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El Trío Preguntó: Alguien sabe cantar? Cuando el Cantante Faltó — Agustín Lara Hizo Esto

Las letras que Agustín escribía en esos años no se parecían a las que dominaban entonces  la escena musical mexicana. No hablaban del amor con la solemnidad ranchera de los héroes y las heroínas idealizadas. Hablaban de mujeres de cabaré con una ternura poco común, de amores nocturnos y prohibidos de una ciudad de México que él conocía de memoria en sus rincones  menos presentables.

Había en esas canciones una sofisticación casi literaria, imágenes  que ningún compositor popular de la época se atrevía a poner en una canción destinada a  las masas. Había tocado esas canciones para audiencias de una sola persona, para las paredes vacías de un cabaret cerrado, para sí mismo en las madrugadas, cuando el trabajo terminaba y el sueño no llegaba todavía.

Nadie le había pedido que las escribiera. Nadie,  hasta esa noche le había dado la oportunidad de que alguien más las escuchara con atención real. El guitarrista del trío que esa noche esperaba resolver su emergencia era, sin saberlo el gerente todavía, una de las pocas personas que conocía a Agustín de otros ambientes.

de haberlo escuchado tocar y cantar en una ocasión tardía, cuando ya no quedaba nadie en cierto salón para juzgar lo que sonaba. Recordaba esa noche con una claridad que  lo sorprendía a él mismo, porque no era común que un quenista de acompañamiento contratado para rellenar silencios, se quedara después de su turno para cantar canciones propias  sin que nadie se lo pidiera.

El requintista había guardado ese recuerdo sin saber que algún día le  sería útil. Y ahora, viendo al gerente caminar de mesa en mesa sin encontrar  solución, sintió que ese recuerdo dejaba de ser anécdota para convertirse en posibilidad. Se acercó al gerente con la mirada de  quien tiene una idea que no está seguro de proponer, porque proponerla significaba responsabilizarse de que funcionara.

le dijo en voz  baja que el flaco que tocaba piano en el fondo del salón sabía cantar, que él mismo lo había escuchado una vez tarde, cuando ya no quedaba nadie más para  escuchar. El gerente detuvo su recorrido nervioso y giró la cabeza hacia el rincón donde señalaba el dedo del guitarrista.  El gerente miró hacia donde señalaba el guitarrista y vio entre la penumbra de ese rincón que casi nadie notaba, a un hombre desgarbado inclinado sobre  un piano desafinado, tocando para sí mismo sin ninguna conciencia de

que estaba siendo observado. No era la imagen que el gerente hubiera elegido para resolver una emergencia frente a un salón lleno. No tenía el porte, no tenía el traje adecuado, no  tenía nada que sugiriera que podía sostener una noche completa frente a un público exigente.

Pero el gerente ya no tenía  margen para ser exigente. El mismo llevaba 20 minutos sin solución y cada minuto adicional acercaba la noche a un desastre que después  tendría que explicar a los dueños del salón. Caminó hacia el piano con el paso directo de quien ha decidido arriesgarse porque no le queda otra salida. se detuvo frente a Agustín y esperó  un instante antes de hablar, como si todavía dudara si la idea del guitarrista tenía sentido o si estaba a punto de hacer el ridículo.

Le preguntó  sin preámbulo, si era cierto que sabía cantar. Agustín levantó la vista del teclado, dejó de tocar  la melodía que llevaba semanas puliendo en su cabeza y miró al gerente con una pausa que no era duda, sino algo más parecido a la sorpresa contenida de quien no esperaba que esa pregunta le llegara justamente  esa noche en ese lugar.

Respondió que sí, con una calma  que no correspondía a la urgencia del gerente ni a la gravedad del momento, porque llevaba tanto tiempo esperando  algo parecido a una oportunidad que ya casi había dejado de reconocerla como tal.  El gerente no tenía tiempo para dudas ni para audiciones formales.

Le dijo que subiera  al escenario, que el trío necesitaba una voz esa noche, que si sabía cantar algo que el público  reconociera, el problema quedaba resuelto y él podría volver a respirar tranquilo. Agustín se levantó del banco del piano con el mismo movimiento pausado con que se  había sentado horas antes.

cerró la tapa del instrumento desafinado como quien cierra una puerta que ya no necesita y caminó hacia el escenario sin apurar el paso, aunque por dentro llevaba una urgencia que ninguno de los presentes hubiera podido adivinar mirándolo caminar. Los dos músicos  del trío lo recibieron con la mirada evaluadora de quienes están a punto de compartir escenario con  un desconocido en la peor circunstancia posible, sin ensayo, sin tiempo, con un salón entero  esperando.

El requintista se acercó primero, le preguntó su nombre  con rapidez y luego, más importante, ¿qué canción quería cantar? Necesitaba saber los acordes, el tono,  cualquier cosa que le permitiera acompañarlo sin errores frente al público. Agustín no  pidió ninguna de las piezas que sonaban esa temporada en las radios de la capital.

Pidió una canción propia, una que había compuesto meses antes, en las madrugadas en que tocaba piano para nadie en los cabarets del centro. Una canción que hablaba de un amor imposible  con palabras que no se parecían a las que usaban los demás compositores populares de la época. El requintista  lo miró con extrañeza. No era momento de improvisar con material desconocido, pero tampoco había tiempo para discutir el repertorio ni para pedir algo más seguro.

Preguntó los acordes en voz baja. Agustín se los cantó rápido,  tarareando la progresión con la precisión de quien la ha tocado cientos de veces en su cabeza, aunque nunca la  haya tocado frente a nadie. El trío se acomodó con la velocidad de quienes no tienen otra opción que confiar en que el desconocido sepa exactamente lo que está haciendo.

El segunda voz del trío,  el más joven de los tres, miró a Agustín de arriba a abajo con una desconfianza que no se molestó en disimular. No conocía la reputación de ese hombre.  No tenía ninguna razón para confiar en que la noche no terminara en un desastre mayor al  que ya tenían.

Pero el gerente había dado la orden y el reloj seguía corriendo, así que no quedaba más que intentarlo. Agustín se paró en el centro del escenario del salón Los Ángeles con el salón completo delante de él, con las  mesas llenas de parejas que esperaban seguir bailando lo mismo que habían bailado toda la noche, sin saber que estaban a punto de escuchar algo que ninguno de ellos había escuchado antes  en ningún salón de la ciudad.

No tenía la presencia física que se esperaba entonces de un  cantante capaz de sostener a un salón entero. Era delgado, casi frágil, con la cicatriz en la mejilla que le daba un aire de hombre que había vivido más de lo que su edad sugería. Y no llevaba el traje impecable de los cantantes contratados formalmente.

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