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Insultaron a María Félix en plena filmación, Pedro Infante hizo algo INESPERADO

Su fortuna venía del negocio de la construcción, contratos gubernamentales que le habían dado millones durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho. Y con esos millones había decidido que quería ser el hombre más importante del cine mexicano. Compró estudios. Financió ocho películas en 2 años.

Puso su nombre en los créditos como productor ejecutivo, aunque no entendía la diferencia entre un closeup y un plano general. Y lo más peligroso, tenía amigos en el gobierno, amigos en la prensa, amigos en los sindicatos. Meterse con Ernesto Quijano era meterse con todo el sistema. El director de la película era Roberto Gabaldón, un hombre brillante, sensible, que había dirigido algunas de las mejores películas de la década, pero que vivía aterrorizado de Quijano porque Kijano controlaba el presupuesto.

Y en el cine mexicano de 1947, quien controlaba el presupuesto controlaba todo. Gabaldón había aceptado dirigir más allá del honor porque el guion era extraordinario. una historia de amor y traición durante la Revolución Mexicana con dos personajes centrales que requerían a los mejores actores del país. Pedro Infante como el general revolucionario idealista, María Félix como la mujer que lo ama, pero que también lo traiciona por razones que el espectador no descubre hasta el final.

era en papel la película perfecta. Pero desde el primer día de producción, Kijano dejó claro que él era el dueño del circo. Se aparecía en el set sin avisar, interrumpía las escenas, les gritaba a los técnicos, cuestionaba las decisiones de Gabaldón frente a todo el equipo. Es mi dinero, decía. Yo decido cómo se gasta.

Gabaldón aguantaba en silencio. Los técnicos aguantaban en silencio. Los actores secundarios aguantaban en silencio. Todo el mundo aguantaba porque Kijano tenía el poder de destruir carreras con una llamada telefónica. Todo el mundo, excepto María Félix, que desde el primer día miró a Kijano con esos ojos y supo exactamente qué clase de hombre era.

“Lo conozco”, le dijo a su asistente Lupita la primera noche después de la lectura de guion. He conocido asientos como él, hombres que compran el derecho a tratar mal a los demás. Lupita la miró preocupada. Tenga cuidado, doña María. Este hombre es peligroso. María aplastó su cigarrillo francés en el cenicero. Todos los hombres peligrosos piensan que son invencibles, Lupita, hasta que alguien les demuestra que no lo son.

La primera semana de filmación transcurrió en una calma tensa. Pedro llegaba cada mañana a las 6, puntual como reloj, saludando a todos, preparando sus escenas con esa dedicación silenciosa que lo caracterizaba. Se sentaba en una esquina del set con su guion lleno de anotaciones, memorizaba cada línea, estudiaba cada emoción y cuando Gabaldón gritaba acción, Pedro se transformaba.

Dejaba de ser el muchacho sencillo de Guamuchil y se convertía en el general que el guion pedía. Fuerte, valiente, desgarrado por la contradicción entre el deber y el amor. Las primeras escenas que filmaron fueron espectaculares. Gabriel Figueroa, el legendario camarógrafo, lograba encuadres que parecían pinturas. La luz caía sobre el rostro de Pedro de una manera que hacía que hasta los técnicos más curtidos se detuvieran a mirar.

Esto es cine de verdad, susurró Figueroa después de una toma particularmente emotiva. Esto va a ganar premios. Quijano, sin embargo, no estaba impresionado. Se paseaba por el set con su puro encendido, criticando todo. ¿Por qué tarda tanto cada toma? ¿Por qué hay tanto silencio en esta escena? La gente quiere acción, no silencios. Gabaldón intentaba explicarle que el silencio era parte de la narrativa, que los momentos de pausa hacían que los momentos de intensidad fueran más poderosos. “Quijano no entendía.

No quiero arte”, decía escupiendo humo. “Quiero taquilla.” El conflicto real empezó en la segunda semana, cuando comenzaron a filmar las escenas de María Félix. María llegaba al set como una reina llega a su palacio, vestida impecable, maquillada como si fuera a una gala, caminando con esa seguridad que hacía que el aire se moviera diferente a su alrededor.

No pedía atención, la capturaba, no exigía respeto, lo imponía. Su sola presencia cambiaba la energía del lugar. Quijano la observaba desde su silla de productor con una mezcla de fascinación y resentimiento. Estaba acostumbrado a que las actrices le tuvieran miedo, que le sonrieran, que le agradecieran la oportunidad, que lo trataran como el benefactor generoso que él creía ser. Con María no funcionó.

Desde el primer día, María lo trató con una cortesía helada que era peor que cualquier insulto. Lo saludaba con un movimiento de cabeza. respondía a sus comentarios con monosílabos y cuando él intentaba darle indicaciones sobre su actuación, María lo miraba con esos ojos y decía con voz suave pero mortal, “Señor Quijano, usted produce películas.

Yo las actúo cada uno en lo suyo.” El equipo contenía la risa. Quijano se ponía rojo, pero no decía nada, porque incluso Ernesto Quijano sabía que meterse con María Félix directamente era peligroso, así que esperó. Acumuló resentimiento como se acumula veneno en un frasco, gota a gota, día tras día, esperando el momento perfecto para abrirlo.

Pedro observaba todo desde su esquina del set. No era un hombre de conflictos. Detestaba las peleas, las intrigas, los juegos de poder que definían la industria del cine. Él quería actuar, cantar, hacer reír y llorar a la gente y después irse a su casa a cenar con su familia. Pero no era ciego. Veía como Kijano miraba a María. Veía la tensión creciente entre ambos.

Veía como el equipo se encogía cada vez que Kijano abría la boca y veía algo más, algo que lo incomodaba profundamente. Veía como Kijano trataba a los demás. Le gritaba al utilero cuando una silla no estaba en su lugar. Humillaba al asistente de dirección cuando una escena se retrasaba. Le decía groserías a las maquillistas cuando el café no estaba lo suficientemente caliente.

Nadie le decía nada, nadie se atrevía. Una noche, después de una jornada particularmente tensa, Pedro se sentó en su camerino con la puerta entreabierta. Estaba quitándose el maquillaje cuando escuchó voces en el pasillo. Era uno de los técnicos jóvenes, un muchacho de apenas 19 años llamado Tomás hablando con otro compañero.

Hoy Kijano me aventó un cenicero porque la luz del pasillo estaba fundida, decía Tomás. Un cenicero, hermano, me pasó rozando la cabeza. Si me pega, me rompe el cráneo. ¿Y qué hiciste? ¿Qué iba a hacer? Agaché la cabeza y le dije que lo sentía. Necesito este trabajo. Mi mamá está enferma. Si me corren, no tengo para el doctor. Pedro cerró los ojos.

Se le hizo un nudo en la garganta. Él conocía esa impotencia. La había vivido antes de la fama. cuando era carpintero y nadie le daba trabajo porque no tenía contactos, cuando tocaba puertas de estudios y los guardias ni siquiera lo dejaban pasar. sabía lo que era necesitar un trabajo tan desesperadamente que aguantabas cualquier humillación con tal de no perderlo.

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