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Juan Gabriel fue IGNORADO en el Ensayo de Viña del Mar — 20 minutos después DOMINÓ el Festiva Entero

Juan Gabriel estaba en medio de su ensayo en el escenario de la Quinta Vergara cuando notó que los periodistas y críticos que observaban desde los bastidores se reían entre ellos señalándolo con gestos de burla. Era febrero de 1996 y esta sería su primera presentación en el Festival de Viña del Mar, el evento musical más importante de Chile y de toda América Latina.

Desde las zonas técnicas y los pasillos laterales del anfiteatro podía escuchar murmullos y risas mal disimuladas de la prensa chilena que claramente no lo tomaba en serio. Juan Gabriel sabía exactamente lo que estaban pensando, que un artista mexicano con su estilo extravagante nunca conquistaría al público chileno conocido como el monstruo, el más exigente y despiadado de todo el continente.

Pero lo que ninguno de esos críticos sabía era que en unas pocas horas Juan Gabriel los sorprendería a todos con una de las presentaciones más extraordinarias  en la historia del festival. El Festival de Viña del Mar era legendario por su público brutal, que no perdonaba ningún error y que había hecho llorar a docenas de artistas internacionales, expulsándolos del escenario con abucheos ensordecedores.

Los chilenos se enorgullecían de tener el criterio musical más refinado de América Latina y no aceptaban cualquier cosa. Grandes estrellas internacionales habían fracasado miserablemente en ese mismo escenario, reducidas a lágrimas por un público que las destrozaba sin piedad. Cuando se anunció que Juan Gabriel participaría en la edición de 1996, la reacción de la prensa chilena fue de escepticismo abierto.

Algunos lo reconocían como una estrella en México, pero la mayoría de los críticos escribieron artículos cuestionando si su estilo demasiado dramático y expresivo resonaría con el sobrio y exigente público chileno. Los mexicanos lo aman, pero aquí en Chile tenemos otros estándares”, había escrito un influyente periodista en el Mercurio días antes del festival.

Esa tarde, durante el ensayo, esa actitud de superioridad estaba presente en cada mirada, en cada comentario susurrado que Juan Gabriel alcanzaba a escuchar desde el escenario mientras afinaba los detalles técnicos de su show. Durante su ensayo de sonido en la tarde del día de su presentación, Juan Gabriel cantaba fragmentos de sus canciones mientras los técnicos ajustaban los niveles de audio y las luces en el escenario vacío.

Un grupo de aproximadamente 15 periodistas y fotógrafos que cubrían los preparativos del festival se había reunido en diferentes puntos del anfiteatro para documentar los ensayos de ese día. Muchos de ellos intercambiaban comentarios en voz baja que no se molestaban en disimular demasiado. Dos críticos musicales reconocidos conversaban en la décima fila con expresiones de duda mientras Juan Gabriel interpretaba Amor eterno ajustando la acústica con su equipo técnico.

“Canta bien, no se puede negar eso”, comentó uno de ellos. “Pero el monstruo necesita más que una voz bonita. necesita presencia y no sé si este mexicano la tenga. Los fotógrafos tomaban imágenes rutinarias sin mucho entusiasmo, como si estuvieran cumpliendo una obligación profesional más que documentando algo importante para la mayoría de la prensa chilena presente.

Ese día, Juan Gabriel era simplemente otro artista extranjero que probablemente sería devorado por el público esa noche. Uno más en la larga lista de fracasos internacionales que Viña del Mar coleccionaba como trofeos. Juan Gabriel no era ingenuo, sabía perfectamente cuando lo estaban subestimando. Había pasado décadas luchando contra el prejuicio contra gente que lo juzgaba por su apariencia, por sus gestos, por ser diferente.

Pero había aprendido algo fundamental a lo largo de los años, que las palabras de los críticos no significaban nada cuando subías al escenario y cantabas con el alma.  Terminó su ensayo, agradeció profesionalmente a los técnicos e ignoró completamente las miradas escépticas de los periodistas mientras bajaba del escenario.

Uno de los productores del festival, un hombre de unos 50 años que llevaba décadas organizando el evento, se acercó para confirmar los detalles de la presentación nocturna. Mencionó casualmente que el público estaba particularmente difícil ese año, que ya habían abucheado a dos artistas internacionales en noches anteriores hasta hacerlos salir llorando del escenario.

Le advirtió que no se confiara que Viña del Mar era diferente a cualquier otro lugar donde hubiera cantado. Juan Gabriel lo miró directamente a los ojos y respondió con calma absoluta. No vine aquí a que me acepten. Vine a darles un show que nunca olvidarán. El productor asintió con una sonrisa condescendiente, como si estuviera escuchando a un principiante ingenuo que no entendía la magnitud del desafío que enfrentaba.

Las horas previas al show fueron tensas, no por nervios de Juan Gabriel, sino por la energía escéptica que rodeaba su presentación entre la producción y la prensa. Los comentarios de los críticos circulaban backstage, todos especulando sobre cuánto tiempo duraría este artista mexicano antes de que el monstruo lo devorara vivo.

Algunos apostaban que no aguantaría más de tres canciones antes de los primeros abucheos. Otros más generosos le daban cinco canciones de gracia. A las 8 de la noche, cuando faltaba una hora para su entrada al escenario, Juan Gabriel se preparaba en silencio en su camerino. Escuchaba el rugido del público afuera, las 15,000 personas que llenaban la quinta vergara esa noche de febrero, esperando ser impresionadas o esperando tener la oportunidad de destruir a otro artista que no cumpliera sus expectativas imposibles. Sentía miedo, solo una

certeza tranquila que venía de años de experiencia de haber conquistado públicos hostiles cuando nadie conocía su nombre. Su manager entró al camerino nervioso por todo lo que había escuchado sobre el público chileno, preguntándole si estaba realmente listo para esto. Juan Gabriel lo miró con esa tranquilidad que solo viene de saber exactamente quién eres y lo que vales.

En 20 minutos dijo con voz firme, “Todos los que se rieron esta tarde van a entender por qué llevo 24 años haciendo esto. No era arrogancia, era el conocimiento absoluto de que estaba a punto de hacer historia en ese escenario que tantos temían. A las 9 de la noche, Juan Gabriel subió al escenario de la Quinta Vergara y fue recibido con un aplauso educado pero frío de las 15,000 personas que llenaban el anfiteatro.

No era hostilidad abierta todavía, sino esa indiferencia característica del público chileno que esperaba a ser impresionado antes de entregar su aprobación. El monstruo estaba despierto y hambriento, pero todavía contenido, observando, evaluando, buscando el primer signo de debilidad para atacar sin piedad.

Juan Gabriel caminó hasta el centro del escenario, tomó el micrófono y saludó al público con voz firme, agradeciéndoles por recibirlo en su país. El aplauso que siguió fue apenas más cálido que el primero. Desde los bastidores, los periodistas que habían estado riéndose durante el ensayo, observaban con libretas en mano, listos para documentar otro fracaso internacional.

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