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El Último Deseo de un Niño Enfermo era ir a un Concierto de Juan Gabriel — Hasta que…

Probablemente ni siquiera vería la carta. Seguramente un asistente la leería y la tiraría a la basura, junto con miles de otras peticiones que recibía. Dos semanas pasaron sin respuesta. Luisa casi había olvidado la carta cuando un martes por la mañana recibió una llamada en la recepción del hospital. Enfermera Luisa Hernández, preguntó una voz masculina.

Sí, soy yo, respondió Luisa. Habla Jesús Salas, asistente personal de Juan Gabriel. Recibimos su carta sobre la niña Rosa. El señor Juan Gabriel quisiera visitarla este viernes si es posible. Prefiere que la visita sea privada sin prensa ni cámaras. Podemos coordinar. Luisa casi dejó caer el teléfono.

No podía creer lo que estaba escuchando. El señor Juan Gabriel va a venir personalmente, preguntó con voz temblorosa. Sí, señora. leyó su carta y se conmovió profundamente. Quiere hacerlo. Luisa comenzó a llorar ahí mismo en la recepción del hospital, sin importarle quién la viera. El viernes por la tarde, Luisa les contó a los padres de Rosa lo que iba a suceder.

La madre de Rosa, María, se cubrió la boca con ambas manos sin poder creer la noticia. El padre Roberto se sentó en una silla porque las piernas no lo sostenían. Juan Gabriel va a venir aquí a cantar para nuestra hija”, preguntó María. Luisa asintió con lágrimas en los ojos. “Va a venir a las 6 de la tarde.” Pidió que no le digamos nada a Rosa para que sea sorpresa.

Luisa vio llegar un auto oscuro sin distintivos a la entrada del hospital. Juan Gabriel bajó vestido con ropa casual, llevando un estuche de guitarra. No había camarógrafos, no había reporteros, no había sequito de asistentes, solo él y su guitarra. Luisa lo recibió en la entrada. “Señor Juan Gabriel, no sabe cuánto significa esto.

” dijo con voz quebrada. Juan Gabriel sonrió gentilmente. ¿Dónde está Rosa? Luisa lo guió por los pasillos del hospital, pasando por otras habitaciones donde niños enfermos miraban curiosos, sin reconocer inmediatamente a la figura que caminaba por el corredor. Cuando llegaron a la puerta de la habitación 307, Juan Gabriel hizo una pausa.

“¿Está lista?”, le preguntó a Luisa. Ella asintió y abrió la puerta lentamente. Rosa estaba recostada en su cama escuchando como siempre su cassete de Juan Gabriel cuando la puerta se abrió. Esperaba ver a enfermera Luisa como de costumbre, pero en cambio vio a un hombre con guitarra entrando a su habitación.

Le tomó 3 segundos completos procesar lo que sus ojos estaban viendo. Cuando finalmente reconoció quién era su boca, se abrió, pero no salió ningún sonido. Sus padres estaban parados junto a la ventana llorando en silencio. Juan Gabriel caminó hacia la cama con una sonrisa cálida y se sentó en la silla junto a Rosa.

“Hola, Rosa”, dijo con voz suave. “Me dijeron que querías escucharme cantar, así que vine a cantarte unas canciones. ¿Te parece bien?” Rosa comenzó a llorar sin poder hablar.  Juan Gabriel tomó su mano pequeña y frágil entre las suyas. No llores, princesa. Hoy vamos a cantar juntos. Sí. sacó la guitarra de su estuche y la afinó mientras Rosa lo miraba como si estuviera viendo un sueño.

Los padres de Rosa, enfermera Luisa, y dos enfermeras más que se habían asomado a la puerta observaban en silencio absoluto. Juan Gabriel comenzó a tocar los primeros acordes de querida y cuando empezó a cantar la habitación 307 del Hospital Infantil de México, se transformó en algo mágico. Linanon. La voz de Juan Gabriel llenó la pequeña habitación del hospital con una calidez que parecía imposible en un lugar tan frío y clínico.

Cantaba querida, mirando directamente a los ojos de Rosa, mientras sus dedos se movían con precisión sobre las cuerdas de la guitarra. Rosa tenía las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero no apartaba la mirada de Juan Gabriel, ni por un segundo como si tuviera miedo de que si parpadeaba, él desaparecería y todo resultaría ser un sueño.

María, la madre de Rosa, se abrazaba a su esposo Roberto mientras ambos lloraban en silencio tratando de no hacer ruido para no interrumpir el momento. Enfermera Luisa había salido al pasillo porque no podía contener el llanto y no quería que Rosa la viera así. Cuando Juan Gabriel terminó la primera canción, Rosa logró susurrar con voz débil. Gracias.

Juan Gabriel sonrió y le apretó la mano suavemente. ¿Cuál es tu canción favorita, princesa? Rosa no tuvo que pensar la respuesta. Amor eterno. Juan Gabriel asintió con expresión que mostraba que entendía el peso de esa elección. Amor eterno era una canción sobre pérdida y despedida escrita para la madre de Juan Gabriel cuando ella murió.

Era una de las canciones más emotivas que había compuesto y cantarla siempre era difícil incluso para él. Pero si Rosa quería escuchar esa canción, entonces la iba a cantar con todo su corazón. Comenzó a tocar los acordes introductorios y la habitación pareció llenarse de algo más allá de música. Era como si el tiempo se detuviera.

Cuando llegó al primer verso, su voz cargada de emoción genuina hizo que cada palabra resonara con significado profundo. Rosa cerró los ojos escuchando cada nota, cada palabra, como si estuviera grabándolas en su memoria para siempre. María tuvo que salir de la habitación porque no podía soportar ver a su hija escuchando una canción sobre muerte, sabiendo que probablemente estaban viviendo uno de sus últimos momentos felices.

Roberto se quedó, pero se volteó hacia la ventana limpiando las lágrimas que no dejaban de caer. Cuando Juan Gabriel terminó, amor eterno, hubo un silencio sagrado en la habitación que nadie se atrevió a romper durante varios segundos. Finalmente, Rosa abrió los ojos y miró a Juan Gabriel con una expresión de paz que sus padres no habían visto en su rostro durante meses.

¿Puedo pedirte algo?, preguntó Rosa con voz apenas audible. Lo que sea, princesa, respondió Juan Gabriel acercándose más. Rosa señaló hacia el pequeño reproductor de cassetes en su mesa de noche. Esa grabación de amor eterno que tengo en mi cassete ya está muy gastada de tanto escucharla. ¿Podrías firmar algo para mí para que cuando ya no pueda escuchar la grabación pueda mirar tu firma y recordar que cantaste para mí? Juan Gabriel sintió un nudo en la garganta.

Esta niña de 9 años estaba hablando de su propia muerte con una madurez que rompía el corazón. “Claro que sí”, logró decir. Roberto le pasó un cuaderno de dibujos que Rosa usaba cuando tenía energía. Juan Gabriel escribió para Rosa Morales, la princesa más valiente que he conocido. Nunca olvides que la música vive en tu corazón para siempre.

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