijo su nombre completo, Antonio  Aguilar, con el mismo tono neutro con que probablemente decía cualquier otro nombre de esa lista, sin que el peso que

esas dos palabras  tenían para él significara nada para ella. Se levantó, dejó la maleta de lámina apoyada contra  la pared después de pensarlo un segundo, porque cargarla hasta la sala de pruebas le pareció una señal de algo que no quería mostrar todavía. La señal  de un hombre que no tenía donde dejar sus cosas porque no tenía en sentido estricto un lugar fijo en esa ciudad.

siguió a un asistente  joven por un pasillo angosto con las paredes pintadas de un verde pálido que la luz de las lámparas hacía ver más viejo de lo que probablemente era. A los lados  había puertas cerradas de las que salían sonidos distintos, una grabación reproducida a volumen bajo, una conversación que no se entendía del todo,  el golpeteo de una máquina de escribir.

El asistente se detuvo frente a la última puerta del pasillo y la abrió sin tocar. Adentro había un cuarto  más pequeño de lo que Antonio había imaginado, con un piano de media cola contra la pared, un micrófono montado sobre un soporte de metal y  una ventana alta que dejaba entrar una franja de luz blanca.

Tras un escritorio improvisado  con dos sillas más, estaba sentado un hombre de bigote recortado y mangas de camisa enrolladas, que levantó la vista  apenas el tiempo necesario para señalar la silla frente al piano y decir que tenía 10 minutos,  que cantara lo que llevaba preparado, que si necesitaba al pianista podía pedirlo, pero que tardaría un momento en llegar.

Antonio dijo que  llevaba sus partituras, pero que también podía cantar sin acompañamiento si era más rápido. El hombre  asintió sin mucho interés. el tipo de gesto que se da por costumbre más que por curiosidad y se acomodó en la silla con los brazos cruzados. Antonio se paró frente al micrófono. La sala olía a madera y a humedad  antigua, y había un silencio particular ahí adentro, distinto al silencio del  salón de espera.

Un silencio que parecía absorber cualquier sonido antes de devolverlo transformado. Sacó la primera partitura de la carpeta, la sostuvo un segundo entre las manos sin mirarla del todo, porque la conocía de memoria después  de tantas noches repasándola en la pensión y la volvió a guardar. No la necesitaba. Respiró.

pensó  brevemente en Zacatecas, en su padre, en las clases de canto que había pagado con dinero  que no tenía de sobra, en cada puerta que se había cerrado sin un no claro, solamente  con esa indiferencia que cansa más que cualquier rechazo directo. Y entonces, sin más preámbulo, sin más ceremonia que el silencio que ya estaba puesto en la sala, comenzó a cantar.

La primera  canción que Antonio eligió no fue un bolero ni una ranchera, sino un fragmento de ópera que había estudiado en Nueva York. una pieza que conocía mejor que cualquier otra y que pensaba demostraría algo que las canciones populares no podían demostrar, el alcance real de su voz, la disciplina detrás de ella.

En los  primeros compases sonó más contenido de lo que hubiera querido, el tipo de contención que viene  del nerviosismo que uno cree haber controlado y que aparece de todas formas en el primer sonido que sale al aire. El hombre del bigote  recortado no cambió de postura. Los brazos seguían cruzados, la mirada fija en un punto impreciso del escritorio.

El gesto de alguien que ha escuchado tantas audiciones que ya no  necesita mirar para evaluar. Hacia la mitad de la pieza algo se acomodó en la voz de Antonio, no de golpe, sino con la lentitud de quien encuentra  el ritmo de una habitación después de los primeros segundos torpes.

La voz  llenó el cuarto pequeño de una manera que no tenía que ver únicamente con el volumen, sino con  un control que solo años de disciplina vocal podían dar. Un control que, sin embargo, en ese momento sonaba más a ejercicio que a verdad, más a técnica  que a algo vivido. Antonio terminó la pieza con una nota sostenida que apagó con cuidado, casi con miedo de romperla antes de tiempo.

Y el silencio que siguió  no fue el silencio de algo inesperado, sino el silencio más plano de  alguien que recibió exactamente lo que esperaba recibir. El hombre del bigote habló primero. dijo que la voz era buena, técnicamente  sólida, que se notaba el estudio detrás, pero que en ese estudio grababan canciones rancheras, corridos,  poleros, que la gente cantaba en las cantinas y en las radios de los pueblos.

No áreas de teatro europeo y que si Antonio tenía algo más cercano a eso, sería bueno escucharlo antes de  decidir nada. No fue cruel al decirlo, fue simplemente directo con la franqueza de alguien que ha visto  a muchos cantantes preparados llegar con el repertorio equivocado para el lugar equivocado.

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