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La mujer apache puso sal en la comida del vaquero… En su tribu era una propuesta de matrimonio.

Nina miró hacia el horizonte, donde las tiendas de su aldea se levantaban como pequeñas montañas de cuero y madera. sabía exactamente lo que pasaría si llevaba a este extraño. Su padre montaría en cólera, los guerreros jóvenes exigirían su expulsión y Lobo Negro, el cazador que llevaba años pidiéndole matrimonio, la miraría con esos ojos llenos de reproche y celos.

Pero Nina también sabía algo más profundo, algo que sentía en los huesos. No podía dejarlo morir. Los espíritus lo habían puesto en su camino y ella no era nadie para contradecir su voluntad. Con todas sus fuerzas arrastró al hombre hasta la sombra de una roca gigante. Corrió de vuelta a la aldea como nunca había corrido.

Tomó su caballo más fuerte y una manta gruesa y regresó antes de que el sol alcanzara su punto más alto. El trayecto de regreso fue una tortura. El hombre pesaba como un tronco mojado y cada vez que el caballo tropezaba con una piedra, Nina temía que su corazón se hubiera detenido. Varias veces puso su oído contra su pecho, solo para confirmar que ese latido terco seguía luchando.

Cuando finalmente cruzó los límites de la aldea, el sol comenzaba a pintar el cielo de naranja y, tal como había predicho, el caos estalló de inmediato. ¿Qué has traído a nuestra tierra? La voz de su padre cortó el aire como el filo de una flecha. El jefe era un hombre imponente, con el cabello gris cayendo en trenzas gruesas sobre sus hombros y cicatrices de antiguas batallas cruzando sus brazos como ríos secos.

Sus ojos, normalmente sabios y tranquilos, ahora ardían con una furia que Nina pocas veces había visto. Lo encontré muriendo en el desierto, padre. El sol lo estaba matando. Entonces el sol sabe lo que hace. Los guerreros se habían reunido en círculo, murmurando como abejas furiosas. ¿Tienes idea de lo que los hombres como él le han hecho a nuestra gente? A la tribu del Valle del Norte.

Este hombre no les hizo nada a ellos. Respondió Nina plantándose firme, aunque sus rodillas temblaban. Estaba solo, sin agua, sin caballo. Los espíritus me lo pusieron enfrente por algo. No metas a los espíritus en esto. Entre la multitud, una figura alta y musculosa observaba todo en silencio. Lobo Negro era el mejor cazador de la tribu, respetado y temido por igual.

Durante tres largos años había cortejado a Nina con pieles finas, carne fresca y promesas de una vida cómoda. Y durante 3 años ella siempre encontraba una excusa para rechazarlo. Ahora, viendo al hombre blanco que Nina había cargado sobre su propio caballo, lobo Negro sintió algo venenoso crecer en su pecho, algo oscuro que no quería nombrar.

Tu padre tiene razón”, dijo dando un paso adelante, sus ojos clavados en el extraño inconsciente. “Este hombre no pertenece aquí. Devuélvelo a donde lo encontraste.” Nina lo enfrentó sin pestañar. ¿Desde cuándo los apache dejamos morir a alguien indefenso? Eso es lo que somos ahora. El silencio cayó sobre la aldea como una piedra en un lago quieto.

Finalmente, su padre habló con voz grave. vivirá o morirá bajo tu techo, Nina, pero si este hombre trae problemas, tú pagarás el precio. Ella asintió y con ayuda de algunas mujeres mayores, arrastró al extraño hasta su tienda. Esa noche, mientras limpiaba sus heridas con agua tibia y hierbas curativas, Nina estudió el rostro del desconocido.

Bajo las quemaduras y el polvo había algo noble en sus facciones, algo que la inquietaba sin saber por qué. ¿Quién eres? susurró en la oscuridad. “¿Y por qué los espíritus te trajeron a mí?” El hombre no respondió, solo seguía respirando, aferrado a la vida, con una terquedad que Nina no podía evitar admirar.

Afuera, lobo negro miraba la tienda de Nina con los puños apretados y el corazón envenenado por los celos. Algo malo estaba por comenzar. Tres días, tres largas noches. Eso fue lo que tardó el extraño en abrir los ojos. Nina apenas había dormido en todo ese tiempo. Cada pocas horas cambiaba los paños húmedos sobre su frente ardiente, le daba pequeños sorbos de agua con miel y aplicaba unuentos de hierbas sobre sus labios destrozados y su piel quemada.

Las mujeres mayores de la tribu la observaban desde lejos, murmurando entre ellas cosas que Nina prefería no escuchar. Está perdiendo el tiempo con ese hombre, decían, “Morirá antes del amanecer, pero no murió.” Cada mañana, cuando Nina ponía su oído sobre su pecho, ese corazón terco seguía latiendo, débil, pero constante, como un tambor lejano que se negaba a callar.

La fiebre fue lo peor. Durante la segunda noche, el extraño comenzó a temblar violentamente, murmurando palabras en un idioma que Nina no entendía, nombres, tal vez lugares, fragmentos de una vida que ella no conocía, pero que podía sentir cargada de dolor. “Sara”, murmuró él en un momento con la voz rota. Lo siento, lo siento tanto.

Nina no sabía quién era Sara, pero sintió una punzada extraña en el pecho al escuchar ese nombre dicho con tanta tristeza. Una esposa, una hermana, alguien que este hombre había perdido en el camino. Le puso otro paño frío sobre la frente y le susurró palabras de consuelo en su propia lengua. No importaba que él no pudiera entenderla.

A veces el tono de la voz curaba más que cualquier medicina. Al tercer día, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse sobre las montañas, Nina estaba preparando más unento cuando escuchó un sonido detrás de ella, un gemido diferente, más consciente, se volteó y contuvo el aliento. El hombre tenía los ojos abiertos, eran azules como el cielo del mediodía y la miraban con una mezcla de confusión y miedo.

¿Dónde? Su voz era un susurro rasposo, apenas audible. ¿Dónde estoy? Nina no entendió sus palabras, pero entendió su expresión. Levantó las manos lentamente, mostrando que no tenía nada que pudiera hacerle daño. Tranquilo, dijo en su lengua con voz suave, “Estás a salvo. Nadie te hará daño aquí.

” El hombre intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. cayó de nuevo sobre las pieles que servían de cama, respirando con dificultad. Sus ojos recorrieron la tienda, observando las paredes de cuero, las hierbas colgando del techo, los cuencos de barro con agua y unüentos. Cuando su mirada volvió a Nina, algo cambió en su expresión.

El miedo se transformó en curiosidad y luego en algo parecido a la gratitud. Agua, dijo señalando su garganta con un gesto débil. Por favor, Nina entendió, tomó un cuenco pequeño y se lo acercó a los labios, sosteniéndole la cabeza con cuidado para que pudiera beber sin ahogarse. Él bebió como si fuera la primera vez que probaba el agua en su vida, con los ojos cerrados y una expresión de alivio profundo.

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