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El Presidente que Lloró Mientras Saqueaba a México: La Verdadera Historia de José López Portillo y el Espejismo de la Abundancia

El 1 de septiembre de 1982, el Palacio Legislativo de San Lázaro fue el escenario de una actuación que pasaría a la historia no por su heroísmo, sino por su absoluto cinismo. José López Portillo, el presidente de México, se paró frente al atril, levantó la voz, golpeó la madera con el puño cerrado y, con los ojos llenos de lágrimas, pidió perdón a los pobres. Parecía la imagen de un líder destrozado por el sufrimiento de su pueblo. Sin embargo, detrás de ese llanto dramático no había empatía ni verdadero arrepentimiento; había un hombre que lloraba desde la cima de un imperio de corrupción y excesos que él mismo había orquestado.

Mientras el presidente derramaba sus lágrimas televisadas, millones de familias mexicanas veían con desesperación cómo sus ahorros se esfumaban de los bancos, el peso se devaluaba trágicamente y la esperanza de un futuro próspero desaparecía de la noche a la mañana. López Portillo no lloraba en una fila de desempleados ni en el hogar de una madre afligida; lo hacía a sabiendas de que, durante seis años, había transformado al Estado mexicano en su propia caja chica. Convirtió a la nación en un festín privado donde sus allegados devoraban los recursos mientras el pueblo pagaba la cuenta. Esta es la crónica cruda y real de un país saqueado desde las más altas esferas del poder.

El Espejismo del Petróleo y la Peligrosa Ilusión de la Abundancia

Todo comenzó con un hallazgo que el mundo entero aplaudió, pero que en las manos equivocadas terminó siendo una condena: el petróleo. En 1976, José López Portillo asumió la presidencia respaldado por la maquinaria todopoderosa del viejo sistema político mexicano. El país arrastraba un cansancio crónico por crisis anteriores, pero de pronto, el destino le regaló enormes yacimientos petroleros en el estado de Campeche. De la noche a la mañana, los discursos grises se pintaron de oro. Pemex se convirtió en la palabra mágica que simbolizaba modernidad, potencia y riqueza inagotable.

López Portillo creyó ciegamente en esa fantasía con una fe casi religiosa. En lugar de ser prudente y planear para el futuro, acuñó una frase que sellaría el desastre económico de México: “Tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”. Entre 1977 y 1981, el gobierno se endeudó ferozmente a nivel internacional, inyectando miles de millones de dólares en proyectos faraónicos, convencido de que los barriles de petróleo pagarían cualquier factura. Se comportó como un jugador compulsivo apostando todo su patrimonio en una sola carta. Pero cuando un gobernante asume que la riqueza del subsuelo lleva inscrito su propio apellido, el poder deja de ser una vocación de servicio y se transforma en un vulgar derecho de propiedad.

El Poder como Negocio Familiar y el Incendio de la Memoria

Bajo la sombra embriagadora de esa falsa abundancia, el Palacio Nacional se volvió una extensión de la sala de estar de los López Portillo. El país entero pasó a ser administrado bajo la lógica exclusiva de la sangre, los compadrazgos y las intimidades. Hijos, primos y cuñados encontraron asientos de primera fila en el presupuesto público. Cuando la prensa intentaba cuestionar estos actos, el presidente jamás se disculpó. Por el contrario, defendió el nepotismo con una soberbia implacable, dejando claro que su familia era intocable.

Pero el saqueo moral no se limitó a los apellidos oficiales; también salpicó las relaciones de alcoba. La historia de Rosa Luz Alegría ilustra perfectamente cómo el gobierno fue utilizado para satisfacer caprichos personales. Rosa Luz hizo historia al convertirse en la primera mujer en encabezar una Secretaría de Estado en México, tomando las riendas de Turismo. Sin embargo, detrás de las fotografías que celebraban la “inclusión”, los pasillos gubernamentales conocían un secreto a voces: su ascenso fulgurante no se debía únicamente a su capacidad profesional, sino a su vínculo amoroso íntimo con el presidente de la República. Se entrelazaron presupuestos, viajes de lujo y la vida privada, convirtiendo a una institución pública en un obsequio romántico.

Más desgarrador fue el destino de la cultura nacional en manos de Margarita López Portillo, la hermana del mandatario. Empoderada por los lazos de sangre y carente de experiencia técnica profunda, Margarita recibió el control total de la Radio, Televisión y Cinematografía (RTC) y, con ello, de la emblemática Cineteca Nacional. Los expertos rogaron por recursos y advirtieron sobre el inminente peligro de almacenar miles de cintas altamente inflamables en condiciones precarias. Sus voces fueron ignoradas por la arrogancia del poder. El 24 de marzo de 1982, esa negligencia se pagó con sangre y fuego. La Cineteca Nacional ardió hasta los cimientos. Al menos cinco personas murieron, decenas resultaron heridas y gran parte de la memoria visual y cinematográfica de México quedó reducida a cenizas. Nadie en el poder asumió la culpa; el sistema simplemente echó tierra sobre los escombros y archivó la tragedia.

Arturo “El Negro” Durazo: El Terror Uniformado y el Partenón

Si la familia arrasó con la economía y el patrimonio cultural, los amigos del presidente se encargaron de secuestrar la seguridad ciudadana. Arturo Durazo Moreno, apodado “El Negro”, no llegó a ser el temido y poderoso jefe de la policía del Distrito Federal por su brillantez estratégica ni por una carrera intachable; llegó, simple y llanamente, porque era el amigo de la infancia del mandatario.

Respaldado por el fuero no escrito de la amistad presidencial, Durazo transformó a las fuerzas policiales en su milicia privada. La seguridad pública se evaporó para dar paso a un monopolio de terror, extorsión, contrabando y sobornos institucionalizados. En aquel entonces, la delincuencia no se combatía, se administraba. El miedo ciudadano fue explotado como la empresa más lucrativa del sexenio. Para demostrar que estaba por encima de la ley, Durazo se adjudicó el grado de General sin tener formación militar y construyó monumentos grotescos a su codicia. El más escandaloso de todos fue su “Partenón” en Zihuatanejo: una mansión faraónica frente al océano, sostenida por columnas de mármol griego, repleta de estatuas y lujos absurdos que costaron cientos de millones de pesos. Era una provocación directa a un país que comenzaba a pasar hambre; un santuario dedicado a la impunidad.

“La Colina del Perro”: Un Insulto Arquitectónico

A medida que el espejismo petrolero se desvanecía y los focos rojos de la economía destellaban, López Portillo se concentró en construir su refugio dorado. No compró una residencia de retiro discreta; edificó “La Colina del Perro”, un predio colosal en la exclusiva zona de Bosques de las Lomas en la capital.

Imagina un terreno de 120,000 metros cuadrados, un espacio donde cabrían fácilmente 17 campos de fútbol profesionales. Mientras el mexicano promedio veía cómo la inflación le devoraba el plato de comida, su líder levantaba un complejo amurallado con cuatro inmensas mansiones, interminables jardines, chimeneas gigantes y enormes puertas custodiadas por leones de bronce. Esta fortaleza privada representó el máximo insulto histórico: el mismo hombre que pediría perdón llorando en el Congreso, había asegurado secretamente una vida de lujos monárquicos detrás de esas paredes. La tan prometida “abundancia” sí existió, pero fue acorralada y encerrada para el disfrute de unos cuantos.

Devaluación, Culpa y un País Roto

Inevitablemente, la fantasía colapsó bajo el peso de sus propias mentiras. El exceso de gasto público y la deuda contraída en dólares desataron un infierno financiero. La moneda nacional sufrió un golpe demoledor, pasando de 22 a casi 70 pesos por dólar. Las deudas asfixiaron a empresarios y ciudadanos por igual, mientras que una hemorragia de fuga de capitales vaciaba al país.

Fue entonces cuando, acorralado y sin salidas, López Portillo ejecutó su gran acto teatral aquel 1 de septiembre de 1982. Lejos de asumir la culpa por haber desangrado la nación con sus caprichos y pésimas decisiones, apuntó el dedo hacia los banqueros y los “sacadólares”. Nacionalizó la banca y decretó el control de cambios, vistiéndose momentáneamente como el héroe vengador que castigaba a los ricos para proteger a los pobres. Sin embargo, la historia demostró que las lágrimas solo eran una cortina de humo mediática para enmascarar su propio saqueo y la ineptitud total de su gobierno.

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